De ilusión también se vive

Una alegre conversación una noche cualquiera, un plato de cacahuetes a punto de acabarse y la luna brillando en lo alto.

Una conversación de última hora. De las buenas. De esas que no entraban en la agenda y se cuelan en el tiempo de descuento. Por unanimidad y por no dejar ni el momento ni las risas a medias o en un punto muerto del que luego sea difícil recuperarla. De esas que empiezan de la manera más tonta y no parecen tener fin.Ni quieres que lo tenga.

Una conversación en presente simple que habla de un futuro bastante cercano. De esbozos de planes pendientes de confeccionar. De compartir. Y de regalar. Confesiones de todos los colores entre risas, cervezas y miradas curiosas por saber más, por alargar la conversación, por dejarse sorprender.

Dicen que las personas, al igual que cualquier situación o cosa, encuentran por sí mismas el modo de aparecer en tu vida. De entrar en ella de una u otra manera, en el momento oportuno, ni antes ni después. Sin necesidad de esconderse detrás de una tremenda campaña de marketing, ni de horóscopos que pronostiquen tus días. Y que cada persona llega, sin ser llamada, buscada o planeada. Sin necesidad de utilizar un calzador, un comodín o una excusa barata.

Destino lo llaman algunos.

Que todo lo que sea forzar o precipitar algo está condenado al fracaso desde el principio. Que de nada sirve perseguir por perseguir, empecinarse o correr como locos sin cabeza. Ni perderla por la última novedad de turno que tanto nos atrae.

Novedades que también saben colarse y ganar terreno a su antojo. Las que llegan dispuestas a poner patas arriba tu mundo, aunque tú no lo sepas ni lo dejen entrever. Y que de hecho, lo ponen. Lo giran, le dan la vuelta, lo agitan y se sientan a ver qué sale de todo aquello.

Novedades que te rebelan cuán aburrida se ha vuelto tu vida en algún aspecto, y tú sin darte cuenta. Cuán monótonos o cómodos nos hemos vuelto, cuántas cosas nos estamos perdiendo y a cuántas estamos renunciando sin ni siquiera planteárnoslo. Que a todos nos pasa en algún momento. Que no es que nada valga, que tampoco es eso. Pero que quizá alguna cosa nos sobra. Y nos hacen falta otras.

Ilusiones.

Que digan lo que digan, a veces se necesita de ellas. Incluso de las más diminutas. Que incluso con ellas se consigue ese impulso, esa chispa, esa emoción que nos lleve a saltar de la silla, a retomar y prolongar conversaciones en tiempo de descanso, a volver a vivir. El empujón que nos falta o la energía que no encontramos en otro lado. Un pequeño brote, que florece con la luz, con el cariño, con el tiempo.

Que sí, que hay quienes dirán, con razón, que no nos llevan a mucho, que sólo nos roban tiempo y nos pintan cara de bobos. Ilusos ellos, porque siempre nos llevan a algo. Que puede que se queden en castillos en el aire, sin dueño ni llaves para entrar en él. Que se derrumbarán al primer soplo de aire que se levante.

Pero que nos quiten lo bailao.

Y sí, hay ilusiones que un buen día se apagan. Que tras mucho o poco tiempo, se quedan sin chispa. Sin nada más que darnos, salvo recuerdos. Que no dan más de sí, que ya no son lo que eran. Que te sueltan la mano y te dejan andando a solas. Sabiendo que llegarás donde quieras llegar. Que está en ti. Que solo era el principio de algo. De poco o mucho, pero de algo.

Y sí, hay ilusiones breves. Demasiado. Tanto que parecen un sueño, de esos de los que despiertas en el mejor momento. Pero que, pese a breves, valen mucho. Ilusiones que cuando se acaban, el tiempo parece volverse más lento o incluso pararse. Como si se abriera una puerta tras la cual sabes que las cosas serán distintas, que el paisaje será otro, que tu mundo habrá cambiado un poco. El que habías construido sobre esas ilusiones, sobre esos castillos en aire y esos planes de futuro. Que ni esperabas que se acabaran, que ni te lo planteabas, o al menos, no tan pronto. Que pensabas que todo seguiría así.

