De casualidad

“Todas las cosas aparecen y desaparecen por la concurrencia de causas y condiciones. Nada existe completamente solo; todo está en relación con todo lo demás”.

(Buda Gautama)

Alguien me dijo una vez que las casualidades no existen.

Que nada ni nadie llega a tu vida por cuestión del tan socorrido azar, o por haber sido bendecido por la tan deseada suerte. O por cualquier otra excusa que se quieran inventar. Ni por tener un destino escrito o saber jugar bien sus cartas. Ni por haber tentado y haber ganado la partida, sea la que sea. Ni siquiera por haber sido tocado por alguna varita mágica o creer en su existencia.

Aparecen.

Algunos dirán que de la nada. Y como si nada. Como si fuera incluso posible. Como esa visita inesperada que te encuentra desprevenido y fuera de juego. Llegan de sorpresa, como si hubieran aguardado el momento perfecto detrás de alguna esquina. Mirando de reojo, decidiendo cuándo sí y cuándo mejor no. Como si hubieran andado de puntillas hasta haber llegado a tu lado. Para elegir. Para saludar. Para entrar sin avisar. Y sin resistencias.

Resistencias por nuestra parte, claro. Las que sacamos queriendo y sin querer. Las que más. Las mismas que tan a menudo nos impiden ver lo que tenemos delante. O justo al lado, tocándonos apenas lo necesario para hacerse sentir. Las que nos colocan un fino velo en los ojos para filtrar lo que vemos y lo que no. Decidiendo en muchos casos en nombre propio. Dejándoles decidir nosotros y hacerse cargo, en otros.

Un falso fluir.

Dicen que todo lo que se nos presenta en la vida, lo hace con un motivo. Absolutamente todo, y todas y cada una de las personas que conocemos, lo creamos o no. Vienen con un propósito auténtico y único. Real y sólido. Un por qué con respuesta, aunque no lo parezca, al menos de entrada. Un para qué más que preciso. Una intención bien definida que nos lleve a una finalidad muy clara. Una razón que no siempre es fácil entrever y a veces es hasta difícil de digerir.

Que no imposible, ojo.

Difícil de aceptar o entender, puede ser por la novedad que acarrea, por poner patas arriba el “orden” que teníamos, o creíamos tener. Por poner en marcha un motor que todo lo cambia. O sólo lo justo. Por lo menos al principio. Por las consecuencias que nos deja, por las reacciones que provoca, por lo inverosímil que parece. Resultado que en muchos casos descubrimos sólo cuando se marcha.

Porque marchar, se marchan. En algún momento.

Pero esa es otra historia.

Llegan con una enseñanza debajo del brazo. Como el pan que dicen traer los niños al nacer. Algunos lo llaman suerte, otros fortuna. Algo que quizá nadie más te podrá dar o enseñar. O al menos, no de la misma manera. Quizá en otro momento y sobre otro escenario. Pero ya no será lo mismo, será otra la enseñanza. Dicen que las personas son únicas y distintas unas de otras, por algo será.

Llegan para ayudarte, con algo o con alguien. Porque estás atascado, o por todo lo contrario. Por ser hora de mover ficha o de cambiar de zapatos. En tiempo presente o con aires de pasado, por aquello de avanzar, de olvidar, de dejar marchar. Otros quizá tendrán el punto de mira puesto en el futuro, a modo de aviso, de advertencia, de consejo. Cada cual… La cuestión es saber verlo, estar dispuesto a oírlo, a interpretarlo, a llevarlo a nuestro terreno. Y sobre todo, querer actuar.

Sin acción no hay resultados.

Llegan para hacerte cambiar. De golpe o poco a poco. A tu ritmo. Por ti mismo, por tu propia voluntad y deseo, nadie habla aquí de fuerza. Quizá sólo te hacen  cambiar el modo en que te peinas el flequillo. O puede que sólo te despeines un poco, sólo lo necesario para notar un “algo” distinto. O puede que des tal giro, que ni tú mismo te reconozcas al mirarte en el espejo.

Llegan para hacer un regalo, uno muy especial. Siempre. Uno de esos regalos que lleva tu nombre en letras grandes y se esconde bajo un enorme lazo rojo, que no puedes esperar a deshacer. Quizá camuflado debajo del brazo, hasta imperceptible en un principio. O puede que seas de esas personas a las que les cuesta trabajo aceptarlo, por el qué dirán, por no creer merecerlo, por no atreverse a cogerlo. Pero ahí está, esperando. Esperándote.

Dicen que los regalos hablan por nosotros.

