Que no se te olvide

Darle al pause más a menudo. En cada bucle que entres y del que no sepas bien salir. En cada momento tonto, que sabes te podrías ahorrar. En aquellas situaciones que te hagan salirte de ti, de tus casillas y de tu tablero de juego. Y aprende mejor a salirte por tu propia cuenta, a tu sola voluntad. A dar volumen a lo que te interese o importe. Y a no escuchar más discos rayados.

Que no se te olvide bajarte de ese tren, de ese autobús, o de ese camino que coges a diario, que no te lleva a ningún lado. O a ninguno en el que, si tiras de sinceridad, te gustaría estar. Ese en el que ya no miras hacia los lados, el que no acelera tu pulso cuando ves aparecer. El que ni te sorprende ni te hace vivir contando los segundos que restan para que llegue. Bájate. Camina. Olvida.

Que no se te olvide asomarte más y esconderte menos. Mirar por la ventana, abrir los ojos, disfrutar las vistas. Ver, observar, admirar. Comerte con la mirada y con el alma cada momento que pase por delante, cada atardecer que tengas oportunidad, cada oportunidad que nazca al amanecer. O cuando sea. Benditos regalos. Que en ocasiones tan sólo es cuestión de prestar atención, soltar algunas cosas, y dejarse llevar.

Que no se olvide la magia de las primeras veces. La curiosidad desbordada, el brillo en los ojos, las sorpresas que descolocan. La magia de volver a mirar con la mayor de las ilusiones, con inocencia, con emoción mal disimulada. De sentir nudos, mariposas y cosquilleos varios. De aprender a desaprender y a ver como si fuera la primera vez. A embobarte con los fuegos artificiales. A apreciar detalles que se nos escapaban, a recrearte en las pequeñas cosas. A no dar nada por sentado. A darlo todo en cada intento.

Que no se te olvide el hoy. El ahora mismo y lo que sea que tengas en estos momentos delante. El aquí, ahora y ya. Que lo que haya de llegar, llegará. Mientras que el presente no da segundas oportunidades. O te empapas de él, o se esfuma. Aprende a estar, a empaparte, a no perderte nada.

Que no se te olvide respirar. Por la nariz, la boca y por la piel. Llenarte de energía, refrescar tu coraje, sanar tus ansias. Conscientemente, que no de forma automática, anodina y como cualquiera. Por simple costumbre o necesidad del cuerpo. Que la diferencia es abismal. Que no es tanto sobrevivir, como simplemente vivir.

Que no se te olvide amar. A los tuyos, a decirlo en voz alto y a demostrarlo en cada ocasión que tengas. Y a ti, a cada uno de tus días, aquello en lo que pones tu vida. Tu esfuerzo, tu ilusión. Pese a que se vista de gris, amenace desastre o intuyas naufragio. Recuerda aquello que dicen, que solo poseemos aquello que un naufragio no puede arrebatarnos.

Que no se te olvide confiar. Darte un margen, espacio y alas. Y creer en ti. Decírtelo a diario, delante del espejo y a pleno pulmón si hace falta. Con tal de creerlo. Ante cualquier situación, por pequeño, grande o loco que sea el reto que tengas delante. Nadie mejor que tú, no te arrepientas mañana. Conoces la teoría, aplícate en la práctica.

Que no se te olviden tus sueños. No los dejes para el final, para cuando te sientas mejor, para cuando sea. Que cualquier momento sirve para ponerte a ello. No solo en vacaciones, en momentos de inspiración o una noche entre amigos. Que de niños se nos da más que bien, pero de mayores nos cuesta en exceso. Nos olvidamos. Y lo dejamos de lado. Aprende a pasar de los sueños condicionales, a soñar, y cumplir, en presente.

Que no se te olvide ponerte de pie. Y dejar de mirar tanto el suelo, la piedra o tus pies. Deja de temer caerte y céntrate en levantarte. El cuerpo, el alma y la ilusión. A quitarte esos zapatos que te aprietan, que te rozan o que te hacen siempre daño. Consentirlo o no, está en tus manos.