Pero que hay otras que te dan más que te roban. Ilusiones que te dan chispa, vida y otras nuevas ilusiones. Que te abren puertas a un nuevo mundo, a nuevas miradas, a ver con otros ojos. A sentir de otra manera, a conocerte mejor, a disfrutar más. A soltarte la melena, los pies, las ganas. De tener más, de dar más, de llegar a lo máximo. Dentro de tus posibilidades. Y de expandirlas todo lo que puedas.

Las mejores, las ilusiones que aparecen de la nada. Las que te sorprenden y les coges cariño poco a poco, entre noches tontas y risas de lo más escandalosas. De las que te hacen arreglarte, por dentro y por fuera. Mirar con ilusión, con optimismo, con deseo. De que salga bien, de que te lleve a  algo mejor, de que nunca se acabe. De que vaya a más.

Aunque a veces, vayan a menos.

Aunque a veces, se apaguen antes de tiempo.

Que lo que importa es vivirlas. Darles la oportunidad de ser, de llenarnos, de llevarnos. De no tenerles miedo ni pereza. De confiar en ellas y jugárnosla. Por ellas, por nosotros, por esos momentos. Los que se esfuman como por arte de magia si los perdemos de vista. Si los damos por sentado. Si dejamos de cuidarlos.

Que importa la chispa. Esa que nos ilumina, que nos acelera el pulso, que nos hace perder la cabeza. La que nos hace olvidar rutinas, aburrimiento, y “lo de siempre”. La que hace que cada día parezca incluso mejor que el anterior.

Que importa cumplirlas, o al menos intentarlo. Las ilusiones que no te gustan, te encantan, te hacen tremendamente feliz con sólo pensarlas. Imagina las que se cumplen.

Que importan las ilusiones que sacan sonrisas y borran lágrimas, que acentúan tu mejor humor y sacan tu mejor versión.

Que importa disfrutarlas.

Y que de ilusiones también se vive, si estás dispuesto a apostar por ellas.

Patricia.

Anuncios

Todo lo bueno

Unas zapatillas de lona color coral, una melodía swing sonando de fondo y un alegre aire a los años 20 flotando en el ambiente.

Dicen que todo lo bueno que te puede pasar en la vida, nace de un atrevido salto al vacío. De osar cerrar los ojos para no dejarte impresionar por el abismo que se adivina bajo tus pies. Y de coger impulso, y de arriesgarte a arriesgar. A saltar y ver qué pasa. A intentar llegar bien lejos. Tanto como puedas. Y a creer de hecho que llegarás.

Que todo lo bueno, al igual que lo nuevo, comienza con un poco de miedo. Que si no, no valdría la pena.

Y con dar ese primer paso.

Temido por creer que es más importante acertar a la primera que moverse. Por pensar que importa más el destino en sí que el simple hecho de salir de donde estés. Sea porque ya no quieres seguir allí o por querer explorar qué hay ahí fuera.

Y es que a veces olvidamos que sin pasos, no hay camino. Y que con tan sólo uno de ellos, por tímido y corto que sea, puede ser más que suficiente para empezar a andar. Y ser el primero de muchos otros que irán viniendo. Que te lleve dónde sea, pese a las vueltas que puedas dar. Pese a las idas y venidas. Pese a perder trenes, suspiros y algún que otro sueño.

Pero no por ello dejar de arriesgar. Ni de viajar.

Pese a no saber exactamente dónde acabarás. Aunque de normal, por no decir siempre, el destino suele ser lo de menos, y lo importante, todo lo demás. La actitud, la persona. Que no hace falta irse muy lejos, que en ocasiones basta con dar un par de pasos, por nuestra cuenta, a nuestro aire. Que a veces no hay que viajar fuera, sino hacia dentro. Dejando la vuelta abierta. Poniendo todos los sentidos en ello. Que la compañía siempre la tenemos.