Llegan… porque es su momento. Porque tienen que llegar. Sí o sí. Porque quieren llegar. No tanto por ser lo que toca, sino por ser lo que necesitas. Aquí y ahora. Ni antes ni después. Porque llegó su soplo de gloria, su minuto de oro, su alegato ganador.

Y puede que llevaras tiempo esperando. Esperando a algo o alguien. Alguna señal. Alguna pista que despejara tus dudas o aclarara tus ideas. O puede que realmente no lo esperaras para nada. O ambos. Puede que te cansaras de esperar y decidieras no volver a hacerlo. El orden de los factores no altera el resultado.

Lo que ha de ser será. Y no por casualidad.

Pero llegar, llega.

Siempre, siempre, por causalidad.

 

Patri.

Creer en la magia

Si los niños ven magia en las cosas es porque la buscan.

(Christopher Moore)

Dicen que la magia es la ilusión de creer.

De creer en algo o en alguien. De creer que las posibilidades pueden ser infinitas si se está dispuesto a intentarlo. E intentarlo con todas tus fuerzas. Creer que una ilusión se puede cumplir con empeño, que un deseo se puede alcanzar con esfuerzo, que pocas cosas caen del cielo. O ninguna. Y que los límites, esos a los que tanto culpamos, están más en nuestra cabeza que allá fuera.

Creer que hay personas y personas. Irrepetibles, únicas y especiales. Que de todas se aprende. Si se quiere. Que cada una es como es, y ahí está la gracia. Que de cada una te llevas algo, seguro, ya sea una sonrisa, un gesto o un consejo. De esos que te impactan. De esos que te apropias hasta hacerlo tuyo. Tu propia filosofía. Tu modo de vida.

Personas que hacen magia de la nada y como si nada.

Como tú.

Que no todo es mirar y admirar a otros. Que eso, también, pero en su justa medida. Que lo que se nos olvida demasiado a menudo es mirarnos, hacia dentro y con cariño. Que a veces lo que nos sobra es autocrítica y nos falta ternura. Mucha, y de la verdadera. Halagos que nos den brillo a los ojos y nos hagan andar pisando fuerte. Piropos que nos saquen los colores y nos roben sonrisas pícaras, que no picaronas. O también, oiga.

Porque nada como creer en uno mismo. Y no fingirlo. Creer en ese mundo de oportunidades infinitas, a la espera de poder cumplirse. Un mundo de arte que pugna por brillar y destacar, por hallar su hueco y demostrar su valía. Un mundo al que le solemos impedir refulgir con luz propia. Benditos miedos. Cuando lo natural es fluir y dejarse llevar…

Como si fuera un viaje. Y disfrutarlo.

Dicen que cualquier viaje comienza siempre con un primer paso.

Una primera decisión. Un primer impulso que nos mueva hacia algún lugar, aunque apenas se advierta. Un leve movimiento, quizá sólo de cabeza. Un giro, quizá sólo de 30º. O puede que menos. Un ademán, un gesto o un simple pensamiento. Un pequeño paso, por imperceptible que parezca. Por iluso, inútil o incomprensible que otros lo vean. Que lo vean como quieran.

La cuestión es, ¿cómo lo ves tú?

Porque verlo, lo has de ver por ti mismo. Si no, apaga y vámonos. Y no sólo verlo, has de creer en ello, además de en ti. En ese paso. En que te lleva a o hacia algo. En que te dará respuestas a esas preguntas que hoy te haces. Dará luz a esas dudas que te invaden. Despejará esos “y si” que te rondan. Te brindará soluciones y finales. Los que querías, los que soñabas, los que buscabas sin ni siquiera saber. Te regalará incluso nuevos comienzos, nuevos destinos, nuevas perspectivas… si estás dispuesto a recibirlos.

Aunque también hay veces que se avanza a ciegas. A tientas. Tanteando. Y hasta pisando en falso. Para desandar parte del camino, para cambiar de sentido, para volver a empezar. Porque no siempre se acierta, porque no siempre se tiene claro a dónde se va. Porque a veces se anda por andar. Probando. Ensayo y error. Que de los errores también se aprende. Y mucho.

Y de los niños.

Los mismos que asumen riesgos sin pensar, repensar y requetepensar. A quienes les mueve la curiosidad y la osadía. Los que no temen decir lo que realmente piensan y hacer lo que de verdad quieren. Los que no ponen límites ni trabas de cualquier tipo a su imaginación y desbordan ilusión por los cuatro costados. Los que no se cansan de intentar, de buscar y de seguir. A los que cuesta aceptar un no por respuesta y no entienden de malas intenciones.

