Cuando nada es igual

Y de repente sientes que todo es igual.

Pero que algo ha cambiado.

La imagen se había congelado y el silencio reinaba hasta el último rincón. Donde antes había demasiada intriga, expectación y hasta emoción contenida, ahora quedaba un reposo inquieto. Un viejo reencuentro y diálogos infinitos. Sin mediar aviso, el reloj parecía haber dejado de anunciar los cuartos y los mensajes de whatsapp permanecían a la espera de ser leídos.

En donde se adivinaba un cierre, un punto final, un final de partido, se había abierto una puerta. Una puerta tras la cual se escondían dudas. Muchas. Algunas inesperadas. Incógnitas que quedaban por resolver y una continuación que quería imaginar. Soñadora quizá. Necesidad de respuestas, de tiempo, de asimilar.

Necesidad de sentir.

Parecía un viaje al pasado, al abrigo del acogedor traqueteo del Orient Express. Con unas vistas de película y una taza humeante de café en la mesita. La misma que sujetas con las dos manos y la miras con cariño, teniendo cuidado de que no se te caiga y se haga añicos. La misma que te acompaña durante todo el trayecto y te hace más fácil llegar al final del viaje. Donde la pregunta inevitable te espera: “¿ha valido la pena?”

Una respuesta que no siempre es fácil. Cambiante a menudo de forma, amoldable según la persona. En muchas ocasiones, distinta de la que tenías en mente en un principio. Antes de todo. Distinta de aquella que te ilusionaba como a un niño pequeño el día de su cumpleaños. Distinta de aquella que te aceleraba el corazón con sólo oír una voz haciéndola plausible, real, viva, animándote a conseguirlo. Distinta de aquella que aguardaba la salida de su tren junto a una maleta cuidadosamente ordenada y con una lista intacta llena de sueños por cumplir.

No hay trenes por casualidad.

Y es que cada tren que escogemos, aboca irremediablemente a un destino distinto. Un final soñado, o no. Un colofón buscado, ansiado, deseado, o no. Un para qué muy personal. Un gran sinsentido para unos que para otros es la cúspide de la montaña. Su montaña. Y cada cual, que decida hacer con ello lo que quiera.

Los habrá cuya motivación incluya únicamente diversión como fin último de su propósito. Los habrá que busquen el confort de la buena compañía, elegida con cuidado o no, la que de sentido a todo, y sin la cual nada tenga sentido. Los habrá que anden perdidos, con rumbo errante y sin destino claro, en búsqueda de un no-sé-qué sin saber muy bien dónde hallarlo.

Los habrá que viajen sin ni siquiera maleta o lleven lo estrictamente necesario. Los habrá cuyo equipaje responda a mil y un “por si acaso”. Los habrá que planeen cada etapa, cada salida, cada segundo, mientras que habrá quienes se dejen llevar por el impulso de cada momento. Los habrá que viajen para no volver, para no olvidar, para repetir o por no cambiar.

También sucede que, a veces, nada resulta como esperabas.

 

Nada de lo que llevabas tiempo planeando al dedillo y con tanto anhelo. Pretendiendo no dejar ningún cabo suelto que lo hiciera saltar por los aires. Maquinando, en soledad o con comitiva, aprovechando el primer rayo de luz del día y hasta el último reflejo de luna. Tejiendo los hilos uno a uno para mover cada detalle. Sobrehilando la historia para que todo encaje y resulte sencillo. Natural. Real.

Anticipando hasta el más mínimo pormenor que se te pueda escapar y ensayando cualquier movimiento, por si tuvieras que improvisar. Previendo imprevistos  que te puedan asaltar a mitad y preparando planes alternativos para poder continuar, para no parar. Por mucho desvío que salga a tu encuentro. Por muchos titubeos que surjan o contratiempos que animen a renunciar.

Porque hay cuentas atrás que no se detienen.

Que por mucho que quieras parar el mundo, bajarte y no mirar, no siempre será posible. Más bien, será difícil que alguna vez lo sea. Que escapar puede no ser la mejor idea, y que esconderse no solucionada nada. Puede que las opciones que barajes no siempre sean ni las mejores ni las que hubieras deseado, pero siempre podrás jugar con ellas.

Que por mucha añoranza que sientas, volver hacia atrás no es nunca probable, ni casi probable. Más bien, imposible. Por mucho que extrañes esa comodidad que te da lo conocido, esa seguridad que te promete lo que te resulta familiar, esa dicha que te provoca un final esperado, hay cosas que nunca vuelven.

Esencias, afectos, lances.

Por mucho que pretendas conservar intactos algunos momentos, algunas personas, o incluso ciertos lugares, no siempre está en tu mano. Porque habrá aspectos que sí, que seguirán ahí. Pero habrá muchos otros que tendrán otro matiz. Otro tono. Otra energía. Otro trasfondo tras el cual serán distintos, siendo en apariencia iguales.