Último destino: Shimmy Fest.

Dicen que la música es capaz de transportarte a otros lugares y que bailar te hace olvidar la vida y a su vez te llena de ella. Que es una decisión, de esas que o las tomas o te dejan. Que hay que cogerlas al vuelo, conforme se presentan. Y que, muchas, se cruzan camino por casualidad. De manera informal, improvisada, sin llamar la atención ni despertar sospechas. Una noche cualquiera, en un bar de paso cuyo nombre ni recuerdas. Ideas que te pillan hablando de todo y de nada. Pensando en cualquier otra cosa. Pero que por lo que sea, calan. Despiertan tu curiosidad. Te llaman la atención, te atraen y te atrapan. Y te dejas atrapar en ellas. Benditas ellas.

Decisiones que te llevan a estrenar unos bonitos zapatos, a vestir nuevos colores, a hacer algo que hasta hace poco ni te hubieras imaginado. Que quizá no es tanto para unos, pero sí para otros. Que quizá no es nada del otro mundo, dependiendo con qué lo compares. O con quién. Pero que para ti lo es. Y eso es más que suficiente. Que quizá es algo que querías hacer desde hace ya tiempo, pero que por unas excusas u otras, lo dejabas siempre para otro momento.

Hasta que el momento llega. Y dejas a un lado excusas, miedos y cualquier otro cuento. Y saltas al vacío hasta con los ojos abiertos. Y te lanzas a la pista de baile.

Y es entonces cuando llega lo bueno.

Porque lo bueno llega cuando se apagan las luces y comienza la música. Cuando aplaudes incluso antes de empezar. Cuando te olvidas de lo de antes, de todo lo que quede fuera y lo único que importa es ese momento y ese lugar. Y esas personas. Quienes te dan el doble de lo que tú das. Quienes comparten esa sonrisa que no te puedes quitar de la cara y que habla de felicidad. Quienes comparten ese segundo lenguaje, el baile, y las ganas de pasarlo bien. De dar lo mejor. De reírse de todo y por nada.

Y sientes que elegiste bien, que no pudiste elegir mejor.

Y te sientes como en casa.

Lo bueno es cuando te das cuenta de con qué poco puedes ser feliz. Cuando te alegra haberte dejado atrapar. Por la vida, por la oportunidad, por haberte arriesgado. Por haber apostado por aquella decisión, por aquella idea loca de una noche cualquiera. Y sobre todo, por ti. Porque no sabes bien lo que te espera, sólo que valdrá la pena vivirlo. Que te lo dice tu intuición. Que ya lo vale desde el minuto cero.

Lo bueno llega cuando te olvidas de teoría, de clases y de historias. Cuando te dejas llevar. Cuando te escuchas y sigues tu instinto, tu sentido, tus latidos. Cuando aprendes a darte la mano y a cerrar los ojos para centrarte en lo esencial. En la música, en ti, en seguir tus pasos. Para enseñarte y aprender contigo. Para disfrutar del momento y hacerlo eterno.

Lo bueno llega cuando apuestas. Por ti, por tus ideas locas, por tus pasos de baile. Por esos sueños que se han sumado a la lista hace relativamente poco. De manera improvisada y sobre la marcha. Dándote tanto a cambio de tan poco. Encontrando donde no pensabas encontrar mucho.

Lo bueno llega cuando saltas tus barreras. Esas que te habías puesto a tus anchas. Cuando aprendes que bailar o sentarse a observar, viajar o ver los trenes pasar, divertirse o abandonar, no son más que decisiones que tomas. O que dejas escapar. Que se pueden escribir nuevas historias a diario, en cualquier momento, en cualquier lugar. Redactar nuevas páginas que añadir a tu álbum de recuerdos. De esas que cada vez que miras, te siguen robando una sonrisa. De esas que te enseñan tanto con tan poco. De esas que te dan mucho más de lo esperado.

