Energías

“La mejor suerte de todas es la suerte de hacer algo por ti mismo”.

(Douglas MacArthur)

Dicen que somos energía.

Expansiva o implosiva.

Átomos que se mantienen unidos.

Dicen también que recibimos energía como si de esponjas hablásemos. Que la absorbemos sin distinción de si es positiva o no. De si nos dará más fuerza de la que ya tenemos y nos hará crecer en todos los sentidos. O si, por el contrario, nos robará sin miramiento la que ya tenemos. Por algún fino agujero del que no somos conscientes de tener.

Dicen que, a su vez, generamos energía. Y que la transmitimos hacia el exterior. Incluso, la regalamos. Que podemos conectar con otras energías a través de abrazos, del contacto, de los pensamientos. Que creamos nuestro propio campo magnético y atraemos como imanes hacia él todo lo que nos propongamos o no.

Dicen también que estamos conectados.

Reconozco que nunca he sido muy de “energías”. Soy muy poco creyente para estas cosas y para muchas otras. Soy de ver para creer. Aunque siendo sincera, confesaré haber seguido algún que otro ritual de Nochevieja por si acaso. Y más de uno, también. Pero sólo por si acaso, que conste. Quizá sea por eso que no me ha funcionado ninguno.

De hecho, tampoco he creído nunca en los amuletos, talismanes, fetiches o cualquier cosa parecida. Que por haber, los hay para todos los gustos, colores, gracias y desgracias. Vale, alguno he llevado. Pero porque fue algún regalo y me gustó.

Quizá de ahí venga mi mala suerte en general.

Lo que sí confesaré sin peros que valgan, es que he empezado a creer en algo. O más bien en alguien: en las personas. En la fuerza que transmiten en los que dicen, y sobre todo, en lo que hacen. Tanto para bien como para mal. Es más, creo, sin lugar a dudas, que en eso consiste la verdadera energía.

Es la Magia que mueve el Mundo.

No en el azar, las casualidades ni en los caprichos del destino, sino en lo que vemos y sentimos. Porque a veces no es fácil ver. O no queremos. O estamos despistados mirando hacia otro lado. O nos mentimos diciéndonos a nosotros mismos que nos da igual.

Creo que las personas somos capaces de muchas más cosas de las que nos pensamos. Y que ahí radica muchas veces el problema: en lo poco que creemos, en general. Y en nosotros mismos, en particular.

Me gusta pensar que hay gente que más que un talismán, es una fuente de energía constante. Y muy potente. Que a su lado, nos contagiamos únicamente de cosas buenas. De su felicidad, su empoderamiento, sus ganas de vivir. Sus ilusiones, su pasión inagotable. De su signo positivo elevado a infinito.

Gente que habla tras escuchar de verdad, y no sólo por responder. Gente que piensa y elige la mejor manera de expresarse. O a la que le sale natural. La que dice verdades sin puñales innecesarios. La que no esconde. La que acompaña cuando es necesario y la que te deja espacio cuando es lo que necesitas. La que sabe estar y la que sabe cuándo apartarse.

Creo en las personas que aún son personas y no máquinas que actúan sin raciocinio. Personas que aunque de vez en cuando lleven el piloto automático encendido, saben cómo y cuándo apagarlo para ser ellas mismas. Y no hace falta recordárselo día a día.

Personas que saben reconocer sus máscaras, esas que utilizan para protegerse o esconderse según sea el caso. Y que las usan poco y en contextos mínimos. Porque tienen un propósito claro. Y que incluso van más allá, y se las quitan si es necesario.

Creo en la fuerza de la palabra. La que es capaz de cambiar tu día, tu semblante y hasta tu forma de andar. La que refleja valores y evita prejuicios. La que es un bálsamo para tus heridas y reconforta como ningún otro remedio. La que transmite emoción por los cuatro costados.

Emoción, energía en movimiento.

 

“La energía, ni se crea ni se destruye, se transforma”.

 

Aún creo en la energía que transforma. La que surge de dentro de cada uno y lleva su esencia.  La que nos define, nos controla en más de una ocasión y nos da lo que nos falta en otras. La que unas veces paraliza y otras acelera en cuestión de segundos. La que mueve y moviliza. La que conmueve, emociona y nos toca la fibra.