Que no se te olvide tu vida. La que lleva tu nombre. El regalo que no pediste y te dieron. El mejor de todos. El que no se detiene y avanza siempre en tiempo de descuento. Esa que tanto te cuesta a veces. Esa que dices que no te da, o que se te pasa volando. Aprende a pararte, a seguirla, a girar con ella. A llevarla a tu terreno, a vivirla y a hacerla completamente tuya.

Que no se te olvide cantar, reír, bailar e improvisar. Dejarte de tantos planes perfectos, de tantos rollos, de tantos marrones. No en vano, quien busca encuentra… sea lo que sea. Escribe tu propia historia, crea tus propios viajes, invéntate tus pasos. Aprende a darlo todo y exigirte menos. Sabiendo que das lo más, y que, en ocasiones, menos muchas veces es más.

Que no se te olvide que soltar es ley de vida, que no puedes cargar con excesos ni equipaje de más, y que cuanto más ligero, más espacio, y que cuanto más espacio, nuevas cosas han de llegar.

Que no se te olvide mirar a los ojos. Los tuyos. Y a los de quien te habla, quien te escucha y quien te cuida en la mayor o menor distancia. Hay miradas que lo dicen todo.

Que no se te olvide escuchar. Tanto fuera como dentro. Aprende a interpretar silencios, a callar los restos, a disfrutar de cada melodía. A que para hablar, primero se ha de escuchar. Y que, muchas veces, lo que más importa, es precisamente lo que no se escucha.

Que no se te olvide que cada día se reinician 86400 segundos, y que cada uno cuenta.

Y que cada uno, es tuyo.

 

Patricia.

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Historias por vivir

Razón, estación o toda una vida.

Como el pan que dicen traen los niños al nacer, cada persona que conocemos, llega con un propósito debajo del brazo.

Y no suele ser fácil diferenciarlo o saber apreciarlo a primer golpe de vista. Ni siquiera en un segundo repaso o trascurridas varias primaveras. En algunos casos se huele desde el mismísimo principio, y en poco tiempo se confirman todas o gran parte de nuestras sospechas.  Mientras que, en otros casos, no se ve hasta que las evidencias hablan por sí solas o hasta que la leche es tremenda.

Que hay veces que no hay más ciego que el que no quiere ver, mientras que en otras, verlo claro, no es tan obvio ni resulta tan claro.

Que en ocasiones, simplemente se sabe. Se siente. Algo nos lo dice, sin saber muy bien el qué. Presentimos que esta vez sí, que no es un simple “pasaba por aquí”. Que llega para largo, que no está de paso, ni para tonterías. Al menos de momento. Que quiere y pretende quedarse. Y compartir su tiempo. E invitarnos a su historia.

Y es que cada persona es toda una historia en sí misma. Una historia en pleno proceso creativo, en un continuo escribiendo, en un emocionante to be continued. Con sus fotos tanto improvisadas como ensayadas. Tanto las más impresionantes como aquellas que quedaron borrosas.

Una historia con sus personajes de todo tipo, protagonistas, secundarios y hasta suplentes. Que para todos hay cabida. Con sus mil y un hilos argumentales que se entremezclan a menudo entre sí, dándose sentido entre ellos, quitándoselo a aquello que se queda fuera

Una historia con sus más pero también con sus menos. Aquello que no todo el mundo ve o lo que no todo el mundo muestra. Sus lágrimas, sus meteduras de pata, sus “tierra trágame”. Sus anotaciones en una esquina para no olvidar detalles. Sus páginas dobladas, sus borrones, tachaduras y faltas de ortografía. Y de sentido. Y de emociones.

Historias que se asoman, que saludan, que se presentan en primera persona. Cada una a su manera. A veces con sus mejores galas para causar la mejor de las impresiones. Y en otras, con las legañas pegadas y el pelo alborotado. 100% naturales, sin complejos, sin importarle lo que otros piensen de ellas. Y que te dejan ser tú. Con toda la intención y todas tus ganas. Que no fingirlo.

Postureo cero.