Porque a veces todo es lo mismo.

Sin ser igual.

Porque a veces, el cambio está en ti.

 

Patri.

Es de valientes

Es de valientes acallar tus miedos.

Y escuchar tu propio silencio.

El que te dicta lo que de verdad quieres, lo que está en lo más profundo y que tanto te esfuerzas en reprimir. En ocultar, en enmudecer. Lo que incluso te da pavor reconocer, lo que te niegas a creer posible, a lo que te niegas a arriesgar, intentar, probar. Y sigues sumando miedos.

Es de valientes comprometerse con uno mismo. Pero de verdad. Sin pretextos, excusas ni disculpas. Quererse con todas las de la ley y a pesar de los mismos. No quedarte atrás. Ni dejarse arrastrar. Ni pretender que otros nos rescaten. Ni buscar nada de fuera sin antes hallarlo dentro. Porque estar, está.

Saber verlo. Saber cuidarlo.

Saber querernos.

Es de valientes lucir sonrisa cuando por dentro estás más que roto. Destrozado, herido, perdido. Cuando estás tratando de recoger tus pedazos, uno a uno, sabiendo que nunca volverás a recomponerte del todo. Sabiendo que, aunque pegues uno a uno esos pedacitos de ti que hoy sostienes en tus manos, no será lo mismo. Y hasta desear que no vuelva a serlo.

Desear que algo cambie.

Es de valientes exponerse, dar un paso al frente, salirse de lo habitual. Aplacar cualquier temor, cualquier temblor, cualquier atisbo de vacilación. Para que nadie dude, ni siquiera túmismo. Para que reine la paz en medio de la tormenta. Para que no abandones antes de tiempo, ni antes de conseguir lo que sea que te propongas.

Es de valientes jugar a ganar. A ser ganador. Actuar como si ya lo fueras. Apostar a negro, sabiendo que puede salir rojo. Sabiendo que arriesgas todo cuanto tienes y todo cuanto podrías tener. Apostar por algo, apostar por ti. Porque puede que no sepas qué habrá después, pero sí lo que hay ahora. Estar dispuesto a soltar. Y a avanzar.

Es de valientes sortear obstáculos y saltar acantilados. Tratar de no fijarse tanto en el abismo bajo los pies, sino en el bonito horizonte que se expande ante los ojos. Los tuyos. Porque poderse, se puede conseguir, se puede estar allí. Y disfrutarlo. No todo es caer y perder.

Es de valientes decidir por uno mismo. No todo el mundo se atreve. Que lo fácil es dejarse llevar por otros instintos, por otras experiencias, por otras habladurías. Determinar escucharte a ti en primer lugar, sin pedir ni esperar de otros. Sin esperar soluciones mágicas ni agradar a todo el mundo. Sin permitir que los vientos huracanados te limiten o que cualquier tormenta te haga perder el rumbo.

Marcar tu propio rumbo.

Es de valientes tomar el camino menos transitado, al que nadie osa siquiera pensar, el que todo el mundo respeta. O crearte el tuyo, a tu imagen y medida. Por el que te llamarán loco, impaciente, descabellado. Y tratarán hasta de quitarte la idea y decirte lo que es recomendable.

Y con eso y con todo, seguirás adelante. Haciendo oídos sordos y mirando al frente. Sólo. Dejando que te acompañe quien de verdad lo quiera, quien de verdad te lo demuestre. Sorteando piedras que te harán tropezar, oscuridad que te hará dudar y distracciones que te animarán a desviarte.

¿Lo harás?

Es de valientes no perder la esperanza. Ni la ilusión. Creer en ti, en tu valía, en tu capacidad, en tu grandeza. Mantener la calma y las ideas claras cuando las circunstancias no acompañen,  cuando la vida no te sonría, o no del modo que te gustaría. Cuando tu cabeza no haga más que dar vueltas. Y más vueltas. Y te marees sólo de pensar: ¿y ahora, qué?

Es de valientes no rendirse. Saber aceptar que no siempre soplan vientos favorables, que a veces es mejor esperar que pase el vendaval. Y esperar. O cambiar de aires. No desanimarse ni a la primera ni a la quinta. Continuar. Buscar. Reempezar. Reinventarse a uno mismo las veces que haga falta, por completo o sólo un poco.

Reinventarte o quedarte como estás. Tú eliges.

Es de valientes reconocer que te equivocaste. Que no era la mejor opción. Que pudiste hacerlo mejor o incluso no hacerlo. O hacerlo de una manera completamente distinta. Admitirlo, sentirlo, no arrepentirse. No quedarte ahí, en el error, en “lo que pudo ser”, en el pasado.

