Cuando tomamos conciencia

Dicen que los finales son a su vez principios.

 Principio: Primer momento de la existencia de una cosa.

Origen. Punto de partida. Punto cero. Salida.

También dicen que para que algo nuevo llegue a tu vida, primero debes cerrar ventanas por las que ya no entra ningún tipo de luz para abrir aquellas por las que asoma un tímido rayo. O se intuye.  Debes cambiar el libro que ya te cansaste de leer y releer o incluso aquellos en los que nunca pudiste pasar de las primeras hojas.

Debes desprenderte de todo aquello que guardas por guardar, por pena o porque en su momento tuvo algún tipo de valor, pero que hoy ya ni recuerdas de dónde vino. Debes cambiar la canción, el ritmo y los pasos de baile. Debes soltar, dejar ir, liberar lo que ya no. Sea lo que sea.

Giros en ángulo recto, sin ángulo y de 360º.

Ayer terminé un proceso de coaching, el último de mis prácticas para ser coach. Algo que me ha tenido entretenida y absorbida en los últimos meses. Pero para bien, lo prometo. Porque aunque he ido muy loca y ha sido un caos poder compaginarlo con trabajo, ocio y cualquier cosa que se me ha ocurrido en medio, ya empiezo a echarlo de menos…

Suele pasar que los grandes cambios ocurren sin avisar, de improvisto. Cuando estamos obcecados en alguna tontería sin importancia o siguiendo un camino sin mirar hacia dónde vamos. Llevados por la mano de la rutina. Siguiendouna infinita lista de obligaciones que nos autoimponemos. Por no pensar. Por no creer.

Por no soñar.

Creyendo que los mañanas estarán siempre ahí, a nuestros pies. Aguardando a que decidamos ir a por ellos. Que nos esperarán pacientemente cargados de éxitos, de alegrías y de buenos momentos. De oportunidades que aparecen solas y de soluciones que salen a nuestro encuentro. Sin nosotros hacer nada, salvo pensar en ello y desearlo intensamente.

Como si las cosas se hicieran solas.

Casi por arte de magia.

¿Y qué es coaching? Os preguntaréis algunos…

Es un click. Es la señal de que ese algo, por fin, encaja. Esa pieza que te faltaba y que posiblemente ni sabías cuál era. O dónde buscarla. Es completar tu propio puzzle, poner orden en tu propio desorden. Puede también que ignoraras que algo te faltaba.

Es la luz que se enciende y te deslumbra. Por bonita, por intensa, por necesaria. Por haber acertado el interruptor, cuando has perdido la cuenta de los muchos intentos que llevas. Cuando estás buscando algo y no hay manera de encontrarlo. Cuando ya casi te has cansado de rebuscar y no has dejado rincón intacto.

Es encontrar la salida del laberinto. O una de ellas, de las de verdad. Ese laberinto en el que entraste con toda confianza y hasta soberbia. En ese, que sólo en tu fuero interno te atreves a admitir, en el que te sientes perdido desde hace tiempo. Quizá desde el principio. En el que llevabas dando tumbos tanto tiempo, dando con falsas salidas, vueltas retorcidas y callejones que no te llevan a ninguna parte.

Deshacer los pasos no siempre es fácil.

Es un shock. Como una enorme sacudida a todos los niveles, pero sobre todo emocional. Puede que la sientas nada más empezar. Puede que la descubras a lo largo del camino. O puede que se revele hacia el final, cuando ya no dabas ni un duro por todo esto. Ni por ti.

Es un cambio. De esos que tanto lees que son inevitables y a los que te has de adaptar. Es ver lo mismo pero con otros ojos, y ver cómo cambia la cosa. Es ver lo que no veías hasta ahora, quitarte las vendas que te habías puesto una a una. Es moverte hacia donde  quieres estar, a tus metas, tus sueños, tu futuro.

Es ver lo esencial. Lo importante. Lo que nos mueve.

Es un impulso. Como un torbellino que te mueve a actuar y te da la energía que te faltaba. Que tira de ti y al cual sigues sin resistencia. Como si recién levantaras de un sueño, sin saber si aún duermes o no. Cuando tu día apenas comienza y tienes todo el tiempo por delante para hacer lo que sea que quieres hacer.