Lo bueno es cuando aprendes que puede que des pasos en falso, que pierdas el ritmo y que des más de un pisotón en la pista de baile. Pero que sólo así se aprende. Del prueba y error. De soltarse sin miedo a equivocarse, a no acertar, a no dar pie con bola. Y reírte de ti. Qué gran acierto. Saber que sólo arriesgando se gana, y no tenerle miedo.

Lo bueno llega cuando la música se acaba, pero sigue sonando en tu cabeza, en tu cuerpo, y la sonrisa todavía te acompaña. Cuando traes mucho más de lo que llevabas. Más ritmo, más pasión, más amor. Más vida. Y más de ti. Porque has descubierto des una pequeña parte que hasta ahora no conocías.

Lo bueno llega cuando miras más allá. Cuando aprendes que empezando por lo fácil, puedes llegar muy lejos. Que tan sólo es cuestión de probar. De apostar por ti, por tus saltos y por tus sueños. Y que te lleven donde sea que te hayan de llevar.

Paso a paso.

Y sin son de baile, mejor.


Gracias a Albacete Lindy Hop, a Isa y Carlos, por esta idea loca, por un increíble Shimmy Fest y por hacernos sentir en casa.

Gracias a los profes, a los compis de baile, a los músicos, por hacer de cada momento algo único.

Gracias a Manu Moreno por el festival de fotos.

Gracias por todo lo bueno.

 

Patricia.

Lo que te rodea

92 velas iluminadas, unos cantos desafinados y un móvil que inmortaliza el momento.

Cerrar los ojos por unos segundos, apenas lo justo, para no perderte nada, y desear en secreto tener la capacidad de parar el tiempo. De darle a ese stop imaginario que te dé una tregua, que te permita sentarte a mirar. A admirar cada detalle de ese instante. Y recrearte en él. Y tratar de hacerlo eterno. De guardarlo en algún cajón que puedas abrir al primer ataque que te invada de añoranza, de nostalgia, de morriña. Poder revivirlo las veces que quieras como si fuera ahora, sentir cada instante como si fuera nuevo.

Volver a sentirte parte de él.

Un instante de esos que se graban en tu retina, de los que empiezas a añorar antes incluso de que termine. Porque sabes que es inevitable que termine. Un domingo cualquiera, como podría haber sido cualquier otro día. Pero que tiene algo diferente. Algo que lo hace especial. Algo que no tienen otros muchos días.

En las fotos, los de siempre. En el vídeo, las mismas caras, tan familiares como queridas. Aunque ya nos las veas tan a menudo como antes. O como te gustaría. Los mismos rostros que te han visto reír, llorar, madurar. Y pegarte de leches hasta cansarte. Y hasta aprender, en algunos casos.

Los mismos que dan vida a esos recuerdos que descansan en algún lugar, dentro de ti. Y que despiertan un día entre cantos, recordándote aquella canción que creías olvidada. Aquel estribillo que tan bien te sabías. Recordándote que todavía te lo sabes, que sólo es cuestión de darle unos segundos para poder seguirle. Que es algo así como andar en bicicleta, que una vez aprendes, jamás llegar a olvidarlo por completo.

Y es entonces, entre cantos y estribillos, cuando alguno de esos recuerdos que permanecía dormido se escapa y abre una ventana. Para acercarse a tu lado, ponerse hombro con hombro, para darte la mano. E invitarte a mirar por la ventana, a revivir otros recuerdos, otras canciones, otras imágenes y algún que otro vídeo. Y te anima a mirarlo de frente, y te pregunta cómo estás. Y te hace pensar, en él, en ti, en los otros.

En aquellos momentos.

Los que también quedaron inmortalizados, aunque puede que sin cantos, velas ni móviles que se precien. Y que puede que se almacenaran como se guardan las cosas importantes, dentro de alguna caja bonita, con candado tal vez, y en algún sitio que sólo nosotros sepamos cuál es. Dejándolos ocultos de terceros. Protegiéndolos con celo.