No quedarte en el “pudo ser y no fue”, con el “ya veremos”. No quedarte con palabras que decir ni regalos por abrir. Con comienzos sin expectación y finales sin celebración.

No quedarte con canciones sin escribir e historias sin vivir. Sin dar lo mejor, sin ser tú, sin ser el protagonista principal de tu historia.

Porque es de valientes serlo.

 

Patri.

 

 

El tiempo que vuela

“Cuida los minutos y las horas se cuidarán de sí mismas.”

(Lord Chesterfield)

¿Cuál es tu mayor tesoro?

Ese “algo” al que tanta estima le tienes y que cuidas como oro en paño. Aquello que proteges y que rara vez compartes, si acaso con mucho celo y sólo con quien sabes que lo va a apreciar de verdad. Que no es cualquiera, no nos engañemos. Aquello sin lo cual nada sería lo mismo, ni siquiera tú mismo.

Lo que te podría quitar no sólo el sueño, sino el aliento. Lo que te suma jovialidad y hasta algún tono de más en tus mejillas. Aquello por lo que perdemos la cabeza, aunque tratemos de negarlo. Lo que nos alegra cualquier mañana gris y aleja hasta el último de los nubarrones más negros. Lo que pone voz a silencios rotos y anima cuando lo demás se ha perdido.

Los habrá para quienes sea una persona en concreto. Una madre que sea ejemplo de vida, puro ejemplo de superación; o un padre que ejerce las veces de héroe sin igual. Quizá se trate de un amigo especial, de esos con los que te une algo muy fuerte, incluso más que un vínculo de sangre. Por quienes lo darías todo, incluido a ti mismo. Por quienes eres, y quieres seguir siéndolo.

Los habrá para los que su mundo sea su trabajo. Su seña de identidad, su logro más logrado. Y puede que hasta no puedan ni imaginarse la vida más allá de su trabajo, cogiendo uno nuevo, empezando de cero. De cero o desde el tejado. Dejándolo todo o casi todo. Aquí o allá. Superando miedos y afrontando retos. Demostrando que pueden si quieren, que merecen.

¿Y el tiempo?

Nada como abrir un viejo álbum de fotos, de esos que cogen polvo en alguna estantería y cuyo color empieza a amarillear. Ver aquellas imágenes que parecen de una vida pasada, hasta lejana y que hoy te producen risa y hasta vergüenza. ¿Y esas pintas? Comprobar que no hace tanto tiempo que se hicieron, o quizá sí. Pero si te paras un segundo a observarlas con detenimiento, es como si volvieras a posar para aquellas instantáneas.

Nada como tener la ocasión de reencontrarte con la familia. Con todos aquellos a los que no sueles ver, a los que están más lejos, y a los que aunque estando cerca, la rutina los lleva por caminos distintos. Nada como verlos pasado mucho tiempo y observar los cambios, a veces para bien, y a veces no tanto. Reencuentros que llegan a encogerte el corazón, y dejarte en un “ay”, por sentir que el tiempo pasa.

Que el tiempo vuela.

 

Y no espera que le sigamos el ritmo. Ni se detiene por nada ni nadie. Avanza imparable, siempre al mismo paso, siempre hacia delante. Poniendo a cada uno en su lugar, regalando oportunidades a quien las quiera coger. Recordando lo efímero que puede ser a quien lo quiera escuchar.

Escapándose de entre los dedos de quienes no lo saben cuidar.

De niños soñábamos con ser mayores, con crecer y comernos el mundo. Con ir a la universidad y tener el trabajo por el que cualquiera suspiraría, nos envidiaría, lo querría para sí. Soñábamos con viajar hasta los confines de la tierra y con ser el alma de cada fiesta a la que fuéramos.

En nuestros sueños  triunfábamos siempre, éramos libres y felices y a nada temíamos. No existían los problemas, para todo teníamos solución. El tiempo se congelaba, nadie se iba de nuestro lado y a nadie echábamos de menos.

Parece que fue ayer.

Y aunque nos decían y repetían que el tiempo, conforme te haces más mayor, más rápido se te pasa, no quisimos creerlo.

Y llegamos a la universidad, o no. Tuvimos nuestro primer trabajo. Incluso dos a la vez. Y detrás vinieron muchos otros, y puede que ninguno fuera el que habíamos soñado. Y tuvimos miedos, muchos, y con ellos tantas cosas que se quedaron en el camino. Como vuelos que no cogimos, personas a las que no nos atrevimos y fiestas en las que no bailamos.

Y hubo personas que no nos envidiaron. Algunas estuvieron durante un tiempo, otras nos enseñaron que, cuanto más lejos, mejor. Y hubo otras que se fueron, para siempre. Sin nada que pudiéramos hacer para evitarlo, más allá de vivir con el recuerdo y un amargo sabor. El del tiempo corriendo descontrolado.

