“Mi abuela tenía una teoría muy interesante; decía que todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos… necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos… Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre al alma”.

(Como agua para chocolate)

 

Stéphanie Kilgast (Flickr)
Stéphanie Kilgast (Flickr)

Dicen que el helado es un magnífico digestivo con múltiples beneficios para el cuerpo. También dicen que tu sabor favorito de helado puede definir tu personalidad: tierno como el dulce de leche, fresa para los introvertidos o chocolate para los más dramáticos y seductores.

En eso estaba yo pensando, ensimismada como es habitual en mí, mientras veía pasar a la gente tras el cristal de aquella cafetería que me tenía enamorada. Había sido todo un descubrimiento, una recomendación de una amiga, y desde entonces aquel pequeño espacio se había convertido en uno de mis favoritos de la ciudad. Su toque parisino me hacía perder la noción del tiempo cada vez que me dejo caer por allí.

El día había sido intenso hasta el punto de ser agotador; a esas horas lo que mi cuerpo me pedía a gritos era llegar a casa y refugiarme en el calor de mi sofá. Pero en un momento de rebeldía espontánea, mis pies me dirigieron hacia mi rincón, aquel que inspira mis tardes más entretenidas, me llena de energía positiva  y compensa los desencantos más punzantes.

Sentada sola, delante de un enorme escaparate de lo que es la vida de cualquier ciudad cuando empieza a caer la noche, un pensamiento fugaz cruzó mi mente. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos? Demasiado. No quiero ni hacer memoria, había sido lo peor mejor que podía haber pasado entre los dos después de todo.

M I S C H E L L E (Flickr)
M I S C H E L L E (Flickr)

Una punzada de melancolía me atravesó, trayéndome de vuelta a la realidad. Esa realidad en la que cada uno hacía su vida tras haber tomado caminos separados tiempo atrás. Es curioso como el caprichoso destino hace y deshace a su voluntad; nos pone o nos quita personas en nuestra vida, sin preguntarnos si quiera nuestra opinión.

Y por un instante el impulso de llamarte se apoderó de mí.

Uno de esos impulsos que te sobrecogen, te envuelven y sacuden de la manera más inesperada. Fue como si siempre hubiera estado ahí aunque no lo supiera. La única opción de todas las posibles, escondida a la espera del asalto final. Pero espera, llamarte, ¿y decirte qué? Quita, quita. Mejor sigo dándole vueltas al café.

No habría sabido ni qué decirte. ¿Hola, cómo estás? Como si fuéramos unos simples conocidos, que en contadas ocasiones se acuerdan el uno del otro. ¿Qué haces? Estaba pensando en ti.  Como si tuviéramos esa condición de ser algo más que amigos que te otorga el privilegio de preguntar a cualquier hora, cualquier cosa. No, probablemente quedaría insulso, a destiempo y fuera de lugar.

Te imagino feliz, como siempre has sido, tachando logros de esas larga lista de propósitos que una vez te ayudé a escribir. Superándote como pocos hacen, escribiendo tu propia historia como sólo los elegidos saben. Siempre supiste destacar, ganar y ser tu mismo, a la vez que único y original.

 

Tom Hoyle (Flickr)
Tom Hoyle (Flickr)

Al llegar a casa, me quité lo primero los zapatos, pura tradición y bendito descanso. Me dirigí a la nevera como una autómata que sabe lo que tiene que hacer sin plantearse si quiera los pasos a seguir. Abrí la puerta y allí estaba mi querida aliada: una tarrina de helado de vainilla. Dispuesta a hacerme compañía en una tranquila noche mientras tu recuerdo me hacía jugarretas.

Dicen que el helado de vainilla es el favorito de los idealistas e impulsivos.

 

“Para tener hermosos ojos, mira por el bien de los demás. Para tener hermosos labios, pronuncia solo palabras de bondad. Y para el equilibrio, camina con la certeza de que nunca estás sola”. (Audrey Hepburn)

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