Historias que enganchan, como las de los libros. Esos que devorar es poco. Esos que relees en más de una ocasión y hasta te aprendes algún fragmento de memoria. O aquellos que una vez empiezas, no consigues dejar ni por un segundo. De los que llevas contigo a todos lados, de los que cuidas como si fuera un valioso tesoro. Historias de las que te saltarías algún trozo por plantarte antes en el final.

Pero que al final, las mejores historias son las que están por inventar. Las que no están en los libros, ni serán jamás escritas. Las que no conocen de reglas, de principios prometedores ni de finales felices. Y es que las buenas historias, las de verdad, no tienen final.

Como las personas.

Lleguen con una u otra razón, para una estación concreta o con planes de quedarse toda la vida. Que cada historia es única. Y cada una de ellas importa.

Como aquellas personas con las que lo único que deseas es poder frenar el reloj, que en la distancia el tiempo vuele, mientras que estando juntos… se frene a ser posible. El tiempo, el reloj y la vida en sí misma. Que se quede lo demás en segundo plano, en reserva, es espera. Y poder quedarte allí, todo lo que quieras.

Como las personas que te dan alas. Para ser, volar y soñar. Que sacan lo mejor de ti, lo que no sabías que guardabas, incluso tu lado más payaso, tu creatividad más genuina y el sentido del humor que creías no tener. Personas que dan sin exigir. Que regalan. Que actúan sin interés

Personas con los que el café se enfría y cualquier preocupación se congela. Con las que hacerlo todo o no hacer nada, siempre es una opción muy válida. Aquellas a las que les coges cariño hasta sin pretenderlo. Poco a poco. Palabra a palabra. Abrazo a abrazo. De beso en beso. Y que razones no te faltan.

Razones. Las que cada persona pueda tener, que siempre hay alguna. Para llegar, para estar, para marcharse. O no querer hacerlo. Para echar raíces o para buscar nuevas tierras. Nuevas semillas. Nuevos aires. Nuevas personas con las que crear historias, personajes y fotografías para el recuerdo.

Y que hay personas y personas. Que cada una llega para quedarse una temporada, unos años o hasta el mismo infinito. Pero que dejar marchar a algunas de ellas… se puede lamentar demasiada vida.

Que las mejores personas, como las historias, son de carne y hueso, y están pendientes de escribirlas.

Y de vivirlas.

 

Patricia.

De ilusión también se vive

Una alegre conversación una noche cualquiera, un plato de cacahuetes a punto de acabarse y la luna brillando en lo alto.

Una conversación de última hora. De las buenas. De esas que no entraban en la agenda y se cuelan en el tiempo de descuento. Por unanimidad y por no dejar ni el momento ni las risas a medias o en un punto muerto del que luego sea difícil recuperarla. De esas que empiezan de la manera más tonta y no parecen tener fin.Ni quieres que lo tenga.

Una conversación en presente simple que habla de un futuro bastante cercano. De esbozos de planes pendientes de confeccionar. De compartir. Y de regalar. Confesiones de todos los colores entre risas, cervezas y miradas curiosas por saber más, por alargar la conversación, por dejarse sorprender.

Dicen que las personas, al igual que cualquier situación o cosa, encuentran por sí mismas el modo de aparecer en tu vida. De entrar en ella de una u otra manera, en el momento oportuno, ni antes ni después. Sin necesidad de esconderse detrás de una tremenda campaña de marketing, ni de horóscopos que pronostiquen tus días. Y que cada persona llega, sin ser llamada, buscada o planeada. Sin necesidad de utilizar un calzador, un comodín o una excusa barata.

Destino lo llaman algunos.

Que todo lo que sea forzar o precipitar algo está condenado al fracaso desde el principio. Que de nada sirve perseguir por perseguir, empecinarse o correr como locos sin cabeza. Ni perderla por la última novedad de turno que tanto nos atrae.

Novedades que también saben colarse y ganar terreno a su antojo. Las que llegan dispuestas a poner patas arriba tu mundo, aunque tú no lo sepas ni lo dejen entrever. Y que de hecho, lo ponen. Lo giran, le dan la vuelta, lo agitan y se sientan a ver qué sale de todo aquello.

