No quedan días de verano, el viento se los llevó

y un cielo de nubes negras, cubría el último adiós.

Y fue sentir de repente tu ausencia,

como un eclipse de sol,

porque no vas a mi vera.

 

— Días de verano (Amaral) —

 

Fuente: Silvia macario (Flickr)
Silvia macario (Flickr)

El tiempo vuela.

Es una de esas verdades que calan y que no pueden ser más ciertas. Hace dos días como quien dice estábamos hablando de las ganas que le teníamos al recién llegado verano, de  los miles de planes que teníamos para él y la de locuras que íbamos a vivir.

Y ya pasó. Más ruidoso que discreto, pero se acabó.

Adiós al bikini, el bronceado y la maleta cargada de ilusiones. A las fotos playeras en Instagram y los shorts que, a veces, dejan al descubierto más de lo que deberían. A los paseos tranquilos por la orilla de la playa mientras el agua helada refresca tus pies haciéndote sentir viva.

Así como un suspiro que se pierde sin remedio. Así como una gota de lluvia, condensando en su interior toda una tormenta por venir. De esas que vienen y se llevan todo lo que sobra. Sin preguntas y sin miramientos. Dejando a su paso un camino despejado y preparado para ser recorrido desde el principio.

Fuente: Juanedc (Flickr)
Juanedc (Flickr)

Es algo que flota en el ambiente, que se siente, que nos empuja hacia adelante. Es esa sensación melancólica y nostálgica que nos invade a los soñadores como yo, amantes de tiempos mejores y bonitos recuerdos pasados. Una certeza que anticipa el cambio, las ganas de renovarse, las  ganas de volar. Es la emoción contenida, el frenesí por hacer  y deshacer. Las ganas de ir y no volver.

Son momentos de cafés al atardecer, de compras y renovar el armario, de sacar las botas de agua. Son los bosques tiñéndose de colores pardos, marrones y rojizos. Son los días grises, las hojas que caen y que el viento arrastra. Son las lluvias que nos sorprenden sin paraguas y el olor a tierra mojada.

Es la taza de chocolate que saboreamos en la soledad de nuestra casa, el bizcocho recién horneado. La manta que nos cubre y la peli que acompaña. La lectura resguardada, las largas noches y las castañas heladas. Son mis series favoritas, las que comparten conmigo la noche. Es el refugio que buscamos en el calor de un abrazo.

Es la época del cambio, de los proyectos y las ilusiones. De las segundas oportunidades que buscan su momento de gloria, que quieren que creamos en ellas. Que nos lo piden a gritos. De colecciones que empezamos, del curso de inglés que se nos atragantaba. De ponernos las pilas, de coger carrerilla y de agarrarnos, que vienen curvas.

 

Fuente: Dani_vr (Flickr)
Dani_vr (Flickr)

Y me quedé pensando en lo bonito que es tener a quien contarle tus bocetos de futuro. Esos que nacen en noches de insomnio y la soledad del momento. Esos que nos mueven a cambiar, a mejorar, a buscar. Esos que tiran de nosotros hacia adelante, con fuerza y sin pausa. Porque la vida no es vida, si no hay con quien compartirla.

 

“¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida.” (Benjamin Franklin)

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