Los que sueñan no sólo de noche, sino hasta despiertos. Quienes creen que los finales de los cuentos son siempre bonitos. En el “fueron felices y comieron perdices”. En que las bestias se vuelven humanas y en los superhéroes con máscara que siempre llegan en el momento oportuno. Quienes tararean aunque no se sepan la canción. Quienes creen en la palabra, en las personas.

Quienes creen en la magia.

Esa que dicen que cura cualquier mal y saca sonrisas por doquier. Esa que aparece de la nada, como la cosa más normal. Inesperada como todo lo bueno. Esa que amanece sin pedir permiso y se deja ver y sentir. A quien está. A quien cree. A quien sabe ver más allá. A quien se atreve. A quien deja atrás los miedos, a quien apuesta a ganar. Aunque las probabilidades sean escasas.

La misma que llega en forma de regalo, y hasta en forma de persona. Para sorprender, para devolver la esperanza, para alimentar la confianza. Para llevarnos a ese viaje, para dar ese paso que tanto nos cuesta. Y muchos más. Para mudar la piel y volver a creer.

En que las cosas no se hacen solas. Pero si se quiere, es posible que se pueda.

En que lo difícil, no se intenta, se hace.

En que los imposibles sólo tardan un poco más.

En creer en tu propia magia.

 

Patri.

Feliz noche de Reyes.

 

Gracias

Dicen que es importante dar las gracias. Ser agradecido, de corazón y de sentimiento, de verdad de la buena. Saber ver el lado bonito de las cosas, el color, la luz, la bondad de cada momento. De cada situación, de cada persona. Incluido uno mismo. Que sólo así se atrae lo bueno. Que es un don. Que sólo así logramos equilibrio y marcamos la diferencia. El cambio. Para bien, siempre para bien.

Allá vamos.

Gracias 2016.

Gracias por haber llegado. Me enamora haberte conocido, haberte vivido, haberte sentido en cada poro de mi piel. Desde el minuto cero, hasta el minuto final. Porque hoy cuando te vayas y cierre los ojos, veré pasar todos y cada uno de los increíbles momentos  que hemos compartido. Que me has brindado, que me has regalado. Permíteme que me los quede todos. Para mí. Para siempre.

Gracias por hacerme reír y por hacerme llorar. Porque aunque no lo parezca, se necesita tristeza para afrontar la vida. Porque es de valientes saber verlo, saber levantarse de cada tropiezo, querer levantarse siempre y volver a andar. Superar los miedos que no nos dejan avanzar, que no nos dejan ser nosotros mismos, que nos impiden volar.

Gracias por haber convertido en realidad muchos de mis sueños, cuando ni yo misma creía en ellos. Por darme ilusión, por multiplicar mi alegría, por alimentar mi energía. Por demostrarme que cuando se quiere, se puede, pero que debes seguir creyendo. Siempre. Y en ti, no lo olvides.

Gracias por enseñarme a seguir las señales, a no perderme tan fácilmente. A ser capaz de entenderme, y con ello a los demás.  A saber perder sin perderme a mí misma, a saber soltar apegos que me atan y me sobran, a saber dejar atrás. Que para volver a empezar, hay que soltar. Que sólo dejando atrás lo viejo tiene cabida lo nuevo, puede llegar. Y quedarse. Hagámosle espacio.

Gracias por enseñarme que cualquier momento es especial, por enseñarme a crear momentos únicos. Porque cuando nada es igual, temes que el mundo tiemble bajo tus pies y pierdes hasta el control. Sientes que el tiempo vuela, se te escapa de las manos sin remedio. Y sólo entonces descubres el valor de lo inesperado, lo que llega para quedarse, sin avisarte. Y te sorprende para bien.

Gracias por hacerme aprender que lo que te pierdes nunca vuelve. Porque así aprendes a valorar, a vivir, a saborear. Lo que tienes y lo que no. Cada momento, cada persona, cada despedida. A no temerle y a saber cuidar a los que de pronto se van, antes de que se vayan.

Gracias por los que ya no, pero algún día sí estuvieron.

Gracias por todo lo bueno que has traído a mi vida. Lo increíble, lo asombroso, lo que no cambiaría por nada del mundo. Y por lo malo también. De todo se aprende. Gracias por todas esas cosas que han vuelto, muchas en versión mejorada. Muchas como segunda oportunidad, por dejarme la posibilidad de mejorarlas. Muchas,  inmejorables ya de por sí.