Novedades que te rebelan cuán aburrida se ha vuelto tu vida en algún aspecto, y tú sin darte cuenta. Cuán monótonos o cómodos nos hemos vuelto, cuántas cosas nos estamos perdiendo y a cuántas estamos renunciando sin ni siquiera planteárnoslo. Que a todos nos pasa en algún momento. Que no es que nada valga, que tampoco es eso. Pero que quizá alguna cosa nos sobra. Y nos hacen falta otras.

Ilusiones.

Que digan lo que digan, a veces se necesita de ellas. Incluso de las más diminutas. Que incluso con ellas se consigue ese impulso, esa chispa, esa emoción que nos lleve a saltar de la silla, a retomar y prolongar conversaciones en tiempo de descanso, a volver a vivir. El empujón que nos falta o la energía que no encontramos en otro lado. Un pequeño brote, que florece con la luz, con el cariño, con el tiempo.

Que sí, que hay quienes dirán, con razón, que no nos llevan a mucho, que sólo nos roban tiempo y nos pintan cara de bobos. Ilusos ellos, porque siempre nos llevan a algo. Que puede que se queden en castillos en el aire, sin dueño ni llaves para entrar en él. Que se derrumbarán al primer soplo de aire que se levante.

Pero que nos quiten lo bailao.

Y sí, hay ilusiones que un buen día se apagan. Que tras mucho o poco tiempo, se quedan sin chispa. Sin nada más que darnos, salvo recuerdos. Que no dan más de sí, que ya no son lo que eran. Que te sueltan la mano y te dejan andando a solas. Sabiendo que llegarás donde quieras llegar. Que está en ti. Que solo era el principio de algo. De poco o mucho, pero de algo.

Y sí, hay ilusiones breves. Demasiado. Tanto que parecen un sueño, de esos de los que despiertas en el mejor momento. Pero que, pese a breves, valen mucho. Ilusiones que cuando se acaban, el tiempo parece volverse más lento o incluso pararse. Como si se abriera una puerta tras la cual sabes que las cosas serán distintas, que el paisaje será otro, que tu mundo habrá cambiado un poco. El que habías construido sobre esas ilusiones, sobre esos castillos en aire y esos planes de futuro. Que ni esperabas que se acabaran, que ni te lo planteabas, o al menos, no tan pronto. Que pensabas que todo seguiría así.

Pero que hay otras que te dan más que te roban. Ilusiones que te dan chispa, vida y otras nuevas ilusiones. Que te abren puertas a un nuevo mundo, a nuevas miradas, a ver con otros ojos. A sentir de otra manera, a conocerte mejor, a disfrutar más. A soltarte la melena, los pies, las ganas. De tener más, de dar más, de llegar a lo máximo. Dentro de tus posibilidades. Y de expandirlas todo lo que puedas.

Las mejores, las ilusiones que aparecen de la nada. Las que te sorprenden y les coges cariño poco a poco, entre noches tontas y risas de lo más escandalosas. De las que te hacen arreglarte, por dentro y por fuera. Mirar con ilusión, con optimismo, con deseo. De que salga bien, de que te lleve a  algo mejor, de que nunca se acabe. De que vaya a más.

Aunque a veces, vayan a menos.

Aunque a veces, se apaguen antes de tiempo.

Que lo que importa es vivirlas. Darles la oportunidad de ser, de llenarnos, de llevarnos. De no tenerles miedo ni pereza. De confiar en ellas y jugárnosla. Por ellas, por nosotros, por esos momentos. Los que se esfuman como por arte de magia si los perdemos de vista. Si los damos por sentado. Si dejamos de cuidarlos.

Que importa la chispa. Esa que nos ilumina, que nos acelera el pulso, que nos hace perder la cabeza. La que nos hace olvidar rutinas, aburrimiento, y “lo de siempre”. La que hace que cada día parezca incluso mejor que el anterior.

Que importa cumplirlas, o al menos intentarlo. Las ilusiones que no te gustan, te encantan, te hacen tremendamente feliz con sólo pensarlas. Imagina las que se cumplen.