Pero imagina algo más.

Imagina que tu día comienza siguiendo un para qué.

Un camino, un destino.

Sucede que muchas veces no somos conscientes de las cosas. No las registramos. Miramos sin ver. Oímos sin escuchar. Fingimos sentir. Se nos escapa la esencia. Quizá algo nos chirria o nos llama la atención. Pero no sabemos el qué, ni por qué. Ni le dedicamos tiempo para entender.

Sucede que cuando conectamos con nosotros mismos, la vida se ve distinta. Los retos no sólo se ven posibles, sino que nos resultan motivadores. Vemos las posibilidades de perder como oportunidades de aprender. Y hasta de creer en lo que antes nos parecía una quimera.

Dicen que somos seres de acción. 

Coaching es acción.

Patri




Para quiénes sintáis curiosidad, comparto dónde redescubrí mi motivación: en Escuela de Inteligencia de Valencia, a través de Escuela de Inteligencia con el Curso superior de CoachingSi os animáis, estaré encantada de compartir con vosotros esta gratificante experiencia.

VOLVER A EMPEZAR

“Todo termina para empezar de nuevo”. (Ricardo Arjona)

Hay momentos en la vida en los que te ves obligado a frenar en seco. De golpe. Cuestión de apenas unos segundos en que temes que te vas a estampar. Literalmente. Y que no habrá recuperación posible ni tirita que ayude a curar las heridas que adivinas vendrán. Sientes la adrenalina y la presión de todo lo que llevas a cuestas abalanzarse sobre ti. Presagias que se acabó, hasta cierras los ojos para no verlo llegar, y simplemente esperas…

Y esperas…

Y es cuando el silencio todo lo invade y contra todo pronóstico no sientes el golpe, que te atreves a abrir los ojos. Despacio, primero uno, para ver qué pasa, mientras mantienes cerrado el otro. Como si quisieras engañar al peligro o no llamar su atención. Y sólo entonces te das cuenta de que encogías los hombros y cerrabas los puños en señal de tensión. De autodefensa.

Con alivio sueltas el aire que contenías, y deshechas las feas ideas que hasta hace un instante cruzaban tu mente. No se ha cumplido ninguna. O casi. Te ves de una pieza, y que la vida sigue. Que hay colores más allá del gris y negro que te empeñabas en ver a tu alrededor. Puedes ver, oír, sentir. Y es posible que de manera hasta distinta.

Más viva.

Todo un arte, el de sentirse vivo y que a más de uno se le olvida vivir. Un regalo que no sabemos apreciar en algunos momentos, como si fuera algo obvio e infinito. Y quizá precisamente por eso, es por lo que lo descuidamos con una facilidad sorprendente y pasmosa. Una habilidad que supone algo más que respirar.

Es algo más que tachar los días del calendario y soplar velas de cumpleaños. Es algo más que correr detrás de autobuses que no esperan cuando podemos ir andando. Es algo más que levantarse temprano para hacer algo que no te hace feliz y de lo que te quejas todo el día. O toda la semana si hace falta. Es algo más que dejar las cosas para mañana y pensar que mañana todo irá bien, incluso mejor.

Es algo más que esperar mientras la vida pasa.

Tu vida.

La misma que nadie salvo tú va a vivir, no te engañes. Porque aunque muchos se empeñen en aconsejarte y presuman saber más por aquello de que la experiencia es un grado, no pierdas de vista tu propio trazo. Ese que sólo tú puedes dejar, y que por ello es único. Ese que sólo tú dibujas siguiendo tus propios instintos, pero sólo si eres capaz de dejar que te guíen.

Porque si los sigues, te llevarán donde verdaderamente quieres ir. Estarás donde tu interior te dice que quiere estar. Te verás haciendo lo que en sueños quizá viviste, y nunca te atreviste a imaginar que pudieras cumplir. Los miedos son muy malos. Pero si eres capaz de ver más allá de ellos, serás lo que te propongas. Serás lo que te dicte tu corazón; pero lo has de escuchar.

Por difíciles que se pongan las cosas. Por feo y negro que veas el horizonte. Si te acercas, verás que los caminos a tomar son tantos como los que quieras ver. Que puedes andar hacia dónde creas, desandar caminos y borrar huellas. Que aunque borres y las marcas se queden ahí, serán como un recordatorio. De que puedes equivocarte y volver a empezar.