Gracias por enseñarme cuál es mi sitio, dónde quiero estar.  A decidir dónde echar raíces, dónde realmente quiero estar. Porque las palabras sobran cuando los que siguen ahí, están. A tu lado. Incondicionales. Sin pedir nada a cambio y esperando cualquier ocasión para demostrarte que te quieren. Porque te quieren, de verdad.

Gracias por enseñarme tanto de mí misma. A ver que yo soy única. A quererme en todas mis dimensiones, cuidarme, respetarme y aceptarme. Que si bien es fácil decirlo, no siempre es fácil hacerlo.

Gracias por la práctica.

Gracias por venir… y gracias por marchar.

Porque cuando te vayas, sé que me dejas en buena compañía. Embarcada de nuevo, en búsqueda de mis sueños, enfrascada en pura ilusión. Deseando comenzar otra etapa, dar otros pasos, seguir trazando caminos. Los míos propios. Junto a los míos. Los de siempre y alguno más. Porque este año son muchos los que se me han unido. Y de los mejores.

De los que vale la pena tener a tu lado. Cerca, muy cerca. Aun cuando no puedas verlo siempre que quieras. De los que vale la pena cuidar. De los que son difíciles de encontrar y fáciles de querer. De los que están y quieres que estén. Con los que quieres compartir, crear y lo que venga.

Porque venga lo que venga, con ellos es siempre mejor y más fácil.

Porque lo que viene, seguro que es bueno, increíble y único.

 Como tú.

Gracias 2017 por llegar.

Patri.

Que sigas creyendo

Que sigas creyendo en ti.

En que eres lo que eres gracias a ti. En tu grandeza, en tu bondad, en tu increíble forma de ser. En tu alegría contagiosa y tu bonita predisposición a ayudar. Siempre, sin importar fechas ni calendarios. En que si quieres, puedes, y que puedes ser aún mejor de lo que ya eres. Que lo eres.

En que mereces seguir celebrando, seguir cumpliendo, seguir creciendo como persona. En que mereces cada uno de los buenos momentos que vivas, cada uno de los abrazos, todos y cada uno de los besos. Por ser tú, a pesar de los malos ratos, las dudas y cualquier miedo.

En que tú vales por ti y por un todo. Que eres único y valioso. Que nadie nunca podrá hacer más por ti que tú mismo, pero que por los demás podrás hacer tanto o más. Que aunque la suerte es caprichosa, tú sabes creártela. Y ganártela.

En tu fortaleza y tu habilidad de superarte. En resurgir cual ave fénix. En tu seguridad y en tu confianza en que todo saldrá bien. En saber que haces lo mejor y que la intención siempre cuenta. En que ser uno mismo es la única opción.

Que sigas creyendo en la magia.

Porque creer es un regalo. Para ti y para los demás. Un regalo de corazón, envuelto en ilusión. Una fuente inagotable de luz, de esperanza, de fantasía. De la creíble y posible. De la que mueve montañas. De la que logra milagros. ¿Por qué no creer en ellos?

Milagros de los de verdad. Los que sorprenden, los que emocionan y conmueven, los que nos hacen saltar. Vibrar, brillar. Los que nos devuelven la fe en las pequeñas cosas y en saber esperar. En que no hay finales escritos, en quererlos escribir de nuestro puño y letra.

Dicen que sólo los más valientes conquistan sus sueños.

 Por eso sueña. Sueña muy alto, y sin miedo. Atrévete. Que el tiempo es breve y la dicha es corta, dicen. Contágiate de los buenos deseos, de las mejores intenciones, del cariño sincero. Contágiate para lo que queda de año y para el que vendrá. No te guardes nada para fechas concretas, cualquier día es especial. Regala sin esperar. Sin esperar nada de vuelta, sin esperar una fecha, sin esperar por esperar.

Y busca buenos compañeros de viaje. De esos con los que no te cansas de viajar, de patear, de volar. Con los que no te canses de vivir, con los que no te canses de ser tú mismo. De esos con los que las distancias se acortan y el tiempo se mide en abrazos. De esos con los que creer es fácil y los miedos se vuelven pequeños.

Y sigue creyendo en ti.

Porque creer es querer.

Porque querer es poder.

 

Felices fiestas a todos, con mucho cariño:

Patri.

 

Que eches raíces

Dicen que somos de donde nacemos.

Raíz: Parte oculta de una cosa y de la cual procede la parte visible o manifiesta.

Allá donde empezamos a escribir nuestra historia. Desde el principio y sin saltarnos ningún capítulo. Con más o menos faltas de ortografía y muchos punto y seguido. Es posibles que con distintos colores y subrayando lo bueno que nos pasaba. Que era casi todo, o por lo menos mucho. Saliéndonos de la línea más de una vez y tachando a fondo como si nos fuera la vida en ello. Borrando a toda prisa lo que no nos convencía y repitiendo una y otra vez lo que sí.

