Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar

— Caminante no hay camino, Joan Manuel Serrat —

 

Fuente: Armando G Alonso (Flickr)
Armando G Alonso (Flickr)

Era una tarde cualquiera de finales de abril, y andaba perdida. Muy perdida. No recuerdo el tiempo que llevaba parada en el mismo lugar, sin reaccionar; a veces el tiempo es muy relativo.

En algún punto del camino me había detenido, cansada de andar por andar. Dicen que lo que importa es el camino a recorrer, más que el destino, pero yo miraba el semáforo, aquel semáforo que cambiaba de tonalidad una y otra vez mientras yo seguía mirándolo. No me decidía a cruzar la calle.

Vi pasar niños con su mochila de deporte, felices con una bolsa de golosinas en las manos, imagino que la recompensa por buen comportamiento. Vi a jóvenes en bicicleta, universitarios con sus carpetas cargadas de trabajos y apuntes por estudiar. Mujeres apresuradas en llegar a no sé dónde y ancianos que aprovechaban las últimas horas de luz para dar un paseo. Cada uno en su mundo, cada uno siguiendo su propio camino. Y yo seguía perdida.

Fuente: Rawle C. Jackman (Flickr)
Rawle C. Jackman (Flickr)

Anduve dando vueltas y vueltas, decidida a buscar y encontrar el camino, mi camino; pero no lo encontré. Me di la vuelta para desandar los pasos recorridos. Buscaba la orientación que en algún punto del viaje había perdido; o más bien, me había abandonado, a conciencia y sin avisar.

Pregunté, busqué. Lloré mi pérdida cual chiquilla que pierde de vista a sus padres por un instante.

La respuesta vino cuando ya no lo esperaba. Ya ni la buscaba, pero ella me supo encontrar a tiempo. Será cierto el dicho de que lo que tiene que llegar, tiene su manera de encontrarte, y de que lo bueno siempre llega. No lo tientes, no lo llames. Simplemente cree en ello. Y vendrá. Igual llega como un torbellino que pone patas arriba tu vida. Igual llega en silencio, como a  mí, para luego convertirse en todo un remolino de emociones.

Fuente: Alba Soler (Flickr)
Alba Soler (Flickr)

Y me dejé llevar, muy lejos de allí. Empecé a andar, di ese primer paso que dicen que inicia cualquier camino, por largo que sea. Y sin darme cuenta, empecé a correr, y hasta creí levantar los pies del suelo en algún momento. Una nueva ilusión me invadió, sintiéndome capaz de subir la montaña más alta y cruzar a nado cualquier océano que se me pusiera por delante en mi camino.

Fue una tarde cualquiera, lluviosa como acostumbra a ser abril. Aún la recuerdo, como también la calle en la que todo cambió. Miraba ensimismada aquel semáforo, hasta que me decidí a cruzarlo y a seguir mi camino.

Y pensé: “Yo sólo pasaba por aquí…”.

“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. (Rayuela, de Julio Cortázar)

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