Por infinitas sean las veces que necesites resetear.

Resetear: Reiniciar.

Porque habrá momentos, muchos, en los que desearás resetear. Porque no te gusta hacia dónde vas. O el resultado que crees que te espera al final. O porque el viaje no está siendo lo que creías. O porque cambiaste de ideas y tienes otros planes. No sabemos si mejores o peores, pero sí distintos.

Y aunque ocasiones para cambiar podemos tener todas las que queramos, es cierto que no siempre las aprovechamos o las sabemos ver. Aunque las tengamos sentadas al lado y lleven nuestro nombre escrito en la frente. Muchas se quedan en el tintero, esperando a que sea otro quien le sepa dar el valor que tienen.

Y sí, no es fácil resetear así, de buenas a primeras. Da miedo. Es como pulsar un botón con la esperanza de que luego nos irá mejor, pero nadie nos lo asegura. Nos puede ir incluso peor. Existe la posibilidad de que el remedio sea peor que la enfermedad, de que nos lleguemos a arrepentir de la acción, del resultado y de no habernos quedado quietecitos en nuestra incómoda comodidad de dejar las cosas tal cual están.

Dicen que quien no arriesga no gana.

Y aún hay valientes que se lanzan a la aventura de resetear relaciones que pretenden salvar. Aunque saben que empezar de cero no es tarea fácil y puede que ni posible, según sea el caso. Se salvan terminando relaciones tóxicas que no les hacen ningún bien o recuperando aquellas que habían descuidado.

Por ver su valor a tiempo.

Hay quienes resetean trabajos, por deseo de cambio o por pensar en sí mismos. Para bien. Para poner puntos finales que les lleven en búsqueda de sus sueños, sus proyectos, sus ilusiones. Reales. Para redescubrir qué es lo que quieren, para buscar sentidos a un sinsentido. Para no sentirse atados, frustrados, perdidos.

Hay quienes resetean momentos e historias. Hacen borrón y cuenta nueva. O lo intentan. Tratan de olvidar y empezar con buen pie. Con el mejor que tienen. Borrar lo malo y diseñar un nuevo patrón, una nueva conversación, una nueva y buena primera impresión. Crear en lugar de copiar o dejarse llevar por otros.

Perder para ganar.

Porque se gana cuando se arriesga y se cambia. Porque se cambia para bien o se aprende cuando es para mal. Pero siempre se gana, si estamos dispuestos a ello. Cuestión de perspectivas. De expectativas. De autoaceptación. De no rendirse, pase lo que pase.

Cuestión de no conformarse y saber que todos son rachas. Que todo lo malo, igual que llega, se va. Que sí, lo que sube también baja, pero que cualquier paso te lleva a algún lado, por cerca o lejos que parezca. Pero has de darlo.

Y que reseteos, haz cuantos quieras.

 

Patri.

Miedos

Día 1 superado.

Mucha gente cree que las segundas oportunidades no funcionan. Que lo que alguna vez fue y no fue, por algo sería. Sea por lo que sea. Que incluso mejor así que seguir en medio de una tormenta intempestiva de la que no se adivina el final. Algo quizá sí, algo como que será uno bien amargo y hasta brusco.

Yo hoy he vuelto a nadar. Una de mis asignaturas pendientes desde que un pequeño percance de niña me volvió fóbica al agua. A sumergir la cabeza debajo del agua, mejor dicho. Si lo pienso hoy, no fue para tanto. Pero para mí lo fue. Y aquí estoy, tratando de superar ese miedo irracional a ahogarme que yo sola he alimentado durante bastantes años.

Hasta hoy.

Hasta que hace poco, me animé a coger el timón de barco que estaba parado en el puerto, sin capitán, sin tripulación, sin rumbo. Decidí dejar los mil y un planes que tenía en la cabeza, aquellos que me prometía cumplir “un día de estos”. Pasé a la acción. Empecé a dejar a un lado tanta teoría para sumergirme en el océano de la práctica. Me decidí a darle una segunda oportunidad. A nadar, y a mí misma. A intentarlo de verdad. Un regalo para septiembre.