Sin dominar aquello de decir adiós, sin traumas o apegos, o incluso con ellos. Sin entender muy bien por qué esperar, cuando se puede hacer ya. En el momento presente y por uno mismo. Sin discernir el motivo de no decir lo que se piensa en cada ocasión, a cada persona, y actuar fuera de guion. Sin imaginarse nada de lo que un día vendrá, pero sin dejar que ello nos lleve al desespero, al sinvivir y a vivir continuos sinsabores.

Dicen que pertenecemos a nuestra familia. La misma que nos da la mano cuando damos los primeros pasos. Titubeantes pero decididos. La que nos ve caer y nos ayuda a levantarnos, nos anima a empezar de nuevo, nos abraza cuando sabe que es lo que queremos. La que celebra cada uno de nuestros aciertos. Y nos alienta a superar los fallos. O al menos, nos hace verlos más pequeños, más ridículos, menos dolorosos. Y superables, siempre. La que nos suelta la mano cuando arrancamos a andar solos.

Quedándose a nuestro lado, por si acaso.

También dicen que pertenecemos al lugar donde crecemos. En el que aprendemos de nosotros y de los demás, a base de tropezones, de golpes y de deslices. Y que también de nuestro arte. En el que conocemos nuestros primeros amigos y hasta a algún que otro enemigo. Donde empezamos a creer, a crear, a ser. Donde empiezan nuestros orígenes, nuestros proyectos y hasta la mayoría de nuestros miedos.

Que nada nos define más y mejor.

Como la infancia. Esa etapa en la que todo puede ser del color que tú lo pintes y los héroes siguen siendo invencibles. Cuando estudiar es la única responsabilidad que conoces y no te roba el sueño. Cuando los problemas se solucionan echándolo a suertes o “tonto el último” no esconde ningún intencionado insulto.

Cuando no conoces ni sabes qué es aquello de tener límites y piensas que la vida es infinita. Cuando el mundo de los mayores parece lejano y aburrido y el tiempo se mide con y entre amigos. Cuando los monstruos viven debajo de la cama, pero nunca llegas a conocerlos. Cuando los viejos juegos te dejan de interesar y empiezas a probar alguno nuevo. A explorar, a cambiar, a pensar distinto. A buscar nuevas historias.

De esas que dicen que estamos compuestos.

Y de personas.

Como aquella abuela que siempre estaba ahí. La misma cuyas meriendas eran uno de tus mayores tesoros y que no te saltabas por nada del mundo. La misma que borraba el dolor de cualquier herida que tuvieras y te daba el consuelo que ninguna otra persona pudiera darte.

Como aquella mejor amiga sin la cual tu infancia hubiera sido otra. Con la que esconderte de todos era una aventura divertida e inocente, sin que tuvieras nada real que esconder. Con la que contarte hasta el último secreto sabiendo que podías confiar en ella. Como la hermana que quizá no tenías, pero deseabas. Como parte de esa familia que sí elegimos.

Como puede ser que en algún momento elegimos cambiar de lugar. Con total libertad, o sintiéndonos obligados a ellos. Cambiar de personas, de entorno y hasta de sueños. Ya sea por falta de trabajo, por motivos de estudio, por una pareja  o por seguir viviendo aventuras. Que el motivo es el de menos, es el de cada uno. Es personal y único.

Pero no el objetivo, que es común. ¿Ser feliz?

Y es buscando la felicidad cuando nos planteamos qué queremos. Buscamos sin encontrar y encontramos sin buscar. Sin tener las ideas claras o teniéndolas muy claras. A veces, demasiado. A veces sabiendo bien lo que no, lo que de ninguna de las maneras, lo que ni por todo el oro del mundo. Algo que no siempre cuenta y casi nunca sirve.

Porque por descarte también se elige, pero quizá no las primeras opciones. Ni las mejores. Quizá sí las más fáciles, las más accesibles, o las que otros no quieren. Pero lo mejor de todo es cambiar lo que no y disfrutar lo que sí. Dar los giros que queramos, hacerlo bonito. Hacer lo posible para que nos llegue, nos ilusione y nos apasione. Volcarnos en ello, en nosotros, y darlo todo. Y creer en ese futuro que queremos escribir.

Aunque no sea fácil.