Que todo pasa porque tiene que pasar, nos dijeron.

Que no es posible dar marcha atrás y retroceder en el tiempo. Que lo que alguna vez dijimos, alguien lo escuchó, y lo que no, aún estamos a tiempo de decirlo. Que aunque hay cosas que es mejor guardar para uno mismo, las hay que por sí solas no tienen sentido.

Que lo que alguna vez hicimos, pudo doler, pudo causar heridas de difícil reparo. De difícil olvido e imposible perdón. Pero lo que no hagamos, eso que nos perdemos. Nosotros solitos. Personas, viajes, momentos, sueños. De difícil perdón e imperdonable olvido.

No perdamos más.

Vivamos. Al día y sin mirar la hora. Con personas que se quedarán el tiempo que quieran y el que se lo permitamos. Con personas que nos aporten, que nos creen valor. Y aprendamos de los que no. Hagamos que valga la pena.

Viajemos. Aceptando sin tanto miedo, arriesgando cuando sea el momento, que por serlo, puede ser cualquiera. No tomemos lo que no es nuestro, ni guardemos viejos rencores. No llevemos de más, sino lo esencial.

Bailemos. Con música y sin ella. Inventando acordes e improvisando los pasos sobre la marcha. Que si los finales son bonitos, los principios no lo son menos. Olvidando vergüenzas, indecisiones  y excusas que nos retengan.

Olvidemos que la vida pasa sin olvidarnos de vivirla.

Y que todo pasa.

Y que el tiempo vuela.

 

Patri.

 

Por los que ya no

-Abuelo.

-Dime.

-¿Me das un abrazo? Pero rápido.

-Claro, pero, ¿por qué rápido?

– Porque mi mamá ya me va a despertar.

 

Hacer fuerza con los ojos, tratar de dormir.

De nuevo.

Tratar de no despertar, de hacer como que aún duermes. Cerrar los ojos y sentir que te tiemblan los párpados del esfuerzo. Fingir que no es hora de abrirlos, que no hay por qué levantarse, que no hay nada mejor que hacer. Pretender que la luz no molesta, que no es ni siquiera de día.

Volverte a dormir de hecho, y sumergirte en el reino de tus sueños. Aquel en el que campas a tus anchas, aquel en el que no hay monstruos que te perturben ni batallas que acaben mal. Aquel en el que los castillos rebosan ilusiones, deseos, personas.

Amor.

El mismo en el que el reloj se congeló y nadie parece haberlo percibido. Un reino en el que las sonrisas no se esconden, al contrario se regalan a desconocidos. Donde no hay abrazos olvidados que echar de menos. Donde no hay prisas por llegar a ningún lugar, ni ausencias que requieran excusas que perdonar.

Tratar de dar marcha atrás en el tiempo y poner en hora el reloj. Volver a un instante concreto o no. En el que eras feliz, aunque no reparases jamás en ello. O casi nunca. O no lo suficiente. En el que nada te faltaba y a nadie echabas en falta.

Volver a un lugar, a un beso, a un suspiro.

A una persona.

A una fecha.

Y es que hay fechas señaladas que nos asaltan la memoria sin necesidad de calendario, alarma o recordatorio alguno. Sin que le preceda ningún tipo de advertencia, de vítores o de banderitas para agitar al viento.

No hay mensajes grandilocuentes que lo ensalcen ni interminables discursos de agradecimiento cuando acaban. No hay grandes celebraciones acompañadas del ritmo de la música y de bailarines expertos. Ni desfiles que terminen en un colorido castillos de fuegos artificiales.

Fechas que no se olvidan.

Datas tras las cuales se esconde un sentimiento adormecido, que no caducado. Silencioso por momentos, feroz en circunstancias sensibles, delicadas, insospechadas. Sensaciones de un dolor agudo y conocido, por desgracia. De abandono  irremediable, de pérdida largamente sentida, llorada, desgarradora.

Una herida aún no cerrada, y que por momentos se abre un poquito, quizá sólo lo necesario para recordarnos que sigue ahí. Que por mucho desinfectante que empleemos, que por muchas vendas que gastemos, ahí está. Un eterno recuerdo.

Como quienes dejaron tras de sí, una huella imborrable.

Yéndose puede que de la manera más silenciosa e inesperada posible. De golpe, en soledad, sin pretender hacerse notar. Sin darnos tiempo para prepararnos, para decir todo lo que queríamos decir, para sentir de verdad todo lo que queríamos, para compartir todo lo que podíamos.

O puede que llevaran tiempo diciéndonos adiós. Con claridad o a su modo. Sin ser nosotros conscientes de ello. Sin querer verlo o queriendo no hacernos a la idea. Negándolo para tratar de protegernos, para evitar huir, para fingir normalidad.