Un septiembre de regalo.

Un nuevo comienzo, un día cualquiera del año. De esos de los que a todos nos gusta presumir pero muy pocos se atreven a abordar. Falta de valentía, se diga lo que se diga. Porque cuando se quiere, no hay fechas ni momentos perfectos a los que esperar. Como si ellos mismos supieran que han de llegar y se conocieran el camino. Si crees, creas. En tu imaginación primero y con tus propias manos después.

Y puestos a comenzar, que fuera lo más cercano a cero posible, me propuse. Cero miedos, cero culpas, cero presiones. Actuar sin miedo para empezar a creérmelo. Empezar a perder creencias que me amarraban y viejos lastres oxidados. Convertir algo insignificante y hasta ridículo para algunos (todo un reto para otros, como yo) es una escapada del confort. De la falsa comodidad y la mentira fácil que nos dice que así ya estamos bien. Que para qué más.

Y es curioso como a veces creemos tomar decisiones a lo loco, sin haberlas meditado lo suficiente. Como si fueran irracionales y hasta drásticas. De un día para otro, de la noche a la mañana. Aquí te pillo, aquí te mato. Como si jugáramos al corre que te pillo para no dejarnos atrapar por lo que sea que nos persigue. Buscando una salida fácil. A lo que pensamos, a lo que nos dicen, a lo que nos imaginamos.

Y sí, hay quienes huyen por la puerta de atrás o por la primera que encuentran a su paso. Sin importar a dónde irán a parar, si les gustará lo que habrá al otro lado o si llevan el calzado adecuado. Para andar, desandar, correr o taconear. Sin importar si siguieron lo que les dictaba su instinto o si siguieron el camino que alguien les dijo era el bueno. Como si lo hubiera.

Si bien también los hay valientes. Osados que se atreven a elegir.

Puede que con mucho miedo al principio o con temblores hasta en los dedos de los pies. Puede que les falle la voz o les traicione algún gesto. Puede que una sonrisa nerviosa los delate o que se lea un leve atisbo de duda en sus ojos. Puede que su cuerpo entero clame a gritos huir o que una capa de frialdad impida saber qué hay detrás. A veces, todo fachada.

Sin embargo, se crecen. Se enfrentan a esos miedos, los mismos que dicen que nos definen, que nos paralizan y que nos atan. Miran a los ojos y de frente, mantienen la mirada. La tensión, la calma. Disimulan, superan y acallan las voces que les susurran imposible. Escalan riesgos, asumen sus frutos, eso que pocos quieren contraer. No dejan que los miedos los definan. Arreglan lo que haya que solucionar.

Arreglan mundos interiores.

Mundos que quizá necesiten una, dos, diez o las oportunidades que sean. Que lo importante aquí no son las cifras en absoluto, sino la intención que cada uno pone. La fuerza de voluntad que mostramos, la valentía que sacamos a relucir. A veces no sabemos muy bien de dónde, salvo que de alguna parte en la que antes dormía.

Porque lo importante no es el resultado en sí, ni la equivocación. Es un riesgo que se corre, da igual de quién se trate. Y que lo realmente substancial es elegir, por nosotros mismos, por nuestro instinto, por nuestro juicio. Siguiendo lo que sentimos, lo que nos dicta el corazón. Sabiendo que siempre podremos aprender de si fallamos, y que la pérdida puede ser relativa.

¿Y si ganamos? Ay si ganamos,… Entonces la gloria será infinita. Como infinita serán nuestra felicidad, nuestra dignidad, nuestro orgullo.  Que sumarán puntos por momentos y nos harán olvidar temblores, nervios y miedos. Los que tuvimos al principio y los que nos esperan en la siguiente esquina.

Porque al igual que detrás del uno viene el dos, después de cada decisión hay muchas más a la espera. Esperando el rumbo que alguien les quiera dar. Esperando que alguien suelte amarre, despliegue velas y gire el timón.

Sin miedos.

 

Patri.

Energías

“La mejor suerte de todas es la suerte de hacer algo por ti mismo”.

(Douglas MacArthur)

Dicen que somos energía.

Expansiva o implosiva.

Átomos que se mantienen unidos.