Que importan las ilusiones que sacan sonrisas y borran lágrimas, que acentúan tu mejor humor y sacan tu mejor versión.

Que importa disfrutarlas.

Y que de ilusiones también se vive, si estás dispuesto a apostar por ellas.

Patricia.

Todo lo bueno

Unas zapatillas de lona color coral, una melodía swing sonando de fondo y un alegre aire a los años 20 flotando en el ambiente.

Dicen que todo lo bueno que te puede pasar en la vida, nace de un atrevido salto al vacío. De osar cerrar los ojos para no dejarte impresionar por el abismo que se adivina bajo tus pies. Y de coger impulso, y de arriesgarte a arriesgar. A saltar y ver qué pasa. A intentar llegar bien lejos. Tanto como puedas. Y a creer de hecho que llegarás.

Que todo lo bueno, al igual que lo nuevo, comienza con un poco de miedo. Que si no, no valdría la pena.

Y con dar ese primer paso.

Temido por creer que es más importante acertar a la primera que moverse. Por pensar que importa más el destino en sí que el simple hecho de salir de donde estés. Sea porque ya no quieres seguir allí o por querer explorar qué hay ahí fuera.

Y es que a veces olvidamos que sin pasos, no hay camino. Y que con tan sólo uno de ellos, por tímido y corto que sea, puede ser más que suficiente para empezar a andar. Y ser el primero de muchos otros que irán viniendo. Que te lleve dónde sea, pese a las vueltas que puedas dar. Pese a las idas y venidas. Pese a perder trenes, suspiros y algún que otro sueño.

Pero no por ello dejar de arriesgar. Ni de viajar.

Pese a no saber exactamente dónde acabarás. Aunque de normal, por no decir siempre, el destino suele ser lo de menos, y lo importante, todo lo demás. La actitud, la persona. Que no hace falta irse muy lejos, que en ocasiones basta con dar un par de pasos, por nuestra cuenta, a nuestro aire. Que a veces no hay que viajar fuera, sino hacia dentro. Dejando la vuelta abierta. Poniendo todos los sentidos en ello. Que la compañía siempre la tenemos.

Último destino: Shimmy Fest.

Dicen que la música es capaz de transportarte a otros lugares y que bailar te hace olvidar la vida y a su vez te llena de ella. Que es una decisión, de esas que o las tomas o te dejan. Que hay que cogerlas al vuelo, conforme se presentan. Y que, muchas, se cruzan camino por casualidad. De manera informal, improvisada, sin llamar la atención ni despertar sospechas. Una noche cualquiera, en un bar de paso cuyo nombre ni recuerdas. Ideas que te pillan hablando de todo y de nada. Pensando en cualquier otra cosa. Pero que por lo que sea, calan. Despiertan tu curiosidad. Te llaman la atención, te atraen y te atrapan. Y te dejas atrapar en ellas. Benditas ellas.

Decisiones que te llevan a estrenar unos bonitos zapatos, a vestir nuevos colores, a hacer algo que hasta hace poco ni te hubieras imaginado. Que quizá no es tanto para unos, pero sí para otros. Que quizá no es nada del otro mundo, dependiendo con qué lo compares. O con quién. Pero que para ti lo es. Y eso es más que suficiente. Que quizá es algo que querías hacer desde hace ya tiempo, pero que por unas excusas u otras, lo dejabas siempre para otro momento.

Hasta que el momento llega. Y dejas a un lado excusas, miedos y cualquier otro cuento. Y saltas al vacío hasta con los ojos abiertos. Y te lanzas a la pista de baile.

Y es entonces cuando llega lo bueno.

Porque lo bueno llega cuando se apagan las luces y comienza la música. Cuando aplaudes incluso antes de empezar. Cuando te olvidas de lo de antes, de todo lo que quede fuera y lo único que importa es ese momento y ese lugar. Y esas personas. Quienes te dan el doble de lo que tú das. Quienes comparten esa sonrisa que no te puedes quitar de la cara y que habla de felicidad. Quienes comparten ese segundo lenguaje, el baile, y las ganas de pasarlo bien. De dar lo mejor. De reírse de todo y por nada.

