Rojo, tiene que ser rojo.

Que si hay que ser cabezona, se es. Aunque sea una de esas ocasiones en las que por más que busques algo, ese algo no se deja ver. Como si jugara al escondite o tuviera la habilidad de hacerse invisible cuando más lo necesitas.  O porque no encuentras lo que quieres, que es lo que me suele pasar a mí. A veces peco de perfeccionista.

Rojo. Papá Noel. Ese hombre regordete que hace feliz a los niños y no tan niños que han sido buenos durante todo el año. Porque trae la Navidad, la ilusión infantil y la magia de creer. Porque reaviva la felicidad, las buenas intenciones y los mejores deseos. Y porque seguro que nos trae algún que otro par de calcetines que nos hacía falta.

 

Trey Ratcliff (Flickr)
Trey Ratcliff (Flickr)

Ojalá se pudiera congelar el espíritu navideño en tuppers para disfrutarlo a lo largo de todo el año.

Rojo. Como la tinta de ese boli con el que tachas los propósitos que has cumplido este año. Vale, igual no son muchos, pero seguro que esa lista que ahora estás escribiendo (no la dejes en tu mente, se te olvidará), el año que viene a estas alturas estará llena de tachones rojos. Escribe lo importante y hazlo. Cumple lo que te propongas, de ti depende. Que no se queden en unas líneas escritas en un papel.

Porque este año, sí.

Porque otra vez estás donde hace un año. Volverás a hacer balance, una vez más, del año que termina, como cantaba Mecano hace un tiempo. Echarás la vista atrás para recordar lo bueno, lo mejor y lo no tan malo. Que sí, que hay cosas que es mejor olvidar, que ahora no es tiempo de amargarse.

Que todos nos ponemos nostálgicos, aunque a algunos les cueste un poco reconocerlo.

Y entre la morriña y el torrente de recuerdos que nos invaden estos días, yo me quedo sin duda con esas pequeñas historias que no entraban en mi agenda. Las que llegaron sin permiso y por sorpresa, pero decididas a quedarse.  Las que me hicieron cambiar de planes en algún momento y de las que hoy presumo orgullosa. Este blog, por ejemplo.

Y con él, vosotros.

 

Steve Miller (Flickr)
Steve Miller (Flickr)

Rojo. Como la caja de bombones que no puede faltar estos días. Trufas, polvorones o turrón, que para el caso, es lo mismo. Que no necesitas ninguna excusa para abrirla, es Navidad. Ya vendrán enero y el propósito de hacer dieta (¿o no está en tu lista?). Que si son kilos de felicidad, bienvenidos sean.

Sean bombones o sean regalos, es época de tirar de esos lazos que los envuelven, de disfrutar como si fuéramos niños. De pensar y acertar. De recrearnos envolviéndolos. De guardarlos en secreto. De disfrutar con las caras de felicidad que pone quien los recibe.

De abrazar sin venir a cuento, que aunque no se envuelve, un abrazo puede ser el mejor regalo.

Sigo buscando. Y no, no soy supersticiosa ni creo en los “por si acaso”. Que la Navidad está llena de tradiciones y topicazos, y no soy dada a creérmelos todos. Que algunos dicen que un lacito rojo ahuyenta la mala suerte. Ahí no entro. Pero me gusta empezar el año con algo rojo. Cada uno tiene sus manías, supongo.

Rojo. Pasión. Vitalidad. Coraje. Confianza.

Rojo. Atracción. Para que no se quede nada en el tintero. Para atraer como un imán todo lo que me proponga, que querer es poder. O al menos, se ha de intentar. Que en eso sí que creo, en que te conviertes en lo que piensas. Elige bien tus pensamientos.

David D'Agostino (Flickr)
David D’Agostino (Flickr)

Pero antes de decir adiós a los últimos doces meses, antes de dar la bienvenida a 2015, aprovecharé los últimos momentos de este año y brindaré por mí.

Brindaré por mis virtudes y también por mis defectos, que de todo se aprende. Por mis logros de este año, que lo suyo han costado, y por los que están por venir, que no serán pocos. Por lo que quiero y por lo que lucharé con uñas y dientes. Por un año en el que me propondré menos, y haré más.

Haré muchísimo más.

Brindaré por los buenos amigos, esos que un año más siguen a mi lado. Por los nuevos, esos que se han ganado un huequecito en mi vida. Por los buenos momentos, las contagiosas risas y las lágrimas compartidas, que haberlas, haylas. Por todo y por nada, como dice el dicho.

Por los míos, todos y cada uno.

Y mientras llega el día 31, seguiré buscando algo rojo.

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