“Cuanto más difícil es hacer algo, mayor es la recompensa que te espera al final”.

(Big fish)

 

Hammonton Photography (flickr)
Hammonton Photography (flickr)

¿Blue Monday? ¿El día más triste del año? Apagué la radio para no seguir oyendo aquello tan deprimente que estaban contando de buena mañana. Como si madrugar no fuera ya de por sí suficientemente duro, y más en invierno, cuando abandonar la cama se convierto en todo un reto.

Como si fuera posible medir los sentimientos con algoritmos matemáticos y fórmulas científicas

Deprimentes pueden ser algunos comienzos, como los lunes, los madrugones o la vuelta de vacaciones. Como los días que amanecen nublados y lluviosos, y más cuando la tormenta te encuentra en plena calle y sin paraguas. Como los comienzos de finales que se abren paso ante tus ojos sin que puedas hacer nada por detenerlos.

Terminé de atarme las zapatillas de deporte y salí disparada por la puerta. Es una costumbre que tengo, el ir corriendo a todos los sitios. Suelo ir siempre acelerada, incluso aunque vaya con tiempo; y si no lo tengo, no corro, vuelo.

Me puse los cascos en cuanto pisé la calle y me dispuse a retomar una vieja costumbre que tenía abandonada, salir a andar. Que tampoco es que haga yo mucho deporte y algo habrá que hacer. Puede que no esté considerado deporte olímpico, pero a mí me sirve.

Será por aquello de año nuevo, vida nueva.

Que todo es proponérselo e intentarlo, y no será por falta de ganas. Estoy decidida a desempolvar aquellos planes que en algún momento intentaron convertirse en acciones, pero que yo había dejado aparcados hacía demasiado tiempo. Que la pereza es mala consejera y el tiempo vuela.

Sentir el aire de primera hora de la mañana acariciándote la cara es todo un lujo. Es un nuevo despertar del sueño que creías haber abandonado en la cama, pero que te acompaña en tu paseo. Es sentirte libre y ligera. Es poder reflexionar y tomar las decisiones importantes que dejaste sin respuesta el día anterior en la ducha.

Es ver cómo la ciudad se pone en marcha y empieza a caminar. Niños con cara de pocos amigos por tener que ir al cole, ejecutivos que ya van colgados del teléfono móvil desde buena mañana, y deportistas que como yo, igualito que yo, empiezan el día de la manera más saludable posible. Y personas mayores, que si te crees madrugadora, cuando tú vas, ellos vuelven. Don’t worry, cada uno tiene su ritmo.

Venirse arriba.

Estaba feliz. Radiante. Eufórica. Oculta tras mis cascos y mi cara de dormida, celebraba en silencio la buena noticia que había recibido tan sólo unas horas antes. En mi cara lucía una de esas sonrisas, enigmática y hasta contagiosa, que hace a la gente preguntarse en qué estarás pensando para reírte sola por la calle.

Alegría en mayúscula y con acento.

Como reencontrarte con un viejo amigo al que hacía mucho tiempo que no veías y con el que podrías hablar durante horas y horas. Como recibir la última nota (aprobada) de la carrera. Como escuchar tu canción favorita en la radio. Como cobijarte en uno de esos abrazos-de-osos que todos anhelamos y del que soltarte es tan difícil.

Como leer un “¡Buenos días!” en el post-it que alguien te deja en el cristal del cuarto de baño. Como descubrir que han venido a recogerte al aeropuerto tras un largo viaje. Como entrelazar las manos mientras cae la tarde y os perdéis paseando por la ciudad.

Los paseos matutinos dan para mucho, y si no que me lo digan a mí. A ritmo de Coldplay andaba yo pensando en lo absortas que vamos las personas por la calle. Tan concentradas a veces en nuestras cosas que no vemos lo que nos pasa por delante. Esperando a que el semáforo cambie a verde veo un niño que me mira con curiosidad; le saco la lengua y sonríe. Benditos niños.

Venirse arriba.

Curiosa expresión. Está tan de moda, que hasta le han creado una banda sonora propia. Cosa que en el fondo no es tan raro, ya que todos solemos asociar momentos concretos de nuestra vida con alguna canción que nos ha marcado. Sensaciones, recuerdos, instantes.

 

Patricia.

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