Y sientes que elegiste bien, que no pudiste elegir mejor.

Y te sientes como en casa.

Lo bueno es cuando te das cuenta de con qué poco puedes ser feliz. Cuando te alegra haberte dejado atrapar. Por la vida, por la oportunidad, por haberte arriesgado. Por haber apostado por aquella decisión, por aquella idea loca de una noche cualquiera. Y sobre todo, por ti. Porque no sabes bien lo que te espera, sólo que valdrá la pena vivirlo. Que te lo dice tu intuición. Que ya lo vale desde el minuto cero.

Lo bueno llega cuando te olvidas de teoría, de clases y de historias. Cuando te dejas llevar. Cuando te escuchas y sigues tu instinto, tu sentido, tus latidos. Cuando aprendes a darte la mano y a cerrar los ojos para centrarte en lo esencial. En la música, en ti, en seguir tus pasos. Para enseñarte y aprender contigo. Para disfrutar del momento y hacerlo eterno.

Lo bueno llega cuando apuestas. Por ti, por tus ideas locas, por tus pasos de baile. Por esos sueños que se han sumado a la lista hace relativamente poco. De manera improvisada y sobre la marcha. Dándote tanto a cambio de tan poco. Encontrando donde no pensabas encontrar mucho.

Lo bueno llega cuando saltas tus barreras. Esas que te habías puesto a tus anchas. Cuando aprendes que bailar o sentarse a observar, viajar o ver los trenes pasar, divertirse o abandonar, no son más que decisiones que tomas. O que dejas escapar. Que se pueden escribir nuevas historias a diario, en cualquier momento, en cualquier lugar. Redactar nuevas páginas que añadir a tu álbum de recuerdos. De esas que cada vez que miras, te siguen robando una sonrisa. De esas que te enseñan tanto con tan poco. De esas que te dan mucho más de lo esperado.

Lo bueno es cuando aprendes que puede que des pasos en falso, que pierdas el ritmo y que des más de un pisotón en la pista de baile. Pero que sólo así se aprende. Del prueba y error. De soltarse sin miedo a equivocarse, a no acertar, a no dar pie con bola. Y reírte de ti. Qué gran acierto. Saber que sólo arriesgando se gana, y no tenerle miedo.

Lo bueno llega cuando la música se acaba, pero sigue sonando en tu cabeza, en tu cuerpo, y la sonrisa todavía te acompaña. Cuando traes mucho más de lo que llevabas. Más ritmo, más pasión, más amor. Más vida. Y más de ti. Porque has descubierto des una pequeña parte que hasta ahora no conocías.

Lo bueno llega cuando miras más allá. Cuando aprendes que empezando por lo fácil, puedes llegar muy lejos. Que tan sólo es cuestión de probar. De apostar por ti, por tus saltos y por tus sueños. Y que te lleven donde sea que te hayan de llevar.

Paso a paso.

Y sin son de baile, mejor.


Gracias a Albacete Lindy Hop, a Isa y Carlos, por esta idea loca, por un increíble Shimmy Fest y por hacernos sentir en casa.

Gracias a los profes, a los compis de baile, a los músicos, por hacer de cada momento algo único.

Gracias a Manu Moreno por el festival de fotos.

Gracias por todo lo bueno.

 

Patricia.

Lo que te rodea

92 velas iluminadas, unos cantos desafinados y un móvil que inmortaliza el momento.

Cerrar los ojos por unos segundos, apenas lo justo, para no perderte nada, y desear en secreto tener la capacidad de parar el tiempo. De darle a ese stop imaginario que te dé una tregua, que te permita sentarte a mirar. A admirar cada detalle de ese instante. Y recrearte en él. Y tratar de hacerlo eterno. De guardarlo en algún cajón que puedas abrir al primer ataque que te invada de añoranza, de nostalgia, de morriña. Poder revivirlo las veces que quieras como si fuera ahora, sentir cada instante como si fuera nuevo.

Volver a sentirte parte de él.