Tanto, que terminan medio olvidados.

Mezclados con otros muchos recuerdos que intencionadamente tratamos de olvidar, de borrar, de hacer desaparecer. Momentos que preferiríamos olvidar. Momentos en que nos cansamos precisamente de eso, de “lo de siempre”. De las rutinas en las que nos vemos envueltos, de hacer siempre lo mismo, las mismas personas, los mismos días, las mismas melodías.

Y que en nuestro empeño de salir de ahí, no cesamos de buscar nuevas ventanas para abrirlas y permitir que nos llegue un poco de aire. Cambiar de paisajes, de vistas, de lo que está a nuestro alcance. Descubrir lo nuevo, lo diferente, lo que nos haga sentir de aquella manera. O de la otra. O algo que nos haga sentir, sea como sea, cuanto antes. Porque sentimos que nos ahogamos, que nos falta el aire, que nos cansan las vistas de siempre.

Y nos extraviamos a la mínima de cambio en ese anhelo de buscar. De buscar encontrarnos. De buscar ese algo. De creer haberlo encontrado. De fingir haberlo logrado.

Y nos olvidamos. De que a veces lo que falla no son las vistas en sí, sino la manera en que los ojos miran. Y admiran. O dejan de hacerlo. Que no valoramos lo que ya tenemos, que lo damos más que por sentado. Que está ahí, que permanecerá siempre ahí. En nuestras manos. Que podremos volver siempre que queramos.

Y nos olvidamos de los que sí están.

Y de que a veces es suficiente con tener a alguien que te acompañe al soplar velas, a tu lado, y que no le importe desafinar cantando. Que sonría a la cámara y fuera de ella. Que se deje de falsos postureos y de postear cualquier instante. Que se quede cuando otros abandonan el barco.

Y es que a veces estamos tan concentrados en mirar más allá, que no vemos lo más cercano. Lo que nos rodea. Lo que nos toca. Lo que sentimos de primera mano, si nos lo permitimos.

Porque a veces una mirada es suficiente para comprobar que todo está bien, para sentirte en casa.

Porque a veces lo tenemos todo, sin darnos cuenta.

Porque todo lo que nos rodea cuenta.

 

Patricia.

Lo bonico

Bonicas las palabras. Las que remueven el alma y dan color a las mejillas más pálidas. Las que levantan el ánimo, provocan sonrisas y alegran los días. Las palabras espontáneas que surgen de la nada y que lo valen todo. Las que cuestan tanto decir y dicen mucho con muy poco. Las que vienen de quienes más quieres y de quienes menos esperas. Las escritas entre emojis y abreviaturas, las que se pierden con el viento. Las que se susurran al oído, las que se dicen mirándose a los ojos.

Bonicas las risas. Las sinceras, las verdaderas, las espontáneas. Por su sonido, su melodía, su capacidad de romper silencios y borrar tensiones. Por su naturalidad. Las risas que se contagian, las que atraen sin maldad y provocan otras sonrisas. Las que relajan los hombros, la vida, los días. Las que quitan hierro y añaden sabor. Dulzura. Esencia.

Bonicos los suspiros. Los que te pillan de sorpresa y por la cosa más simple. Y hasta insignificante. Los que te pillan sin cámara o móvil que te haga perdértelo. Maldita costumbre la nuestra de querer grabarlo todo, en lugar de vivirlo en directo. Suspiros que te abren los ojos, la mente, el alma. Los que te dejan flotando y con la felicidad en los labios. Los que nos hacen más humanos.

Bonicas las sorpresas. Las que llegan una tarde cualquiera, las que rompen el aburrimiento, las que tiran abajo cualquier rutina. Las que te despeinan y alborotan el flequillo. Las que llegan para revolucionar tu mundo. Para cambiarlo, para quedarse. Para hacer borrones, cuentas nuevas, puntos y aparte.