Hasta que fingir deja de tener sentido.

Hasta que llega el punto de asumir. De aceptar que no queda otra, que no hay marcha atrás. Que todo lo que podemos hacer es continuar caminando, pese a las heridas, los deberes sin hacer y las palabras no dichas. Pese a rompernos, a perder el aire, a querer parar. Pese a querer irnos.

Porque en algún momento, los recuerdos ya no pesan, sino que acompañan. El dolor se atenúa y crece el agradecimiento. Por lo que fue, y por lo que será, aunque de otra manera. Por los que se fueron, por los que quedaron atrás. Porque aunque el vacío sigue estando, su presencia no se pierde.

Porque irse… no se van del todo.

Están en el aire que sopla alegremente, libre, sin ataduras ni frenos. El mismo que te agita el cabello y dibuja bonitas formas sobre el agua. El mismo que te acaricia la piel con suavidad y trae el olor del mar. El mismo que te hace experimentar ligereza, frescura, aires nuevos.

Están en cada gota de lluvia que cae. La que limpia la calle, la que colorea el paisaje, la que refresca cuando el calor es sofocante. La misma que da vida a los bosques, a los ríos, al planeta. Da vida a la vida.

Están en el susurro de la noche, aquel que se deja escuchar cuando la ciudad desacelera, baja el ritmo y la soledad se hace más patente. Cuando se agradece la mejor de las compañías. Cuando buscamos lo imprescindible, lo cercano, lo humano.

Están en cada estrella que brilla con fuerza al caer el sol. Noche tras noche. En cada deseo que pedimos, en los que ya hemos conseguido y en los que no tardarán. En cada estrella que cruza el firmamento y en los astros que están ahí, observándonos. Día tras día.

Están en la compañía, en la gente, en las risas. En los paseos al atardecer y en la belleza de cada amanecer. De cada nuevo día. De cada nueva oportunidad. De cada prometedor comienzo, dure lo que dure, termine como termine.

Están en los recuerdos, en el corazón. Están en el cofre del tesoro que guardamos con celo. El mismo que escondemos para protegerlo.

Están donde menos te lo esperas y donde quieras que estén.

Estar, están.

 

Patri.

Seguir las señales

Es preciso correr riesgos, seguir ciertos caminos y abandonar otros. Ninguna persona elige sin miedo”.

(Paulo Coehlo)

Hay decisiones que son difíciles de tomar.

Decisiones a las que les damos mil y una vueltas. Sopesamos ahora sí y ahora también. Las destripamos al detalle, analizando puntos y pausas, buscando las distintas tonalidades. En el silencio de la soledad o en el alboroto de la compañía, esa con la que solucionas el mundo.

Una tarde cualquiera. En un bar cualquiera.

Decisiones que nos hacen dudar. De ella, de nosotros, de cualquiera. De si es realmente que sí o un capricho temporal. De si de hoy no pasa o mañana será otro día. De si “ahora, sí o sí” o de esperar que llegue el momento. De si lo habrá.

Decisiones que no son ni simples ni difíciles en sí, sino que somos nosotros quienes las etiquetamos. Les ponemos nombre para excusarnos detrás de él. Ya sea por aburrimiento, por desidia o porque nos imponen. Sí, algunas nos amedrentan, nos roban valor, nos hacen mirar para otro lado.

Y quizá sea por eso por lo que nos complicamos tanto, por no envalentonarnos. Por no saber cómo ni cuándo, por no decidirnos a actuar, por no atrevernos a movernos. Por no pedir bien y obrar en consecuencia. Por no aceptar a tiempo o por no decir que no desde el principio. Por no saber escuchar.

El universo nos habla.

Continuamente.

Nos manda señales para que nos demos por aludidos. Para que sigamos una serie de pasos que nos lleven a algún lado. Señales de todo tipo, ya sean visuales, en forma de canción o a través de las personas. Nos responde a su manera cuando se lo pedimos. Otra cosa es que le hagamos caso.

Que lo habitual es que andemos despistados o incluso enojados con el mundo por olvidarse de nosotros. Siguiendo el instinto de a saber quién, en lugar del propio, típico, o perdiéndonos los mensajes que se plantan en nuestras narices. O sorteando sin ver las zancadillas que nos intentan avisar.

Porque pasa.

Pasa que no lo vemos. Porque en verdad no queremos, pero queda muy bien que digamos lo contrario. O bien no estamos preparados para verlo, porque nos aterra el después, el cambio de planes, que cambien las reglas del juego. O quizá sólo queremos ver una parte del todo o un resultado concreto, y si no es el que pensamos, pasamos palabra con cualquier excusa que creamos válida.