Creo en la energía. Nuestra energía. La de las personas.

La energía que mueve y conmueve el mundo.

 

Patri.

Peter Pan

“—Pan, ¿quién y qué eres?— exclamó roncamente.
—Soy la juventud, soy la alegría —respondió Peter por decir algo—, soy un pajarillo recién salido del huevo”.

De niña me encantaba hacer el pino, el puente y cualquiera de sus variantes. Recuerdo coger los patines o la bicicleta y recorrer sin miedo las cuestas del pueblo. Buscar incluso las más difíciles y bajarlas a toda velocidad. Me caía veinte veces al día como mínimo, iba siempre llena de tiritas y mercromina, y aún así, no tenía miedo de volver a intentarlo.

Defendía el “por mí primero y por todos mi compañeros” sin hacer distinciones. Recibía invitaciones reales de cumpleaños y me sentía privilegiada por ir. Resolvíamos cualquier conflicto con el “piedra, papel o tijera” y repetíamos si no estábamos conformes. Acabar la colección de cromos del momento era una de nuestras mayores preocupaciones…

No recuerdo en qué momento dejé de jugar y cogí miedo a caerme. Cambié el “levantarme las veces que haga falta” por caerme lo menos posible. Y desaparecieron las tiritas y la mercromina de mis piernas, las colecciones de cromos y las bolsas de chuches como regalos. Y aparecieron los miedos y el ir con cuidado entre mis pensamientos.

Entonces creces y te das cuenta de por qué Peter Pan no quería crecer.

Dicen que todo adulto lleva un niño en su interior. Lleva a su propio niño, aquel que una vez fue y que hoy permanece escondido. Que vive a la sombra, en un mundo de adultos, contemplando sin entender y callado por no saber. Que se siente adormecido y hasta aburrido por no participar. Abandonado por no sentirse escuchado.

Dicen también que hay quienes logran sacarlo y lo escuchan siempre que pueden. Afortunados ellos. Por sacar sonrisas olvidadas y quitar hierro que pesa. Por ser ellos mismos en todas sus facetas. Por su capacidad de soñar, crear, imaginar y no temer. Igualito que los “mayores”.


Porque son pura alegría sin que haya una pena real de fondo. Son espontaneidad sin reservas y creatividad sin límites conocidos o sospechados. Son diversión contagiosa, inocencia no fingida y curiosidad sana por todo lo que le rodea. Son sensibilidad al decidir y naturalidad al actuar. Son lo que muestran ser.

Nunca digas adiós, porque decir adiós significa irse lejos, e irse lejos significa olvidar.

Mi amigo David es uno de ellos. Es como Peter Pan, el niño que se niega a crecer del modo en que lo hacen los adultos. El niño que se revela contra el aburrimiento, el conformismo ante los problemas y el miedo al fracaso. El que vuela cuando quiere coger perspectiva. El que busca la ilusión ante cada comienzo.

Es el niño que sabe jugar a todo sin que sea el que siempre gana. Sabe que lo importante es participar. Busca el equilibrio, esquiva pelotazos y devuelve jugadas. Evita hacerse daño a sí mismo y trata de no hacerlo a los demás. Y si se cansa o no le gusta el juego, lo para. Parar a veces es necesario.

El niño que no se olvida de lo que es importante para él, pero a la vez le hace muecas a la vida. El que cumple sus obligaciones y disfruta como nadie en sus ratos libres. El que no descuida su yo y sabe lo que necesita. Y lo pide.

“—Y como cada día a esta hora, lo mejor está por llegar—“. Le dijo Peter Pan a Campanilla.

“Lo mejor está por llegar”, le diría a mi niña interior.

Esa niña que sé que está ahí, esperando a que la mire a los ojos y la invite a jugar conmigo. A aconsejarme. A quererme. A cuidarme. Esa que en todos estos años en que yo me he olvidado de ella, ella no se ha olvidado de mí.


Esa niña que me ha esperado en silencio y tranquila, sabedora de cuál era su lugar y de que su momento llegaría. Esa que en todos estos años me ha acompañado sin robarme protagonismo, sin hacerse notar. Sin hacerse de rogar.