Dicen también que recibimos energía como si de esponjas hablásemos. Que la absorbemos sin distinción de si es positiva o no. De si nos dará más fuerza de la que ya tenemos y nos hará crecer en todos los sentidos. O si, por el contrario, nos robará sin miramiento la que ya tenemos. Por algún fino agujero del que no somos conscientes de tener.

Dicen que, a su vez, generamos energía. Y que la transmitimos hacia el exterior. Incluso, la regalamos. Que podemos conectar con otras energías a través de abrazos, del contacto, de los pensamientos. Que creamos nuestro propio campo magnético y atraemos como imanes hacia él todo lo que nos propongamos o no.

Dicen también que estamos conectados.

Reconozco que nunca he sido muy de “energías”. Soy muy poco creyente para estas cosas y para muchas otras. Soy de ver para creer. Aunque siendo sincera, confesaré haber seguido algún que otro ritual de Nochevieja por si acaso. Y más de uno, también. Pero sólo por si acaso, que conste. Quizá sea por eso que no me ha funcionado ninguno.

De hecho, tampoco he creído nunca en los amuletos, talismanes, fetiches o cualquier cosa parecida. Que por haber, los hay para todos los gustos, colores, gracias y desgracias. Vale, alguno he llevado. Pero porque fue algún regalo y me gustó.

Quizá de ahí venga mi mala suerte en general.

Lo que sí confesaré sin peros que valgan, es que he empezado a creer en algo. O más bien en alguien: en las personas. En la fuerza que transmiten en los que dicen, y sobre todo, en lo que hacen. Tanto para bien como para mal. Es más, creo, sin lugar a dudas, que en eso consiste la verdadera energía.

Es la Magia que mueve el Mundo.

No en el azar, las casualidades ni en los caprichos del destino, sino en lo que vemos y sentimos. Porque a veces no es fácil ver. O no queremos. O estamos despistados mirando hacia otro lado. O nos mentimos diciéndonos a nosotros mismos que nos da igual.

Creo que las personas somos capaces de muchas más cosas de las que nos pensamos. Y que ahí radica muchas veces el problema: en lo poco que creemos, en general. Y en nosotros mismos, en particular.

Me gusta pensar que hay gente que más que un talismán, es una fuente de energía constante. Y muy potente. Que a su lado, nos contagiamos únicamente de cosas buenas. De su felicidad, su empoderamiento, sus ganas de vivir. Sus ilusiones, su pasión inagotable. De su signo positivo elevado a infinito.

Gente que habla tras escuchar de verdad, y no sólo por responder. Gente que piensa y elige la mejor manera de expresarse. O a la que le sale natural. La que dice verdades sin puñales innecesarios. La que no esconde. La que acompaña cuando es necesario y la que te deja espacio cuando es lo que necesitas. La que sabe estar y la que sabe cuándo apartarse.

Creo en las personas que aún son personas y no máquinas que actúan sin raciocinio. Personas que aunque de vez en cuando lleven el piloto automático encendido, saben cómo y cuándo apagarlo para ser ellas mismas. Y no hace falta recordárselo día a día.

Personas que saben reconocer sus máscaras, esas que utilizan para protegerse o esconderse según sea el caso. Y que las usan poco y en contextos mínimos. Porque tienen un propósito claro. Y que incluso van más allá, y se las quitan si es necesario.

Creo en la fuerza de la palabra. La que es capaz de cambiar tu día, tu semblante y hasta tu forma de andar. La que refleja valores y evita prejuicios. La que es un bálsamo para tus heridas y reconforta como ningún otro remedio. La que transmite emoción por los cuatro costados.

Emoción, energía en movimiento.

 

“La energía, ni se crea ni se destruye, se transforma”.

 

Aún creo en la energía que transforma. La que surge de dentro de cada uno y lleva su esencia.  La que nos define, nos controla en más de una ocasión y nos da lo que nos falta en otras. La que unas veces paraliza y otras acelera en cuestión de segundos. La que mueve y moviliza. La que conmueve, emociona y nos toca la fibra.

Creo en la energía. Nuestra energía. La de las personas.

La energía que mueve y conmueve el mundo.

 

Patri.

Peter Pan

“—Pan, ¿quién y qué eres?— exclamó roncamente.
—Soy la juventud, soy la alegría —respondió Peter por decir algo—, soy un pajarillo recién salido del huevo”.