Hace tiempo me ronda la idea de irme lejos. Lo de lejos puede ser relativo, según se mire. Pero irme. Y no es porque huya de algo o de alguien. O igual sí. Pero no por miedo. O igual sí. Pero por miedo a quedarme igual que estoy, sintiendo que algo me falta, que algo me pierdo si no me muevo.

En un punto que no sea el mío.

Siendo sincera, es una idea un poco antigua, algo así como vintage que dirían ahora. Puede que surgiera como fantasía en algún momento de mi adolescencia o incluso niñez, mezclado con aires de rebeldía y de toques de irrealidad. Por no pensar en los contras y ver únicamente pros. Curioso o no, sigue ahí.

Curioso o no, siempre he comprado billetes con fecha de vuelta. Siempre he hecho maletas pequeñas de una estación, aunque se haya colado algún “por si acaso”, muy mío. Siempre he dado abrazos de breves despedidas, de los que sabes que recibirás uno de vuelta en poco tiempo. A veces saltándome el primero y recreándome al volver.

Porque siempre he vuelto, igual que mi idea. De nuevo.

La misma que hasta hace nada negaba y aseguraba que ya no era para mí, que era un tema finiquitado. De que por fin, me sentía estar en otro punto, mejor, mucho mejor. De tener claras ciertas cosas y no andar buscando otras.

La misma que de repente ha empezado a colarse en mi vida de las formas más insospechadas, donde menos me lo espero. Como un inocente comentario, un inesperado mensaje o una pequeña imagen, la primera en llamar mi atención a primera vista. Lo que llama mi atención de todo un conjunto.

Lo que se queda ahí. Rondándome.

Causalidades de la vida.

Y no es que sea la persona más indicada para hablar de seguir instintos. Por no apostar, no apuesto ni por el mío. No apostaba, perdón. Porque desde hace algún tiempo, empiezo a confiar más en él. Llámalo corazonada, 6º sentido o una locura de remate. Llámalo como quieras llamarlo. Pero algo hay.

Es como seguir el caminito de migas de los hermanos del cuento. Aquellas pequeñas señales que dejaban a su paso para saber volver después, para poder deshacer sus pasos, para no equivocarse de dirección. Para poder regresar siempre. A lo conocido, al hogar, a uno mismo. Para no perderse.

Aunque perderse… no siempre es malo.

Porque, aunque como en aquella historia, el camino puede borrarse y dejarnos sin saber hacia qué lado mirar, también puede ser que nos lleve a un nuevo lugar. A uno al que queremos ir y no sepamos cómo. A uno al que tan pronto conocemos, no querremos abandonar. A uno en el que será como estar en casa.

Porque hay caminos marcados por otros que no hay por qué seguir. O al menos al pie de la letra. O al menos hasta el final. Que se pueden ignorar, cambiar de sentido o tratar de adaptar.

Pero también hay caminos propios que crear, decorar o colorear. Listos para que empecemos por dónde nuestro libre albedrío nos lleve. Listos para seguir unos pasos ordenados o desordenarlos según lo sintamos.

Marcas personales, que podemos dejar, regalar, celebrar.

O quedarnos con su mensaje. A pensar qué queremos. Y actuar.

Dicen que atraemos lo que somos. Y lo que pensamos.

 

Patri.

Apegos

Qué difícil es no coger cariño.

O cogerlo en su justa medida, sin pasarse de largo ni quedarse demasiado corto. O saber cogerlo cuando llega, ni antes ni después, y saber soltarlo cuando es el momento. Pero soltarlo de verdad, ni a medias ni de mentiras. Saber verlo, saber que es el momento oportuno sin que nada ni nadie te distraiga.

Ni siquiera tú mismo.

Que lo difícil, en muchos casos, es darnos cuenta de cuánto apego sentimos. Y más aún, reconocerlo sin tapujos ni rodeos. A bocajarro y sin tabús.  Aceptar que no queremos dejarlo ir, porque lo queremos nuestro. Ahora y por ahora. Sin divisar puntos finales que avecinen inevitables pérdida.

Qué  difícil es llegar al término medio.

Ese en el que dicen que radica lo bueno. Lo perfecto. El equilibrio. Emocional y racional. De vida y noche. El punto más alejado de los extremos. Los malos de cualquier ecuación. Los que pecan de defecto o de exceso. Los que ni tanto ni tan poco. Los que rompen el equilibrio de la balanza.

De niña solía jugar con un osito de peluche. Nada del otro mundo, en verdad, pero entonces eran mi juguete más especial. Venía conmigo allá a donde yo fuera. Era espectador y partícipe de mis juegos infantiles, lloraba desconsolada si lo perdía un segundo de vista. Menudos quebraderos de cabeza tenía mi madre cada vez que quería lavarlo…

Apego: Aprecio o inclinación especial por algo o alguien.

