Hay ocasiones en que no ves. No ves las cosas que tienes delante cuando lo único que buscas es la felicidad. Una felicidad que te ofusca, que te distrae, una felicidad que te absorbe como una esponja. No lo ves. Sólo ves lo que quieres ver, lo que necesitas, lo que te sirve.

(Federico Moccia)

 

Lali Masriera (Flickr)
Lali Masriera (Flickr)

Dicen que la cabeza es redonda para que los pensamientos puedan cambiar de dirección.

Anoche fue una de esas noches en las que mi mente volaba a mil por hora, ajetreada por el ir y venir de ideas que me rondan últimamente y que no consigo que salgan de ahí. Como si se tratara de una carrera de obstáculos, voy saltando de una a otra, pensando en cuál será la mejor, sin descartar ninguna pero sin decidirme del todo. Soy pura indecisión.

Me levanté en la soledad de la noche, cansada de dar mil vueltas y no dormir (que alguien me cuente dónde está el truco al contar ovejitas) y cogí mi taza de desayuno favorita. Regalo de una amiga y mi mensaje de buenos días diario, “Sonríe, hoy va a ser un gran día”. Salí al balcón para que me diera un rato el aire y calmar el desasosiego que me invadía. Es un hábito que me relaja, heredado de mi abuela, que disfruta como nadie de asomarse a su balconcito.

Dicen que las cosas se solucionan en el momento, y que el resto del tiempo es mejor no pensar. Así tú controlas a tu mente, y no ella a ti. Se llama energía mental, y creo que yo la desperdicio continuamente. No conozco el silencio mental, lo reconozco. A veces me pregunto si no inventarán algún día un interruptor para apagar tus pensamientos cuando no sean necesarios.

 

Anh Dinh (Flickr)
Anh Dinh (Flickr)

Asomada desde la altura de mi quinto piso vi algunos coches pasar, insignificantes y fugaces, como imagino que deberían ser los problemas de la vida. Permanecen ocultos hasta que aparecen doblando por una esquina, de repente, sin ser esperados y sin avisar. Nosotros los detenemos a veces sin querer, pues cual semáforos en la noche, entorpecemos su camino y los retenemos a la fuerza. Pero cuando les damos luz verde, siguen su camino, unos más raudos, otros más tranquilos, pero siempre acaban desapareciendo por algún lugar.

Vi también a gente pasar, sobre todo gente joven que se hacía notar allá por donde iba, sin duda por ser viernes noche y por el efecto del alcohol. Alguna pareja retrasada del grupo de amigos, remoloneaba abrazada buscando su momento de intimidad, mientras los amigos fingían no darse cuenta y entre gritos y risas comentaban los detalles de una gran noche, al menos para ellos.

En los edificios vecinos vislumbré luces y vida, que aunque pocos por no decir poquísimos, corroboraban  el dicho de que una ciudad nunca duerme. Quizá eran solitarios soñadores en busca de su propia musa; amantes para los que las 24 horas de un día no son suficientes; o escritores embriagados por su pasión para la que no ponen horarios ni límites.

En un arrebato de inspiración, cogí mi agenda de ideas, esa que relleno de mil planes imposibles, de los que hago muy pocos por falta de tiempo o de voluntad y empecé a apuntar todo lo que bullía en mi cabeza. Todo, sin pararme a pensar si eran buenas o malas ocurrencias; eso ya lo haría al día siguiente. Ideas y más ideas iban tomando forma. Meditación en estado puro.

Perdí la noción del tiempo del espacio. El sueño siguió sin hacer acto de presencia, pero la quietud de la noche ayudó a poner en calma mis pensamientos. Era como si necesitara un organizador mental para poder ordenar todo lo que crecía en mi interior. Mi súbita inspiración me acompañó hasta que apareció el sol.

 

Hans Veneman (Flickr)
Hans Veneman (Flickr)

Y para cuando el sol empezó a despertar a la ciudad y a darle vida, yo reposaba cabeza y espalda contra la pared de mi pequeño balcón. Mirando el cielo y aquel bonito espectáculo de un amanecer, no pudo evitar sonreír y apretar con fuerza aquel diario de proyectos, promesa del nuevo día que se abría ante mí.

 

“Dentro de veinte años a partir de ahora te arrepentirás de las cosas que no hiciste, así que suelta las amarras y navega fuera de tu zona de confort, busca el viento en tus velas. Explora, Sueña, Descubre”. (Mark Twain)

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