A esa niña interior le diría que me ayudara a recuperar aquella curiosidad que me hacía preguntar sin miedo a lo que otros pudieran pensar. A que dejara la lógica a un lado y escuchara más. A mí misma.

Le invitaría a quedarse, a participar, a hacerse escuchar. Le pediría que me recordara sus sueños, aquellos por los que quería crecer. Aquellos que movían su mundo. Aquellos por los que quería arriesgar. Sus sueños… los míos… ¿En qué punto están?

La escucharía al hablar y le alentaría a actuar, a ser ella misma, a hacerse notar. La abrazaría al llorar y le permitiría equivocarse y volver a empezar. Le dejaría poner la nota de color en el mundo gris de los adultos.

Le prometería no fallarle y buscaría el modo de cumplirlo. Para que se sintiera orgullosa. Para que se sintiera feliz.

Para que creciera tranquila.

Y tu niño…
¿Estaría orgulloso de quien eres hoy?

Patri.

Saber perder

“Las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde”. (William George Ward)

 

Las personas perdemos cosas a diario. Todos.

Perdemos metros que llegan un minuto antes y nos pillan bajando las escaleras a toda prisa y a trompicones. Perdemos notas que nos dejamos para acordarnos de lo que queríamos comprar. Y nos olvidamos de la lista y de la compra. Y nos toca improvisar sobre la marcha.

Perdemos borradores entre las hojas de las libretas que dejamos a medias. Las abandonamos en estanterías polvorientas, entre libros, cuentos y otras historias por comenzar. Otras por continuar. Muchas, por concluir.

Perdemos la cabeza por quien la pierde por otra persona. Por quien no está a nuestro lado, y nos empeñamos en lo contrario. Por quien sabe decir lo que queremos oír para engatusarnos, salirse con la suya, sea lo que sea, y salirse de rositas.

Perdemos la vergüenza tarde, mal y a corre prisa. Cuando ya no hay nada que ganar. Perdemos palabras que queremos decir y que luego ya no importan. Perdemos abrazos que queremos dar y que la otra persona agradecerá. Perdemos por el miedo a perder.

Dicen que el respeto se gana. Pero también se pierde.

Perdemos oportunidades que no las vemos por estar mirando a otro lado. Por no querer ni verlas, por un miedo irracional que no reconocemos. Por evitar fracasos, escarmientos y sarpullidos necesariamente necesarios. Por hacer como que no va con nosotros cuando morimos de ganas de que sean nuestras.

Perdemos pistas que nos llevan hacia tesoros no tan ocultos. Por mentir asegurando que la aventura no es para nosotros, que estamos hechos de otra pasta. Y si hace falta, por el camino perdemos el mapa, la brújula y los prismáticos. Para asegurarnos una salida digna antes de tiempo. Por no creer que podamos llegar a buen puerto.

Perdemos la ocasión de abrirnos puertas por no atrevernos a llamar al timbre. No ya a gritos, pero a veces ni con los nudillos. Por no ser, no somos capaces ni de asomarnos a la ventana a mirar qué hay dentro. Por mucho que la curiosidad nos pique por todo el cuerpo. Nos rascamos disimuladamente y a seguir  con la siguiente excusa.

Perdemos batallas que estaban ganadas a un paso de la meta. Nos confiamos a última hora. Bajamos el ritmo, la guardia y las ganas. Nos creemos que ya está hecho cuando aún queda algo. Creemos en la ayuda ajena y en conformarnos con el poco esfuerzo con hagamos. Mínimos a veces.

Perdemos perdones que regalar y que recibir. Por orgullos taimados y desconfianza ante todo. Y todos. Como si fueran insuperables y no accesibles. Como si perdiéramos más dándolo que negándolo. Que hay casos, claro. Pero los filtros son necesarios.

Dicen que recibes lo que das.

Perdemos trayectos de película por películas que rodamos en nuestras cabezas. Por por si acasos sin sentido y sinsentidos continuados. Por futuros que no llegan y excusas que a ningún guionista se le ocurriría. Ni en el mejor guion que pudiera escribir.