Y el osito… El pequeño peluche desapareció en algún momento de mi infancia, sin dramas dignos de mención, lágrimas desesperadas o reproches descorazonados. Sin dejar más que recuerdos entrañables. Soltando la mano de la niña que le cuidó y que soñaba con ser mayor.

Se fue en silencio, imagino que del mismo modo en que llegó. Sabiendo que hay despedidas que se llevan mejor por dentro, no por ello menos intensas. Buscando. Puede que se fuera a menos de algún otro niño al que hacer feliz. O puede que partiera en busca de su merecido descanso.

Como se va lo que agota su tiempo tras una imparable cuenta atrás. De esas en las que el tic tac del reloj lleva el ritmo cantante, a veces frenético. Esas que acaban en partida, en despedidas de estación y promesas de reencuentros futuros. En seguir caminando sin voltear la cabeza y ver qué queda atrás. Para que nada ni nadie nos detenga.

Para volver de nuevo, cuando se sienta que es el momento.

Como siempre vuelve aquello que dicen que es tuyo. Eso que aseguran que si sueltas y vuelve, te pertenece. Que nunca se fue. Eso que también dicen que llega si no lo buscas, si lo dejas tranquilo, si ni le agobias ni te agobias.

Y puede que vuelva, pero entre nosotros te diré, que no será lo mismo. Ni el mismo. Ni tú ni yo los mismos.

Volverá con otros matices por descubrir, si tienes paciencia y te dejas sorprender. Volverá con otros colores para hacer nuevas combinaciones, tradicionales, transgresoras, rompedoras. Traerá nuevas texturas que sentir y nuevas notas musicales que cantar. Nuevos afectos que regalar a quien esté dispuesto a recibirlos.

Nuevos apegos.

Esos que calan hasta lo más hondo, haciéndote sentir el miedo rondándote. Por perder algo. O a alguien. Por pensar que lo que crees que siempre estará ahí, llegue un día a esfumarse como humo. Sin etiquetas de culpables ni arrepentimientos que solucionen nada.

Porque nada ni nadie es para siempre. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Que no es más tuyo por gritarlo a todo pulmón y a los cuatro vientos. Ni dura más por meterlo en una urna de cristal o encerrarlo entre cuatro paredes.

Que en los finales de cuento, no siempre comen perdices.

Y suele pasar que sí, que coges apegos. Que de repente no quieres soltar. No quieres desanudar nudos que jamás volverán a atarse. No quieres soltar globos que desaparecerán en el horizonte tan pronto vuelen solos. No quieres bajarte de barcos que atracarán en otros puertos como destino final.

Porque sabes que duele y no quieres. Una persona, un vínculo, un recuerdo. Una flor, una mirada, un texto. Porque lo fácil es aferrarse al pasado, a lo que fue, a la memoria, a la ilusión. Aunque seguramente hoy ya no es lo mismo. Aunque a veces es difícil verlo y peor aún reconocerlo.

Te resistes. A perder, a soltar, a olvidar.

Sientes la unión como una herida que aún no se ha cerrado. Que hace que tu piel se estremezca simplemente con el soplar del aire o un roce no buscado. Sientes que algo se rompe, una etapa, un proyecto, un momento. Y sabes que recomponerlo es como una quimera.

Algo que fue importante para ti, y que aún hoy lo es. Una marca, una huella, un vestigio. Un ancla que se pierde en el fondo de tu memoria, que te retiene en tierra firme. Para que no huyas, para que no te escapes.

Para que no vueles.

Pero si eres capaz de alzar velas y soltar amarras, verás que no sólo no te hundes, sino más bien que flotas. Que puedes nadar, navegar o bailar si es lo que prefieres. Que el sol se ve distinto y alejarse de la orilla no da tanto miedo.

Sentirás ligereza y hasta libertad. La misma que hasta hace poco ni echabas en falta. La misma a la que habías renunciado y no te habías dado cuenta. La misma que llega cuando nos atrevemos a soñar, a arriesgar, a volar. Y a no soltarla.

Disfrutando lo que sí tenemos, soltando lo que ya no está.

Y soltando esos apegos que ya no nos llevan a ninguna parte.

Patri.

Lo inesperado

Dicen que lo inesperado es lo que te cambia la vida.

Como inesperada fue la lluvia de ayer. Esa que te sorprende ya entrada la noche, sin paraguas y sin prisas de volver a casa. Esa que de repente aparece como si nada y no te da tiempo a resguardarte. Cuando menos te lo esperas y quieres. Esa que te recuerda que el verano ya queda lejos y que el otoño pretende quedarse para largo.