Que los hay que lo escriben en su día a día con cierta facilidad. O quizá no tanta. Que saben ver más allá y tratan de no complicar. Que si bien hay quienes se conforman, los hay que saben simplificar hasta llegar a lo sencillo, descartar hasta llegar a lo esencial, y vivirlo.

Los hay que sueltan antes de tener. Algunos los llaman inconscientes, otros los llaman atrevidos. Los que actúan sin miedo a quedarse “sin”, sin permanecer viendo a otros pasar, sin pasar el tiempo por pasar. Los que escriben de su puño y letra lo que vendrá después y añaden postdatas, cuantas más mejor.

Al igual que raíces, cuantas más mejor.

Porque puede ser que estando cerca, te sientas lejos. Que teniendo mucho o poco, sientas que algo te falta. Que algo no cuadra, que algo falla. Que aunque parece que todo está bien como está, algo no está, o algo sobra. Quizá no para los demás, Pero sí para ti. Que ni mejor ni peor, pero que no. Que no esque no. Que no te reta, que no te completa, que no te hace sentir vivo.

Porque al final todo se reduce a eso. A vida, a vivir. Con arte o sin él, con prisas o a cámara lenta. Pero vivir, sentir, ser. A tu manera. Saber que nada se te escapa y que nada te dejas por el camino. Que haces lo que deseas, que vives como gustas. Que los que están, son los que son, y que nadie te falta.

Porque puede que no estés en donde empezaste. Puede que no te encuentres con las mismas personas y que hasta viajes sin compañía. Puede que sepas que ni tú eres el mismo ni lo serás. Puede que no sepas ni a dónde te diriges ni quién te espera allí. Pero tampoco te importa.

Pero tus raíces siguen. Eres tú.

Las llevas contigo siempre. Cada día, en cada lugar.

Y que, allá donde quieras, puedes echar (más) raíces.

 

Patri.

Los que siguen ahí

“No se trata de con cuantos amigos cuentas, sino con cuántos de ellos puedes contar”.

Anthony Liccione.

Hay quienes aparecen, cuando es su momento.

Ni antes ni después. Sin esperar que sea una fecha señalada en el calendario, que sea viernes o un bonito día de verano. Sin anunciar su llegada a bombo y platillo. Sin pretender un lugar específico ni que los astros estén alineados. Sin buscarlo ni mucho menos planearlo al detalle. Simplemente, llega. Y de la mejor manera.

En forma de regalo.

Hay quienes despiertan lo mejor en ti. Aquello que creías dormido, aquello que solo compartes con determinadas personas. En petit comité. Con quienes vale la pena, quienes lo valen. Con quienes te sientes en confianza. Te sientes tú mismo. Con quienes puedes contar siempre, sin importar el tiempo, la distancia ni terceras personas.

Personas únicas e irrepetibles. Especiales.

Amigo: persona con quien se mantiene una amistad.

De niños nos gustaba sumar y sumar amigos. Cuantos más mejor. Amigos con los que inventar fantasías que sólo nosotros entendíamos. Amigos con los que disfrutar travesura tras travesura, a cual más loca. Amigos con los que vivir aventuras emocionantes y con los cuales nos sentíamos invencibles.

Amigos y compañeros de andanzas, ya fuera en el parque o en las calles del pueblo. Con los que lo mismo compartíamos pupitre que divertidas tardes helado en mano. Carreras para ver quién llegaba primero. Y último. Y que no importara más que para picar al otro. Que lo de menos era el juego, lo más era divertirse. Y la compañía. Esa que estaba ahí mientras crecías.

Porque crecer, creces.

Amistad: relación afectiva entre dos personas, construida sobre la base de la reciprocidad y el trato asiduo.

Creces sin darte cuenta, mientras la gente cambia y tu entorno se ve distinto. Nuevos retos, nuevos pasos, nuevas ideas se suceden. Dejas atrás muchas cosas, muchos momentos, muchas personas. Hasta una pequeña parte de ti. Algo que percibes pasado el tiempo, de repente y sin saber muy bien cómo digerirlo.

Pero los hay que afortunadamente siguen contigo, a tu lado, tanto en las buenas como en las malas, como se suele decir. Tanto en las noches locas que acaban a altas horas de la madrugada, desayunando en un bar cualquiera con el rímel corrido y el pelo desgreñado. Con la voz afónica y los tacones en la mano. Con una enorme sonrisa tras la cual se lee un: ¿para cuándo la próxima?

Como también siguen contigo en los momentos de bajón. Cuando no te aguantas ni a ti mismo. Cuando no sabes, no quieres o crees que no puedes. Con lo que sea. A cualquier hora, sin importar ninguna otra cosa. En respuesta a una llamada, a una palabra, a una mirada. Te acompañan en las lágrimas y te regalan los abrazos que más reconfortan.