Perdemos tiempo valiosísimo por ladrones a los que dejamos las puertas abiertas de nuestra casa. Con las llaves puestas para encerrarnos si así lo quieren. Para entrar y salir a sus anchas. Para ser como Pepe por su casa.

Perdemos personas increíbles por increíbles tonterías. Por decir que no, cuando queremos decir que sí. Por no saber decir no. Por no saber qué decir o por creer saber lo que decimos, cuando no tenemos ni idea.

Perdemos el verano, quejándonos de que septiembre se acerca. La temida vuelta. Perdemos el otoño deseando que lleguen Navidades, y la primavera la cambiaríamos por las vacaciones de verano. Y el lunes lo convertiríamos en el eterno viernes. Y el domingo por la tarde lo borraríamos del calendario. Bucles infinitos.

Perdemos el norte, el oeste y el este. El sur ni lo vemos. La orientación la dejamos a un lado cuando se trata de saber a dónde vamos. Y para qué. Mejor preguntamos. O mejor ni eso, esperamos que alguien nos indique cuál es el desvío más corto y rápido.

Perdemos imperdibles por pura cabezonería y con mucho ingenio. Por falta de tacto, de gusto y hasta de olfato. Por falta de sentido y con sentido de falta. Como si fuera un reto personal digno de mención.

Perdemos felicidad en pro de la compasión. La propia y la ajena. En pro de la queja por todo y de todo lo que sea. Por no querer lo que tenemos y querer lo que no está en nuestras manos. En pro de los demás, olvidándonos de nosotros.

Perdemos de vista la cima y los pasos que nos llevan a ella. Los amaneceres desde ella y las puestas de sol cerca de las estrellas. Las hogueras que no sólo alumbran, sino que acercan. Al contacto, al calor humano.

Perdemos la capacidad de compartir por miedo a perder. Perder perdiendo. Perder por miedo a perder. Por miedo a que nos roben, a que nos engañen. Por miedo a que nos secuestren de la forma que sea.

Perdemos bonitos finales por no atrevernos a vivirlos. Por si no son como esperamos y nos dejan mal sabor de boca. Por si hay daños colaterales o heridas que no cierran. Por si nos quedamos con la sensación de querer más.

Por si no sabemos ganar.

Por si ganamos de verdad.

Patri.

A quien se fue pronto

A ti, que te fuiste de puntillas, un domingo cualquiera y sin levantar sospechas. Dejando atrás el papel de protagonista que tan bien sabías representar. Como si quisieras no molestar, no hacer ruido, no respirar. Como si supieras que tu momento ya se había terminado, que había que pasar la página y leer el final.

A ti, que eras la alegría en persona y no había nube en todo el firmamento que osara teñir de gris tus días. Ni aunque lo intentara con toda su alma. Porque para ti no había día malo, sino cosas que no salían como querías. O cosas que había que intentar más veces. Sin desánimo, sin desazón, sin desespero.

A ti, que supiste vivir a tu manera. Sin pretender ser quien no eras. Sin prometer lo que no tenías. Sin aparentar lo que la gente espera. Sin ataduras de ningún tipo, sin peros ni reproches que se pudieran volver en tu contra. Sin arrepentimientos inútiles ni expectativas mal cumplidas. Viviste al día, a tu ritmo y a tu arbitrio. Lograste que en tu día a día no faltara aquello que te daba luz.

A ti, que siempre fuiste sin rodeos a por lo que querías, sin miedos que hicieran temblar tu pulso. Sin titubeos que aminoraran tu paso o te hicieran cambiar de rumbo, si no era por tu voluntad. Andabas con paso firme, de frente y tarareando, como si fuera lo más sencillo del mundo. Cantabas con desvergüenza y descaro, sin preocuparte de lo que la gente pudiera pensar.

A ti, que no sabías lo que era hacer daño a conciencia o manipular por propio interés. Que eras bondad en estado puro. Que sabías dar sin esperar las vueltas, ayudar con paciencia y crear ilusiones a tu alrededor.

