“- ¿Y cómo conociste a mamá? ¿Fue como cuando el príncipe se enamoró de la princesa?

– No cariño, en la vida real no existen ni príncipes encantados ni princesas que pierden el zapato o que se despiertan de un sueño profundo por un beso.  Tu madre era una mujer de su época. Cuando yo la conocí…”

 

Fuente: Steve Corey (Flickr)
Steve Corey (Flickr)

Era una joven con muchos sueños en la cabeza y alguna que otra loca fantasía. Buscaba su pequeño espacio en el mundo y luchaba por conseguirlo a toda costa. Estaba acostumbrada a pelear por sus deseos, a no conformarse con un no, a buscar esas ventanas que dicen que se abren cuando nos cierran de golpe una puerta en nuestra cara.

Quiso descubrir mundo, no se conformaba con la rutina del día a día y se negaba a aceptar que el destino, su destino, ya estaba escrito. Se propuso crearlo. Quiso conocer más allá, vivir nuevas aventuras, descubrir nuevas experiencias, arriesgándose a sufrir decepciones, incontables imprevistos y numerosos desengaños de todo tipo. A nada le tenía miedo.

Aprendió que no por el simple hecho de querer algo, ese algo te viene dado, sino que has de ir a por ello, con uñas, dientes y lo que tengas a mano. Que nadie regala nada y que nada como el sabor de victoria cuando consigues algo por ti mismo. Que nada como lograr aquello que nadie pensaba que conseguirías; y que ni tú mismo lo creías. Y que sabe a gloria.

Fuente: Trey Ratcliff (Flickr)
Trey Ratcliff (Flickr)

Probó el sabor amargo de la soledad, de las ilusiones rotas y los reveses que no vio venir. De los nervios tontos y los disgustos que le hicieron llorar. De las pesadillas que la arrinconaron en sus sueños más oscuros, de los fantasmas que aguardaban en el rincón más inesperado, siempre preparados para aparecer de la nada.

Supo vivir con el peso de los errores del ayer, de los que a veces le costaba aprender. Contó los pasos que a veces retrocedía, siempre con intención de coger carrerilla. Y aunque a veces tropezaba en su intento de tomar impulso, siempre se alzaba con la cabeza bien alta. Si siete veces caía, ocho veces se levantaba.

Experimentó en su propia piel las mil formas que tiene la vida de sorprenderte, a veces para bien, aunque otras veces no tanto. Supo que aunque la experiencia es un grado, nunca estás preparado para todo lo que está por llegar. Que de todo se sale, aunque a veces nos cueste creer. Y que a veces, la mayoría de veces, es mejor seguir andando, y nunca volver.

Fuente: Indo A Paris (Flickr)

Indo A Paris (Flickr)

Nunca creyó en los cuentos de hadas, y supo que en su camino encontraría más de un sapo al que besar. Y aunque nunca esperó encontrar un príncipe, siempre supo que al final, antes o después, pero en algún lugar, encontraría a un compañero con el que soñar, cogerse de la mano y echar a andar.

Y juntos podrían, sin brujas, magos ni malvados, su propio cuento crear.

“Si sigues creyendo  el sueño que deseas se hará realidad” (La cenicienta, Disney)

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