Amigos que se guardan los “te lo dije” para otra ocasión, quizá para nunca. Que te escuchan sin perder palabra mientras remueven el café eternamente, asintiendo en silencio, dejándote espacio. Los que se muerden la lengua por ti y aguardan la sinceridad para cuando la necesites. Los que ayudan a buscar soluciones y aligeran ese problema que te empeñas en cargar tú solo, por tu cuenta.

Amigos que suman y multiplican valor.

Y sigues creciendo. Maduras. Cambias de ambiente, de compañeros de diario y de nocturnidad. Cambias incuestionables y prometedoras fiestas por veladas más íntimas, más personales, más reales. Donde la música tan sólo acompaña de fondo. Cambias de obligaciones, de responsabilidades, de compromisos. Amplias y cambias de círculos, te vuelves más selectivo.

Cualquiera no sirve.

Pero a tu lado siguen los de siempre, los que te quieren. Y quizá alguno más que se ha sumado por el camino. Alguno nuevo y alguno que quizá ya conocías desde hacía más o menos tiempo, pero no lo suficiente. Alguno que te sorprende precisamente por eso, porque de repente lo ves con otros ojos. Lo abrazas de otra manera, lo esperas con otra ilusión, lo sientes más cercano. Y se hace un hueco en tu vida, en el que no todos encajan.

Los hay que siguen ahí incluso cuando tú no estás ni para ti mismo. Cuando no tienes tiempo, o no sabes cómo sacarlo. Cuando te quejas por todo y de todos, haciéndote difícil. Cuando el trabajo te absorbe, la pareja o lo que sea que no te deje ver más allá. Cuando creas excusa tras excusa o cuando te vuelves invisible.

Cuando construyes muros en lugar de puentes.

Los hay que siguen ahí, pese a la rutina del día a día. Pese a que las circunstancias no acompañen y los abrazos se distancien en el tiempo. Pese a malentendidos, desacuerdos u opiniones ajenas. Que no renuncian cuando las cosas se ponen difíciles ni miran para otro lado mientras abandonan. Que no tiran por la borda años de unión así porque así, que no se rinden fácilmente.

Los hay que siguen ahí, siempre, aunque no puedas verlos. Son los que te dan los buenos días y te desean la mejor de las noches. Con mensajes diarios o no. Con felicitaciones puntuales y a veces no tanto. Los que están a un par de paradas de autobús o a 1000 kilómetros de vuelo. Los que celebran cualquier buena noticia, los que esperan cualquier buena historia, los que se involucran en tus sueños.

Los hay que siguen ahí con la misma ilusión, con las mismas buenas intenciones y con los mismos mejores deseos. Sin cansarse del resultado, esperando sin desánimo. Como si fuera siempre la primera Navidad, como si fuera el único y último viaje, como si pudiera no haber otra más. Sabiendo bien lo que buscan, por quiénes esperan, a quiénes cuidan.

Porque saben valorar lo que es importante y lo que no. Porque saben cuál es su sitio y cuál no. Porque saben cuándo seguir y cuándo no.

Hay quienes saben seguir ahí.

A tu lado.

Patri.

 

Palabras

“Si las personas conocieran el peso de las palabras, le darían más valor a su silencio”.

Dicen por ahí que los silencios son capaces de comunicar tanto o más que las palabras.

Que aquellos que los temen son por miedo a sentirse solos, desprotegidos, expuestos al exterior. A mostrar su inseguridad, su falta de confianza, sus escasos conocimientos o ideas. Sienten miedo a escucharse, a sentirse, a encontrarse consigo mismos. A dialogar desde la sinceridad, sin máscaras, sin buscar agradar a nadie que esté allá fuera.

Sin buscar rellenar con urgencia esos incómodos momentos en que no sabes qué decir. En los que te sienes juzgado y que tu valor está en juego. En los que lo has de demostrar. Todo y nada. En los que cualquier excusa es válida para hablar, con tal de no callar. Con tal de no aparentar ser menos y con tal de aparentar ser más. Como si hablar por hablar fuera la mejor opción y callar significase debilidad.

Como si en silencio no fuera posible crear milagros y acertar respuestas. Encontrar el tesoro secreto que de otra manera no encontrábamos, empezar lo que no había manera de empezar. Seguir y terminar. Perder la noción del tiempo en la mejor compañía: uno mismo.

Silencio: Estado en el que no hay ningún ruido o no se oye ninguna voz.