Bonicas las personas. Las de ayer y las de mañana, pero sobre todo las de hoy. Quienes hoy te dan la mano y bailan a tu lado. Les guste o no la música. Se sepan o se inventen cada uno de los pasos. Quienes saltan en los mismos charcos y andan sin paraguas bajo los que resguardarse de la lluvia. Personas que tienen su propia luz y no dejan que nada ni nadie la apague. Personas que brillan y, lo más importante, que te hacen brillar a ti también. Que tú por tu cuenta, ya lo haces, pero ya se sabe aquello de que “en compañía se llega más lejos”.

Bonicos los regalos. Los de una fecha señalada y los improvisados. Los regalazos que cualquiera admira y los pequeños detalles que pasan desapercibidos para muchos, para la mayoría. Los que no vienen ni siquiera envueltos en coloridos papeles, ni con un cuidadoso lazo rojo. Los regalos porque sí. Porque apetece. Porque se sienten. Más allá de quedar bien o porque nos lo chive el calendario. Los regalos más personales. Los que se dan sin esperar  vuelta. Los que emocionan incluso más al que los da.

Bonico el tiempo. Cuando nos da la razón y hasta cuando nos la quita. Sabio él. Por enseñarnos tanto, por enseñarnos siempre. Por enseñarnos a valorar realmente las cosas, lo que importa, y cada respiración. Por acompañarnos. Por hacernos cambiar de ideas, de planes, y hasta de sueños. Por ponerles fecha. Por darnos espacio para hacer, correr y volar. Por regalarnos oportunidades, hasta donde sólo vemos vacíos y finales.

Bonicas las caricias. En la espalda, en el pelo, en la mejilla. Las caricias con el mayor cuidado. Y respeto. Y deseo. Las que hablan tanto, que parecen llevar subtítulos. Las que hablan sin palabras.

Bonicos los sueños. Los que un día se materializan y se dejan rozar. Y tocar. Y sentir. Los propios y los ajenos. Los breves y los que llevan su tiempo. Los que parecían inverosímiles hasta que se hicieron. Los que pasaron desapercibidos, hasta convertirse en los más grandes. Los sueños que todavía nos quedan por cumplir. Los que cumplieron tus expectativas y los que las superaron. Incluso los que no, por el simple hecho de vivirlos.

Bonico tú. Por leer, por quedarte, por ser parte. Por estar ahí.

Bonica esa persona. La que alegra tu mundo. Cualquiera que lo haga un lugar mejor. Más bello. Más acogedor. Los que te acompañan, los que creen en ti. Los que algo te enseñan, aunque no se lo pongas fácil. Los que están, siempre que los llamas. Y aunque no lo hagas. Los que te enseñan a levantarte, cada vez que te caes, a contar, cada vez que pierdes la cuenta. Los que te hacen ser tú, y no dejar de serlo.

Bonica la vida, cada día que te sonríe y se deja acariciar.

 

Patricia.

 

No te rindas

Dicen que todos volvemos a los lugares en los que fuimos felices.

Los que por A o por B, nos marcaron de alguna manera y recordamos con un cariño especial. Donde vivimos algo único que se nos quedó grabado a fuego en la memoria. Donde conocimos a alguien que hizo que lo que vino después diera irremediablemente un giro de 180 grados. O hasta 360. O simplemente fue un lugar que nos robó más de un suspiro y el alma por completo. O puede que, más bien, fuera una mezcla de todo en general.

El mío, fue un verano.

Un clásico. Unas risas nerviosas y miradas de todo menos discretas. Un encuentro casual y un incipiente romance bajo los acordes de la verbena. A la luz de un cielo claro y de brillantes estrellas. Al son de la música y de unos bailes algo torpes. Y cómplices. Como las noches. Esas noches veraniegas que parecen no tener fin.