De niña me encantaba hacer el pino, el puente y cualquiera de sus variantes. Recuerdo coger los patines o la bicicleta y recorrer sin miedo las cuestas del pueblo. Buscar incluso las más difíciles y bajarlas a toda velocidad. Me caía veinte veces al día como mínimo, iba siempre llena de tiritas y mercromina, y aún así, no tenía miedo de volver a intentarlo.

Defendía el “por mí primero y por todos mi compañeros” sin hacer distinciones. Recibía invitaciones reales de cumpleaños y me sentía privilegiada por ir. Resolvíamos cualquier conflicto con el “piedra, papel o tijera” y repetíamos si no estábamos conformes. Acabar la colección de cromos del momento era una de nuestras mayores preocupaciones…

No recuerdo en qué momento dejé de jugar y cogí miedo a caerme. Cambié el “levantarme las veces que haga falta” por caerme lo menos posible. Y desaparecieron las tiritas y la mercromina de mis piernas, las colecciones de cromos y las bolsas de chuches como regalos. Y aparecieron los miedos y el ir con cuidado entre mis pensamientos.

Entonces creces y te das cuenta de por qué Peter Pan no quería crecer.

Dicen que todo adulto lleva un niño en su interior. Lleva a su propio niño, aquel que una vez fue y que hoy permanece escondido. Que vive a la sombra, en un mundo de adultos, contemplando sin entender y callado por no saber. Que se siente adormecido y hasta aburrido por no participar. Abandonado por no sentirse escuchado.

Dicen también que hay quienes logran sacarlo y lo escuchan siempre que pueden. Afortunados ellos. Por sacar sonrisas olvidadas y quitar hierro que pesa. Por ser ellos mismos en todas sus facetas. Por su capacidad de soñar, crear, imaginar y no temer. Igualito que los “mayores”.


Porque son pura alegría sin que haya una pena real de fondo. Son espontaneidad sin reservas y creatividad sin límites conocidos o sospechados. Son diversión contagiosa, inocencia no fingida y curiosidad sana por todo lo que le rodea. Son sensibilidad al decidir y naturalidad al actuar. Son lo que muestran ser.

Nunca digas adiós, porque decir adiós significa irse lejos, e irse lejos significa olvidar.

Mi amigo David es uno de ellos. Es como Peter Pan, el niño que se niega a crecer del modo en que lo hacen los adultos. El niño que se revela contra el aburrimiento, el conformismo ante los problemas y el miedo al fracaso. El que vuela cuando quiere coger perspectiva. El que busca la ilusión ante cada comienzo.

Es el niño que sabe jugar a todo sin que sea el que siempre gana. Sabe que lo importante es participar. Busca el equilibrio, esquiva pelotazos y devuelve jugadas. Evita hacerse daño a sí mismo y trata de no hacerlo a los demás. Y si se cansa o no le gusta el juego, lo para. Parar a veces es necesario.

El niño que no se olvida de lo que es importante para él, pero a la vez le hace muecas a la vida. El que cumple sus obligaciones y disfruta como nadie en sus ratos libres. El que no descuida su yo y sabe lo que necesita. Y lo pide.

“—Y como cada día a esta hora, lo mejor está por llegar—“. Le dijo Peter Pan a Campanilla.

“Lo mejor está por llegar”, le diría a mi niña interior.

Esa niña que sé que está ahí, esperando a que la mire a los ojos y la invite a jugar conmigo. A aconsejarme. A quererme. A cuidarme. Esa que en todos estos años en que yo me he olvidado de ella, ella no se ha olvidado de mí.


Esa niña que me ha esperado en silencio y tranquila, sabedora de cuál era su lugar y de que su momento llegaría. Esa que en todos estos años me ha acompañado sin robarme protagonismo, sin hacerse notar. Sin hacerse de rogar.

A esa niña interior le diría que me ayudara a recuperar aquella curiosidad que me hacía preguntar sin miedo a lo que otros pudieran pensar. A que dejara la lógica a un lado y escuchara más. A mí misma.

Le invitaría a quedarse, a participar, a hacerse escuchar. Le pediría que me recordara sus sueños, aquellos por los que quería crecer. Aquellos que movían su mundo. Aquellos por los que quería arriesgar. Sus sueños… los míos… ¿En qué punto están?