Dicen también que a las palabras se las lleva el viento. Llevándose con ellas todo lo que esconden, todo lo que cuentan, todo lo que ocultan. Que si escuchamos y sentimos más allá de ellas, encontramos sentimientos únicos y personales, sensaciones que queman, pensamientos que revelan. Futuras acciones que están pendientes, pero no por mucho tiempo. Nervios templados a fuerza de paciencia, deseos contenidos a marchas forzadas.

Valores refugiados tras grandes muros.

Grandes muros que construimos con nuestra propia mente. Y con nuestras palabras.

Como también hay personas que se refugian detrás de un discurso aprendido y superficial que busca distinción. Destacar, figurar, sobresalir. Parecer lo que no se es, fingir por no llorar. Aparentar lo que se pretende, en lugar de intentarlo siquiera. Tratar de alejar lo que no interesa, actuar en respuesta al más puro y claro interés.

En contrapunto a esas otras personas que buscan el modo de derribar esos mismos muros y traspasar fronteras. Personas que abren los brazos para abarcar cuanto más mejor. Más experiencias, más descubrimientos, más logros. Sin arramblar ni pisotear. Sin herir ni avasallar. Sin excluir ni diferenciar. Dando más y lo mejor, sin esperar nada a cambio.

En la variedad, está el gusto.

 

 

Hay palabras que duelen. Como un cuchillo atravesando la piel, lentamente y sin detenerse a pesar de los gritos que se lo pidan. Palabras fuertes y únicas para la ocasión, que van directas al corazón, al afecto y al sentido, sentenciadoras como pocas. Que quieren y pueden doler, depende de quién y a quién. Que lastiman y remueven conciencias. Que buscan compasión, que no dejan indiferente nadie. O a casi nadie.

Hay palabras que emocionan, porque vienen de quien vienen y de la forma en que vienen. Como un regalo sincero, de los de verdad, y no de compromiso. Que si el origen es esencial, no lo es menos el destino. Palabras que nos hacen vibrar, nos empujan a soñar, nos animan a estimar. Que contagian su energía, elevándola a su máximo exponente.

También hay palabras cuyo significado es escaso, pero la imaginación las complementa con estilo. O palabras que en combinación con otras, cambian como de la noche al día. Abarcan más, discriminan menos. Cambian el acento que le ponen a las cosas y separación entre aquellos que las pronuncian. Y las hay que, siendo las mismas, significan poco para unos, mientras que para otros significan un mundo de por sí. Una promesa. Un futuro. Un nuevo comienzo. Un valor, un resultado, una conquista personal.

Dicen que a través de las palabras el dolor se hace más tangible.

Que se pone nombre a lo que se siente, a los que se resiente y a lo que nos reprime. Que se puede sacar de dentro lo que de cualquier otra manera no sale. Porque no queremos, porque no lo permitimos, porque no nos lo consentimos. Porque a veces reconocer duele, y fingir es la salida fácil.

Que a veces se daña con intención de defenderse, o sin intención real de atacar. Por querer acabar lo que otro comenzó o aquello de lo que no sabemos salir. Porque se nos ha quedado grande, porque no sabíamos dónde nos metíamos. Por no querer seguir lo que no debió empezar. Por intentar evitar lo que se adivina va a suceder.

Que en ocasiones se buscan chivos expiatorios o personas en quien descargar rabias que no les corresponden. Por facilidad, por comodidad, por intuir que no habrá réplica. Por envidia, por miedo o por provecho propio.

Dicen que una palabra, tiene el poder de cambiarlo todo.

Si lo permites. Si lo decides tú mismo, no importa lo que digan o piensen los demás. Decidir comenzar bien y seguir aún mejor. Bien en cada momento, bien en cada escondite, bien en cada velada. Bien por tu cuenta y riesgo, bien en la más estridente celebración, bien en la más inesperada de las reuniones.

Que una sola palabra te puede animar para tomar impulso y saltar cualquier muro. Te puede motivar a derrumbar los tuyos propios, a dejar de inventarlos. Te puede hacer sonreír sin parar, durante todo el día, ante cualquier expresión por contraria que sea. Y cambiar tu estado de ánimo. Y tu actitud.

A cuestionar menos y juzgar menos aún. A tolerar más aquello que antes te chirriaba, a que te chirríen cada vez menos cosas. A cantar en voz alta aunque no te sepas la letra, a inventar la tuya propia.

A buscar mejor las palabras, a filtrar las que no nos valgan. A elegir mejor, a dejar un bonito eco de fondo.

A escoger y usar más palabras bonitas.

 

Patri.