Un pudo ser que, sin embargo, no fue. Un quiero, pero no me atrevo. Un sí, pero… Por miedo, por indecisión, por esa mezcla de todo en general. Por no ser quizá el tiempo, el lugar, o los sentimientos. O eso me dije entonces. Por esperar que él dijera, que él hiciera, que él… Por quedarme muy quieta. Por pensar yo más en la vuelta. En la realidad. En la maldita distancia.

Porque el clásico llegó a su fin. Como cada verano, por mágico que sea, termina. Y con él, las verbenas al raso, y las noches que no acaban. Y la realidad, la distancia y Barcelona nos separaron. Pusieron kilómetros, silencio y dudas de por medio. Hasta el próximo verano, me dije. Hasta la próxima verbena. Hasta la próxima vez en que nuestras miradas se reencuentren.

Y el tiempo voló.

A la espera de esas miradas indiscretas, de esos bailes indecisos, de ese prometedor reencuentro. Que no llegó. La familia, los veranos, los viajes, cambiaron de destino. De protagonistas. De sentimientos. La nostalgia ocupó el lugar que en otro momento había ocupado la magia, la música y los bailes. El olvido empezó a tener su propio espacio.

Hasta aquella llamada.

Y tu voz. Y un salto. Al vacío. Un reencuentro con el pasado. Cara a cara. Totalmente inesperado, pero todavía deseado. El borrón de un plumazo del olvido, la nostalgia y la resignación. La ilusión por bandera y los nervios en cada poro de mi piel. Un sí, claro, por supuesto. Sin pensármelo. Y, por supuesto, un comienzo.

De vacaciones compartidas. De llamadas hasta altas horas de la madrugada. De Messenger y mensajes de móvil. De billetes de tren y de avión. De idas y venidas. De colas en aeropuertos, de cargar maletas llenas de ilusión más que de ropa, y de regalar abrazos, besos y cariño a raudales. Pero también de lágrimas, muchas. De largas esperas y de dolorosas despedidas.

La distancia es lo que tiene.

Que nos tuvo jugando a su juego. A esperar y desesperar. A no saber y a imaginar. Poniendo kilómetros de por medio. Yo en Barcelona. Tú, en A Coruña. El origen de todo. Mi lugar para el recuerdo.

Hasta una elección. Compartida y muy meditada. Arriesgada sí, pero necesaria en aquel instante. Un alto en el camino. Un punto y seguido. Un billete sólo de ida, esta vez. Para vivir una nueva aventura. Juntos. Sin maletas, sin tantas vueltas, sin suspiros mirando una pantalla de móvil. Acortando la distancia y protagonizando abrazos en vivo y en directo.

Barcelona como punto de inflexión. De ver lo que viene. De querer que llegue. Del siguiente paso. De ir más allá y de ponernos a prueba. A ti, a mí, a nosotros. A aquel verano, con cada una de sus noches, sus verbenas y sus miradas. Y sobre todo, a aquella llamada. Y a aquel giro tan inesperado como querido.

Never give up.

Un tatuaje, un avión, un recuerdo.

De lo que fuimos y de lo que somos. Juntos y por separado. De donde estábamos a donde estamos hoy. De que juntos mejor. Del camino recorrido. Y del que todavía nos queda por recorrer. De la prueba que supone el día a día, de las dudas que se van resolviendo sobre la marcha.

De las decisiones que tomamos y las que vendrán. De los aciertos y de los fallos de los que aprender. De que mejor arriesgar que quedarse sin respuestas. Que mejor mirar hacia delante, que quedarse sin andar.

No rendirnos, nos dijimos.

Porque del mañana poco sabemos. Pero sí del pasado. De que valió la pena cada paso. Cada mirada indiscreta, cada llamada a medianoche. Cada duda que surgió y cada prueba y error que sorteamos.

Porque esperar tuvo su recompensa. Aunque hubo quienes dudaran.

Porque tú eres mi lugar, mi momento y mi persona.

 

 

Gracias Mar, por ponérmelo tan fácil, por dejarme dar forma a tu bonita historia y formar parte de mi blog.

 

Patricia.