Un instante de esos que se graban en tu retina, de los que empiezas a añorar antes incluso de que termine. Porque sabes que es inevitable que termine. Un domingo cualquiera, como podría haber sido cualquier otro día. Pero que tiene algo diferente. Algo que lo hace especial. Algo que no tienen otros muchos días.

En las fotos, los de siempre. En el vídeo, las mismas caras, tan familiares como queridas. Aunque ya nos las veas tan a menudo como antes. O como te gustaría. Los mismos rostros que te han visto reír, llorar, madurar. Y pegarte de leches hasta cansarte. Y hasta aprender, en algunos casos.

Los mismos que dan vida a esos recuerdos que descansan en algún lugar, dentro de ti. Y que despiertan un día entre cantos, recordándote aquella canción que creías olvidada. Aquel estribillo que tan bien te sabías. Recordándote que todavía te lo sabes, que sólo es cuestión de darle unos segundos para poder seguirle. Que es algo así como andar en bicicleta, que una vez aprendes, jamás llegar a olvidarlo por completo.

Y es entonces, entre cantos y estribillos, cuando alguno de esos recuerdos que permanecía dormido se escapa y abre una ventana. Para acercarse a tu lado, ponerse hombro con hombro, para darte la mano. E invitarte a mirar por la ventana, a revivir otros recuerdos, otras canciones, otras imágenes y algún que otro vídeo. Y te anima a mirarlo de frente, y te pregunta cómo estás. Y te hace pensar, en él, en ti, en los otros.

En aquellos momentos.

Los que también quedaron inmortalizados, aunque puede que sin cantos, velas ni móviles que se precien. Y que puede que se almacenaran como se guardan las cosas importantes, dentro de alguna caja bonita, con candado tal vez, y en algún sitio que sólo nosotros sepamos cuál es. Dejándolos ocultos de terceros. Protegiéndolos con celo.

Tanto, que terminan medio olvidados.

Mezclados con otros muchos recuerdos que intencionadamente tratamos de olvidar, de borrar, de hacer desaparecer. Momentos que preferiríamos olvidar. Momentos en que nos cansamos precisamente de eso, de “lo de siempre”. De las rutinas en las que nos vemos envueltos, de hacer siempre lo mismo, las mismas personas, los mismos días, las mismas melodías.

Y que en nuestro empeño de salir de ahí, no cesamos de buscar nuevas ventanas para abrirlas y permitir que nos llegue un poco de aire. Cambiar de paisajes, de vistas, de lo que está a nuestro alcance. Descubrir lo nuevo, lo diferente, lo que nos haga sentir de aquella manera. O de la otra. O algo que nos haga sentir, sea como sea, cuanto antes. Porque sentimos que nos ahogamos, que nos falta el aire, que nos cansan las vistas de siempre.

Y nos extraviamos a la mínima de cambio en ese anhelo de buscar. De buscar encontrarnos. De buscar ese algo. De creer haberlo encontrado. De fingir haberlo logrado.

Y nos olvidamos. De que a veces lo que falla no son las vistas en sí, sino la manera en que los ojos miran. Y admiran. O dejan de hacerlo. Que no valoramos lo que ya tenemos, que lo damos más que por sentado. Que está ahí, que permanecerá siempre ahí. En nuestras manos. Que podremos volver siempre que queramos.

Y nos olvidamos de los que sí están.

Y de que a veces es suficiente con tener a alguien que te acompañe al soplar velas, a tu lado, y que no le importe desafinar cantando. Que sonría a la cámara y fuera de ella. Que se deje de falsos postureos y de postear cualquier instante. Que se quede cuando otros abandonan el barco.

Y es que a veces estamos tan concentrados en mirar más allá, que no vemos lo más cercano. Lo que nos rodea. Lo que nos toca. Lo que sentimos de primera mano, si nos lo permitimos.

Porque a veces una mirada es suficiente para comprobar que todo está bien, para sentirte en casa.

Porque a veces lo tenemos todo, sin darnos cuenta.

Porque todo lo que nos rodea cuenta.

 

Patricia.