A ti, que supiste ponerte el mundo por montera y hacer de tu vida un carnaval de colores.  Para ti, cada día te ofrecía una aventura que no dejabas escapar. Decisiones que tomabas sin pensar en lo que otros harían en tu lugar. Sin dejar que nada ni nadie que te importara se te traspapelara ni cayera en el olvido.

A ti, que te fuiste sin remordimientos ni cargos de conciencia. Con la ilusión de un niño al que le quedan muchas cosas que hacer y la experiencia de un adulto que ha vivido mucho. Con la gracia que siempre tuviste y la personalidad que nadie pudo arrebatarte. Con tu gran corazón de oro, del que pocos pueden presumir.

A ti, que te fuiste antes de tiempo.

Gracias por todo.

Patri.

Prioridades y opciones

“Dicen que los mayores de 60 años son los más felices y los que más viven el ahora”.

Me pasa sobre todos los domingos por la tarde que me pongo melancólica y me estreso. Tengo la sensación de que los días pasan volando, como si corrieran en un sprint permanente cuyo ritmo no puedo seguir. Que siempre voy por detrás y con la lengua fuera. Y que cuando llego al fin de semana es como si tuviera algunas horas de menos…

Y me frustro por todas las cosas que me gustaría hacer y no he hecho. Como escribir. Que de hecho, no me gusta, me encanta. Y sin embargo, lo dejo para lo último a conciencia. Con la falsa idea de “disfrutarlo”. Como cuando dejas hueco para el postre que tanto te gusta y que dejas para el final. Y cuando llego, estoy tan agotada que lo dejo para otro día.

Procrastinación en estado puro.

Y creo que el gran problema, o al menos el mío, es que nos autoengañamos pensando que mañana será un mejor día. Como si hoy no contara. Que haremos todo lo que queramos, que tendremos tiempo y energía ilimitada para completar esa interminable e inverosímil lista que nos hemos propuesto, y que hoy miramos de reojo para no sentirnos culpables.

“No dejes para maña los besos que puedes dar hoy”.

Obviamos el momento presente sin excusa que valga. Obviamos que la vida transcurre entre un sinfín de oportunidades que van y vienen. Que hay algunas de ellas que jamás regresan. Normalmente las mejores, las que más nos gustan. Las que más miedos nos dan. Las que nos aterrorizan.

Obviamos también que las oportunidades se las queda el primero que llega y las ve. El que estaba allí y no temió cogerla. El que se adelantó a los demás, el que estaba preparado. Quizá supo verla, quizá la cogió sin saber qué cogía. Pero una vez que es suya, no nos queda más remedio que esperar que la suelte. O que se nos plante otra igualita o mejor delante nuestro. No nos queda otra que ser segundones.

Y nos volvemos protestones y pataleamos contra la injusticia. Culpamos a los demás, a los imprevistos que nos surgen, a la rutina que nosotros mismos creamos, y a la propia vida. Culpamos a esos momentos que no vuelven a repetirse por mucho que lo intentemos. Nos olvidamos de que depende de nosotros vivirlos en primera persona, en presente de indicativo.

Nos arrepentimos y echamos de menos en pasado perfecto.

Sea ese buen amigo al que siempre tenemos en mente ver o esa llamada tan deseada pero para la que nunca vemos el momento oportuno. Esperando que se alineen las estrellas para que sea la ocasión perfecta. Como si la hubiera. Como si viniendo del exterior fuera mejor que creándola en el interior. 

Por eso me propongo que a partir de mañana voy a hacer lo que me suma, sin excusas, aplazamientos ni nada parecido. Voy a rellenar mi tiempo con todo aquello que me llena de felicidad, lo que me da sentido y pinta de color mi día. Voy a elegir más y postergar menos. Voy a saltar las piedras que me encuentre para llegar a donde quiero.

Voy a compartir más. Compartir es vivir.

 “Dicen que la mayor felicidad se vive a las 60 años”

Dicen que a esa edad, o a partir de ella, es cuando tomamos conciencia del sentido de la vida, de la urgencia de vivir el aquí y el ahora y de lo limitado que es el tiempo para cualquiera de nosotros. Que es una etapa en la que se tienen claras las prioridades, se sabe decir que no y decidir pensando en uno mismo.

Probemos una cosa.

Probemos a elegir.

