El traqueteo de la maleta por el suelo, las prisas por no llegar tarde, repasar de memoria lo que llevas en la maleta… Seguramente me dejo alguna cosa, es típico en mí. No pasa nada, sobreviviré. Será una anécdota más del viaje.

Llegas la primera al punto de encuentro y esperas al resto con ansia y nerviosa. ¿Por qué no están ya? No tardarán te contestas. ¿Me habré equivocado de hora? Sí, te has adelantado 10 minutos. Echas un vistazo al reloj cada 20 segundos, esperar te está matando.

Llegáis al aeropuerto, y entre risas y chismorreos (¿Cómo que te acabas de hacer la maleta? ¡Estás loco!), buscáis la puerta de embarque, con ganas de soltar la maleta, que por cierto ¿La precinto o no la precinto? Y para tu horror, observas una cola increíble de gente para tu mismo vuelo. ¿Señal de que es un buen viaje? ¿O más bien de que es un vuelo económico? ¡Qué más da! La emoción que te invade no la empeña ya nada.

Pasando el control de seguridad has vuelto a pitar como acostumbras, ¿los pendientes? Siempre me pasa lo mismo. A la vuelta intentaré acordarme de meterlo todo en la maleta. Inmortalizáis cualquier pequeño detalle, empezáis ya a abusar de selfies. En tu mente ya estás redactando el pie de foto de cada instantánea para tu diario del viaje.

Ding Dong… Se anuncia vuestro destino, ese que con tanta ilusión y ganas lleváis preparando desde hace tiempo. Miras y remiras tu billete por enésima vez para comprobar que está todo en orden. Los trabajadores de allí te saludan con cortesía, habituados al trajín diario de un aeropuerto. Para ti son nervios, para ellos rutina y trabajo.

Embarcáis y buscáis vuestros asientos, entre parones en los pasillo del avión, maletones que no entiendes por qué no las facturaron, gente tranquila, niños que corren. Da igual todo, es el comienzo del viaje y todo te parece insignificante.

 

Ding Dong , señores pasajeros, bienvenidos al vuelo…

 

 

“Una vez al año ve a algún lugar en el que nunca hayas estado antes”.  (Dalai Lama)

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