La escucharía al hablar y le alentaría a actuar, a ser ella misma, a hacerse notar. La abrazaría al llorar y le permitiría equivocarse y volver a empezar. Le dejaría poner la nota de color en el mundo gris de los adultos.

Le prometería no fallarle y buscaría el modo de cumplirlo. Para que se sintiera orgullosa. Para que se sintiera feliz.

Para que creciera tranquila.

Y tu niño…
¿Estaría orgulloso de quien eres hoy?

Patri.

Saber perder

“Las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde”. (William George Ward)

 

Las personas perdemos cosas a diario. Todos.

Perdemos metros que llegan un minuto antes y nos pillan bajando las escaleras a toda prisa y a trompicones. Perdemos notas que nos dejamos para acordarnos de lo que queríamos comprar. Y nos olvidamos de la lista y de la compra. Y nos toca improvisar sobre la marcha.

Perdemos borradores entre las hojas de las libretas que dejamos a medias. Las abandonamos en estanterías polvorientas, entre libros, cuentos y otras historias por comenzar. Otras por continuar. Muchas, por concluir.

Perdemos la cabeza por quien la pierde por otra persona. Por quien no está a nuestro lado, y nos empeñamos en lo contrario. Por quien sabe decir lo que queremos oír para engatusarnos, salirse con la suya, sea lo que sea, y salirse de rositas.

Perdemos la vergüenza tarde, mal y a corre prisa. Cuando ya no hay nada que ganar. Perdemos palabras que queremos decir y que luego ya no importan. Perdemos abrazos que queremos dar y que la otra persona agradecerá. Perdemos por el miedo a perder.

Dicen que el respeto se gana. Pero también se pierde.

Perdemos oportunidades que no las vemos por estar mirando a otro lado. Por no querer ni verlas, por un miedo irracional que no reconocemos. Por evitar fracasos, escarmientos y sarpullidos necesariamente necesarios. Por hacer como que no va con nosotros cuando morimos de ganas de que sean nuestras.

Perdemos pistas que nos llevan hacia tesoros no tan ocultos. Por mentir asegurando que la aventura no es para nosotros, que estamos hechos de otra pasta. Y si hace falta, por el camino perdemos el mapa, la brújula y los prismáticos. Para asegurarnos una salida digna antes de tiempo. Por no creer que podamos llegar a buen puerto.

Perdemos la ocasión de abrirnos puertas por no atrevernos a llamar al timbre. No ya a gritos, pero a veces ni con los nudillos. Por no ser, no somos capaces ni de asomarnos a la ventana a mirar qué hay dentro. Por mucho que la curiosidad nos pique por todo el cuerpo. Nos rascamos disimuladamente y a seguir  con la siguiente excusa.

Perdemos batallas que estaban ganadas a un paso de la meta. Nos confiamos a última hora. Bajamos el ritmo, la guardia y las ganas. Nos creemos que ya está hecho cuando aún queda algo. Creemos en la ayuda ajena y en conformarnos con el poco esfuerzo con hagamos. Mínimos a veces.

Perdemos perdones que regalar y que recibir. Por orgullos taimados y desconfianza ante todo. Y todos. Como si fueran insuperables y no accesibles. Como si perdiéramos más dándolo que negándolo. Que hay casos, claro. Pero los filtros son necesarios.

Dicen que recibes lo que das.

Perdemos trayectos de película por películas que rodamos en nuestras cabezas. Por por si acasos sin sentido y sinsentidos continuados. Por futuros que no llegan y excusas que a ningún guionista se le ocurriría. Ni en el mejor guion que pudiera escribir.

Perdemos tiempo valiosísimo por ladrones a los que dejamos las puertas abiertas de nuestra casa. Con las llaves puestas para encerrarnos si así lo quieren. Para entrar y salir a sus anchas. Para ser como Pepe por su casa.

Perdemos personas increíbles por increíbles tonterías. Por decir que no, cuando queremos decir que sí. Por no saber decir no. Por no saber qué decir o por creer saber lo que decimos, cuando no tenemos ni idea.