Elige dar un salto y subirte a ese tren que anuncia su salida. Inicia ese viaje para el que llevas tiempo preparando tu equipaje. No importa que vaya lleno, ni que seas el único pasajero. Tú sólo disfruta del trayecto, del paisaje y de cada parada que te encuentres. Cada viaje es único.

Elige fluir. Ser tú mismo. Y que no te dé miedo Que nadie te lo robe. Y que nadie invada tu espacio sin tu permiso. Elige desde tu interior y no desde otros ojos. No importa lo sabios que sean, lo queridos que te resulten o lo amenazantes que te intimiden.

Elige recorrer caminos que en su momento te parecieron difíciles o que no eran para ti. Planifica tus pasos, las bifurcaciones que quieres seguir y los descansos que te tomarás. Diseña tu plan, crea tu futuro y elige la compañía. A tu gusto.

Elige sabiendo que al final del día serás feliz. Te sentirás orgulloso de tus decisiones, de cómo fue tu día y de lo que esperas por venir. Recuerda que como dicen, tu vida es tuya, y eres el responsable de vivirla, disfrutarla y hacer lo que quieras en ella.

Elige priorizarte a ti.

Patri.

Despertar

“Invierte en aquello que un naufragio no te puede arrebatar”

(Anónimo)

 

¿Cuál es el primer pensamiento que cruza tu mente cuando despiertas?

Ese destello temprano, esa chispa precoz. Como ese primer haz de luz que ves caer del cielo al anochecer. Silencioso, discreto y elegante. El atrevido del grupo. El que da comienzo. El que tira de los demás. El preludio de una bonita lluvia de estrellas. ¿A quién no le gusta contemplar un cielo estrellado?

Puede ser tan rápido que se te escape y te quedes desorientada, preguntándote si fue o no fue, si tu imaginación te jugó una mala pasada. Si intentas seguirle el rastro o te quedas donde estás. Cada paso deja su huella. Cada pensamiento deja unas miguitas que llevan a él. Que  te llevan a ti mismo. A tu mente.

¿Qué quieres?

Te hablo del hoy. Del aquí y del ahora. De lo que viene en cuestión de segundos. De lo que está llamando a tu puerta mientras tú decides si abres los ojos o si vuelves a tus sueños. Qué bien se está en ellos, ¿verdad? Tu zona, tu confort, tu caparazón.

De mañana, hablamos mejor mañana.

De los demás también, centrémonos en ti. En esos sueños en los que te gusta sumergirte, pero en los que temes bucear. En esa carta inacabada de deseos que le escribirías a los Reyes, inconclusa por definición, necesariapor naturaleza. Mira si te falta algo, escríbelo antes de que se te olvide.

¿Qué ves?02 Despertar 02

Estás en primera fila, no hay prisa. Observa todo, descubrirás grandes cosas, que ni sabías que estaban ahí. Los colores que se filtran y cambian de tono según el capricho del sol, los sonidos que se funden con la tranquilidad del silencio. El olor a vainilla de algún desayuno casero, los fuertes latidos de un corazón. El tuyo. ¿Te gusta?

Céntrate en aquello que te gusta, memorízalo al detalle. Recuérdalo de vez en cuando, cuando sientas que el cielo se vuelve negro y el viento te impide asomarte a la ventana. Cuando la lluvia se filtre por el rincón más pequeño y el frío te haga acurrucarte, en busca de calor, en busca de sosiego.

Un ancla protectora.

Con lo que no te guste… podemos intentar cambiarlo. Sentarnos en otra silla para observarlo, en otro parque o en otra ciudad.  Podemos acercarnos poco a poco, darle una y otra vuelta, hasta que nos guste cómo queda. Cogerlo de la mano y sacarlo a pasear. Podemos cambiarle el nombre, tratarle como a un niño pequeño que necesita aprender. Podemos hasta pedir ayuda.

¿Qué sientes?

Felicidad, enfado, tristeza, rabia,… Desahógate. Dicen que a los miedos les encanta robar sueños. Que con sus dulces cantos de sirena te aprisionan en la mazmorra más profunda del castillo más infranqueable. Del que no se sabe salir. Del que no se quiere salir. Te habitúas a él, a sus cadenas y a tus apegos.

