Y entonces llegó ella

Sin avisar, así sin más, sin darte tiempo a prepararte. Ni a arreglarte.

*brilho-de-conta (Flickr)

*brilho-de-conta (Flickr)

De repente llega ella y todo se acaba. Todas las ilusiones que tenías puestas, la mayoría por no decir todas, eran vanas, pero en tu mundo interior todo era posible. Te creías que tenías el viento a favor, que el universo te sonreía y que todos los astros se alinearían para ti en un corto espacio de tiempo. Que todo llega al que sabe esperar, y como dicen que lo bueno siempre tarda, lo tuyo iba a ser increíblemente bueno. Lo mejor.

Vivías en tu nube particular, veías donde nadie más veía nada, y te empeñabas en que era algo especial, que en realidad, sólo tú notabas. Creías que todas las señales te eran favorables. Que tu sexto sentido femenino te auguraba un desenlace feliz con un prometedor futuro. Las tenías todas contigo y pensabas que ibas a ser la reina del mundo. O de tu mundo. O de su mundo.

Y de repente, ¡zas! Aparece ella y te pilla sin arreglar. Como esa llamada de sábado noche, que te apremia a salir cuando tú estás en pleno plan “peli, sofá y manta”. No te pilla preparada para la ocasión, sino indefensa, relajada y fuera de juego. Y aunque en un principio no lo asumes, oyes un click en tu cerebro que te dice que algo ha cambiado, que algo es diferente y las cosas van a ser distintas. Y lo niegas con mucha fuerza, con toda la que puedes reunir en ese momento. “Será una broma”, piensas. “La gente habla mucho y ve cosas donde no las hay. Igual es su prima y nadie le ha preguntado”.

Claudio Sepúlveda Geoffro (Flickr)

Claudio Sepúlveda Geoffro (Flickr)

Pero en tu interior algo se empieza a romper, porque en el fondo siempre has contado con esa posibilidad. Te negabas a aceptarla como posible, te aferrabas a tu intuición, esa mala compañera que a veces nos juega tan malas pasadas. Tras la fase de negación, y muy poco a poco, empiezas a aceptar la idea. Te preparas para aparentar que nada ha cambiado, que no te afecta. Pero dentro de ti crece la rabia. Es el momento de las comparaciones, el “yo valgo más que ella”, el “no entiendo nada” y el desmoronamiento. Sueles volver a ese plan “peli, sofá y manta + extra de chocolate”. Nadie te comprende mejor que tu tarrina de helado, que te acompaña mientras lloras viendo la peli moña del momento, que tan bien refleja tus sentimientos.

No hagas, eso. No te compares, no te hundas, no te desanimes y no te abandones. Cada persona es un mundo, y tú eres tú. Con tus defectos y tus virtudes, con tus buenos días y los no tan buenos, tus blancos y negros, tus grises y toda su paleta de tonalidades. Eres distinta y única, es lo bueno de la diversidad, sino todo sería muy aburrido. Acepta que ese tren no era el tuyo, que te equivocaste esperando en ese andén, o que simplemente erraste en el horario. Abre los ojos, vivías en tu propia fantasía, y ahora es el momento de pasar página. No te lastimes de más, simplemente mira adelante que tu vida real te espera.

 

“¿Y sabes qué? Cuando menos te lo esperes puede pasar algo fantástico, mejor de lo que habías planeado nunca”. (Película “Y entonces llegó ella”)

Patricia.   

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