“- ¿Sabes cuándo comencé a amarte?
– La noche en que te sentaste sobre esa ridícula piña.
– ¿Qué? Yo la primera vez que tocaste aquel tonto silbato.
– Oh, mi amor.”

– Sonrisas y lágrimas –

Marcos de Madariaga (Flickr)
Marcos de Madariaga (Flickr)

Nietzsche  afirmaba que la vida, sin música, sería un error. Tremendo, añadiría yo.

Soy seguidora de numerosas series, la mayoría de ellas en versión original, aunque creo que esto ya os lo había contado antes… Hace un rato, viendo el nuevo capítulo de una de ellas, la escena final me ha emocionado sobremanera. Era una secuencia intensa, el reencuentro de los dos protagonistas tras una larga separación.

Y sí, el momento ya era electrizante de por sí, pero no hubiera sido lo mismo de no ser por la música que sonaba de fondo. Insuperable e inseparable, como el yin del yang, el blanco del negro, o Romeo de Julieta. O Julieta de Romeo, que para el caso es lo mismo.

No conocía ni la canción ni el artista, pero me ha enganchado desde las primeras notas. Es como si algo hiciera click y estuviera ante un nuevo descubrimiento. No me suele pasar con todas las canciones, pero las hay que al momento de  escucharlas, quieres volver a oírlas una y otra vez. Pulso repeat y que sea lo que tenga que ser.

Si me pongo a hacer memoria, diría que nací con los cascos ya puestos…

photosteve101 (Flickr)
photosteve101 (Flickr)

De niña me entusiasmaba bailar, más que cantar; nunca he sido de cantar… ¡y menos en la ducha! Dedicaba mi tiempo libre a crear graciosas coreografías, algunas con más estilo que otras. Me imaginaba cual célebre bailarina interpretando la danza de su vida y no dejaba que ninguna canción que me gustara se me escapara. Hasta las lentas.

Con los años, llegaron los grupos de moda que arrasaban entre quinceañeras, año arriba, año abajo. Fueron los primeros conciertos, las horas de espera para conseguir la primera fila, para poder gritar y cantar hasta quedarme sin voz. Fueron las largas colas para conseguir un autógrafo, colgar pósters en las paredes de mi habitación y forrar la carpeta del colegio con fotos de chicos guapos y famosos.

Dicen que la música que escuchas te define y deja vislumbrar tu personalidad. El pop se asocia con personas tranquilas y felices, mientras que el hip-hop y el funky con los más extrovertidos. Las personas imaginativas, tolerantes y liberales son aficionadas al jazz, mientras que el heavy metal es para curiosos e introvertidos y confiados.

Curioso, ¿verdad?

La música, como los colores, es cuestión de gustos.

He vivido el cambio del casete al CD, del walkman al MP3 y todo lo que ha venido después. Soy de la generación de ir escuchando música a todos lados: en el metro, al trabajo, para andar,… Soy de las que cambia de canción según el momento para encontrar la que más le pega a la situación.

Y admito que yo también me he imaginado protagonista de un fabuloso videoclip, caminando con estilo mientras escuchaba con los cascos mi canción favorita. Como toda una estrella interpretando un papel digno del más alto reconocimiento de la MTV.

 

Enrique Fernández (Flickr)
Enrique Fernández (Flickr)

Hay canciones para cada ocasión y para cada persona. Melodías que te traen recuerdos de un acontecimiento en concreto, importante o no, eso a veces no es lo que cuenta, sino el recuerdo. Caras que van unidas a un son, sonrisas que se escapan solas, y alguna que otra lagrimilla también.

Hay situaciones que sin música no serían lo mismo. Como la entrada de la novia al altar, el “We are the champions” tras una dura final o la suave melodía que suena de fondo en la clase de yoga, dejando tu mente vagar, fluyendo como el agua del río.

No nos suele gustar la soledad, y en nuestra búsqueda de buena compañía, la música nunca falla. Nos acompaña en la carrera que hacemos para coger el autobús, en los largos viajes en coche, pero también en los cortos trayectos hasta el trabajo.

En las tan concurridas y de moda runnings, en algún que otro rato de aburrimiento. Cuando ríes, cuando lloras, cuando no quieres hacer otra cosa. Cuando apoyas la cabeza en el hombro de tu pareja y te olvidas de todo lo demás.

Y es que dicen que la música es social, que potencia las relaciones y nos ayuda a sentirnos en grupo. Que puede mejorar tu estado de ánimo, pero cuidado si no es tu mejor momento… Que es aprendizaje, pero también diversión. Que es alegría y tristeza, compañía y soledad, un lujo y una elección.

Y ya que es una elección, escoge bien tus canciones, tus momentos y tus pasos de baile. Crea tu propia banda sonora. Que a mí al menos, me gusta poner música a todo. Me gusta no, me encanta.

 

Me pierde.

“Tienes que vivir la vida para la que naciste. Escala todas las montañas. Busca por doquier. Caminos sinuosos. Y cada senda que veas.” (Sonrisas y lágrimas)

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