Te diré un secreto: Actitud.

Pero… ¿y si te atreves a subir un escalón? A dar un paso, a salir de detrás de esa columna desde la que miras ese lugar que te atrae, pero que te da pánico. A tomar las riendas del caballo y salir al galope. A buscar tesoros, aunque no sepan dónde están; la aventura suma puntos. El mapa lo puedes ir pintando en los descansos.

¿Qué crees?

Puntos suspensivos que no sabes dónde acaban. Difícil respuesta, ¿verdad? Siendo honesta, las respuestas son infinitas, pero no todas sirven. Busca las tuyas. Las que te llenan, te potencian y te impulsa. Pero también las que te atan. Busca las respuestas a tus respuestas, ¿te acuerdas de aquello de cambiar lo que no te gusta?

Te diré otro secreto: creer empodera.

Te da fuerzas, alas, te suma vidas de energía. Te ayuda a saber qué necesitas, a explorar, husmear, rastrear hasta que encontrarlo. De frente, y aunque sea por tropiezo. También es una forma de hallar. Te da medios, que no miedos. Te da pluses que sumar y te quita los “menos” que restan.

¿Y en ti? ¿Crees en ti?

02 Despertar 03Más puntos suspensivos… o no. Hay respuestas espontáneas que salen a la primera.

Volviendo a qué quieres,… ¿Qué te lo impide?

No juegues con los botones de tu camisa ni desvíes la mirada al suelo. No hay un salvavidas en cada esquina peligrosa que te encuentres. Frena a tu saboteador, aquel que te dice lo que tienes que hacer y lo que no. Elige, quiere, actúa. Por ahí dicen que el primer paso hace el camino, aunque no sepas a dónde vayas.

Construir puentes, no muros. 

Se aprende con la práctica, con el hábito, con las ganas. Se aprende a acertar, a fallar, a aceptar y a confiar. Se aprende a actuar sin máscaras, a ser uno mismo. A buscar las fuerzas que tienes ocultas, pero que las tienes. A superar culpas, rechazos y “no puedo”. A valer todo lo que vales. A ser feliz.

La felicidad es una decisión.

 

¿Cuándo vas a empezar?

 

Mi camino me llevó a Escuela de Inteligencia a través de Escuela de Inteligencia Valencia a descubrir el mundo de la Inteligencia Emocional y el Coaching, a vivir una experiencia personal única. A descubrirme a mí misma, conocerme mejor, entenderme y quererme mejor. A mejorar mi forma de comunicarme y automáticamente mejorar mi entorno.

Si te animas a probar o si tienes dudas, cuéntamelo.

Módulo I de Inteligencia Emocional

Curso Superior de Coaching

Si estás en Valencia, me puedes conocer personalmente en la Master Class  gratuita.  ¡Estaré encantada!

Patri.

Alegría

Alegría es un conjunto de palabras, puntos y quizá algún signo de exclamación, con sentido propio y pleno, que transmite, conmueve, te da energía. Impulsa tus resortes y te saca tus mejores colores.

Que ilumina tu cara.

Alegría es una copa acompañada de tu gente. O una cena o lo que prefieras. Son tus personas. Un ”tengo ganas de verte” compartido y siempre devuelto. Y sacar tiempo de debajo de las piedras para cumplirlo.

Es ser y querer.

Alegría es tenerte a ti mismo, y saberlo. Ser tu mejor amigo y comportarte como tal. Cuidarte. Quererte. Crearte. Ser la fuerza que tira de ti, el bonito cumplido que nadie rechazaría, el deseo de ir a más.

Es sumar en positivo.

Alegría es ese gesto que expresa sin palabras y la caricia que reconforta, que te pone la piel de gallina. El abrazo que envuelve y la mano junto a la que paseas. El recuerdo que nunca falla en ponerte de buen humor, un bonito sueño hecho realidad.

El éxito en el caos.

Alegría es ver ese rostro querido sonriendo travieso. Mientras te espera, mientras te ve acercándote. La expectativa de lo bueno que hay detrás y la emoción que está delante. Es saber que estás en casa.

Es querer y dar.

 

Patri.