La misma que te hace pensar si entras, sales o te quedas como estás. Que ir para nada, hay veces que es mucho más que una tontería. Es más bien impensable cuando sabes qué es lo que te espera y no es ni de lejos lo que quieres. Pero esperar que pase la tormenta… no es que sea siempre la mejor opción.

Mejor bailar bajo la lluvia.

En otoño, además de las tormentas, es temporada de rescatar antiguas asignaturas pendientes. Esas en las que nos matriculamos en algún enero y que aún arrastramos. Esas en las que nos proponemos ser aplicados, llevarlas al día y que, sin embargo, boicoteamos por todos lados sin excusas que valgan.

Las mismas ideas que aparecen periódicamente, de manera intermitente. Ideas que por momentos encandilan, apasionan y hasta enamoran, para pasar en un momento a apagarse ellas solas. Las mismas que dejamos de hacer por pereza o dejadez. Por no atrevernos, por creerlas difíciles, imposibles, inverosímiles. Por dejarlas a medias una y otra vez.

Como un disco rayado que siempre vuelve al mismo punto.

Nos marcamos metas, las mismas para las que en algún momento nos preparamos. O es lo que fingimos. Metas que nos gustaría cruzar y que no llegamos ni siquiera a vislumbrar. Porque topamos con algún desvío que nos saca del camino. O porque cambiamos de carrera a mitad de trayecto. O porque no llegamos a poner el pie más allá de la línea de salida.

Lo típico, vamos.

La siempre típica época de cambios, de los que estaban pendientes y de los que se nos ocurren de nuevo durante el verano. Tanto los recién salidos del horno como los que desde hace tiempo estaban ahí, en la despensa, esperando ese momento especial de ser rescatados del olvido.

Como en el olvido caen tantas cosas.

“Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro”.
(Albert Einstein)

Y fue allí, en medio de una hermosa tormenta, cuando el viento me heló la cara y dejó a mis pies unas hojas de árbol. Las hojas del otoño, las del cambio irremediable. El cambio que trae consigo nuevas ideas y los mejores comienzos. Los cambios que hacen caer las hojas secas para que, tras ellas, crezcan las nuevas. Más fuertes, resistentes y alegres.

Cambios llenos de vida.

Porque hay cambios que no tocan el claxon ni llaman al timbre para anunciar su llegada. Los hay que aguardan lo mínimo y arrancan sin esperar nada ni nadie. Los hay que transforman hasta el más recóndito rincón de tu vida, mientras que otros van tomando pequeños asaltos silenciosos. Y discretos.

Pero también hay momentos en que eres tú quien decide cambiar. Quizá porque la situación ya no da más de sí, te aburre o te asfixia. Quizá la situación es lo de menos. Acaso es por lo que hay dentro de ti, o lo que falta en él, más que por lo de fuera.

Sin importar de dónde viene, el impulso te anima a coger las riendas. Esas que siempre te han dado un poco de reparo tomar. O incluso miedo del real, el mismo que te paraliza hasta límites insospechados. El que te impide actuar, por mucho que intentes negarlo o tirar balones fuera.

El mismo por el cual, simplemente te dejabas llevar.

Y ahora te ves tomando el control, llevando el rumbo que desde hace mucho te hubiera gustado llevar. Buscando nuevos aires, deleitándote con nuevos horizontes. Quizá al principio un poco a la deriva, queriendo no perderte nada. Pero sabiendo que vas por buen camino.

Sabiendo que pudiste elegir, a pesar de lo malo y de tus propias resistencias. Y aunque seguro había otras salidas, fuiste tú quien eligió. Y elegiste la tuya propia. La que llevaba tu nombre. La que te hacía feliz. La que podría ser una equivocación, pero sería sólo tuya.

Sabiendo que en cada elección hay un riesgo. Más alto o más bajo, pero lo hay. Que las consecuencias a veces pueden ser enormes y sabiendo que no siempre quien arriesga gana. Lo que sí es seguro, es que no gana el que no lo hace. No gana el que no hace nada.

Gana el que vence miedos y asume riesgos, siguiendo su instinto, confiando en el destino. En trazarlo él mismo. Porque sabe que ni todo es bueno ni nada es malo, sino que opciones hay miles, y la actitud es decisiva.

Que el azar reparte cartas, pero nosotros las jugamos.

Gana quien sabe jugar con su baraja. El que se mueve, el que explora más allá de sus límites. El que no se conforma. El que atraviesa nuevas sendas, el que no se da por vencido. El que se detiene sólo para coger fuerzas, no para lamentarse.

Para seguir avanzando, para seguir ganando.

Gana el que lo da todo, el que da lo mejor de sí mismo. Gana el que aprende cuando las cosas no resultan como espera. Cuando lo inesperado no es lo que de algún modo esperaba.

Gana el que lucha por sus sueños.

Patri