Perdemos el verano, quejándonos de que septiembre se acerca. La temida vuelta. Perdemos el otoño deseando que lleguen Navidades, y la primavera la cambiaríamos por las vacaciones de verano. Y el lunes lo convertiríamos en el eterno viernes. Y el domingo por la tarde lo borraríamos del calendario. Bucles infinitos.

Perdemos el norte, el oeste y el este. El sur ni lo vemos. La orientación la dejamos a un lado cuando se trata de saber a dónde vamos. Y para qué. Mejor preguntamos. O mejor ni eso, esperamos que alguien nos indique cuál es el desvío más corto y rápido.

Perdemos imperdibles por pura cabezonería y con mucho ingenio. Por falta de tacto, de gusto y hasta de olfato. Por falta de sentido y con sentido de falta. Como si fuera un reto personal digno de mención.

Perdemos felicidad en pro de la compasión. La propia y la ajena. En pro de la queja por todo y de todo lo que sea. Por no querer lo que tenemos y querer lo que no está en nuestras manos. En pro de los demás, olvidándonos de nosotros.

Perdemos de vista la cima y los pasos que nos llevan a ella. Los amaneceres desde ella y las puestas de sol cerca de las estrellas. Las hogueras que no sólo alumbran, sino que acercan. Al contacto, al calor humano.

Perdemos la capacidad de compartir por miedo a perder. Perder perdiendo. Perder por miedo a perder. Por miedo a que nos roben, a que nos engañen. Por miedo a que nos secuestren de la forma que sea.

Perdemos bonitos finales por no atrevernos a vivirlos. Por si no son como esperamos y nos dejan mal sabor de boca. Por si hay daños colaterales o heridas que no cierran. Por si nos quedamos con la sensación de querer más.

Por si no sabemos ganar.

Por si ganamos de verdad.

Patri.

A quien se fue pronto

A ti, que te fuiste de puntillas, un domingo cualquiera y sin levantar sospechas. Dejando atrás el papel de protagonista que tan bien sabías representar. Como si quisieras no molestar, no hacer ruido, no respirar. Como si supieras que tu momento ya se había terminado, que había que pasar la página y leer el final.

A ti, que eras la alegría en persona y no había nube en todo el firmamento que osara teñir de gris tus días. Ni aunque lo intentara con toda su alma. Porque para ti no había día malo, sino cosas que no salían como querías. O cosas que había que intentar más veces. Sin desánimo, sin desazón, sin desespero.

A ti, que supiste vivir a tu manera. Sin pretender ser quien no eras. Sin prometer lo que no tenías. Sin aparentar lo que la gente espera. Sin ataduras de ningún tipo, sin peros ni reproches que se pudieran volver en tu contra. Sin arrepentimientos inútiles ni expectativas mal cumplidas. Viviste al día, a tu ritmo y a tu arbitrio. Lograste que en tu día a día no faltara aquello que te daba luz.

A ti, que siempre fuiste sin rodeos a por lo que querías, sin miedos que hicieran temblar tu pulso. Sin titubeos que aminoraran tu paso o te hicieran cambiar de rumbo, si no era por tu voluntad. Andabas con paso firme, de frente y tarareando, como si fuera lo más sencillo del mundo. Cantabas con desvergüenza y descaro, sin preocuparte de lo que la gente pudiera pensar.

A ti, que no sabías lo que era hacer daño a conciencia o manipular por propio interés. Que eras bondad en estado puro. Que sabías dar sin esperar las vueltas, ayudar con paciencia y crear ilusiones a tu alrededor.

A ti, que supiste ponerte el mundo por montera y hacer de tu vida un carnaval de colores.  Para ti, cada día te ofrecía una aventura que no dejabas escapar. Decisiones que tomabas sin pensar en lo que otros harían en tu lugar. Sin dejar que nada ni nadie que te importara se te traspapelara ni cayera en el olvido.

A ti, que te fuiste sin remordimientos ni cargos de conciencia. Con la ilusión de un niño al que le quedan muchas cosas que hacer y la experiencia de un adulto que ha vivido mucho. Con la gracia que siempre tuviste y la personalidad que nadie pudo arrebatarte. Con tu gran corazón de oro, del que pocos pueden presumir.

A ti, que te fuiste antes de tiempo.

Gracias por todo.

Patri.