“Los recuerdos son fotografías tomadas por el corazón”. (Walt Disney)

 

Tengo frente a mí a un chico, guapo no, guapísimo. Alto, con unos intensos ojos azules de esos que embelesan y te clavan los pies al suelo. Con una sonrisa que te hace olvidar lo que fuera que ibas a decir y cara de no haber roto ni un solo plato en su vida. Parece no darse cuenta de que la rubia que le habla más que ponerle ojitos, se lo está comiendo literalmente con la mirada.

Selena Wells (Flickr)
Selena Wells (Flickr)

Aparto la vista y me centro en mi portátil, que lleva un rato esperando si le hago caso o si se pone a ver la película conmigo. Doy un pequeño sorbo a mi té y miro la taza. Le pongo ojitos, como la rubia de la película. La compré hace años en París, cuando estudié allí.

Efecto boomerang.

Curioso como un simple gesto es capaz de abrir la caja que guardo con mucha dedicación y esmero. Una caja, de las mucho que colecciono, pero no una cualquiera, no, sino la caja. Única en su contenido y personal 100%. Llena de buenos recuerdos, mejores momentos y sentimientos propios. Guardiana de carcajadas escandalosas, promesas de futuro e inesperadas sorpresas.

Un sinfín de escenas empieza a desfilar ante mis ojos, haciéndome olvidar a la incierta pareja televisiva. Será cierto aquello de que siempre acabamos volviendo a los lugares en los que fuimos felices. Los que nos marcaron o nos cambiaron. Los que recomendaremos a todo hijo de vecino con gran entusiasmo y sin atisbo de duda. Los que componen nuestro propio álbum de recuerdos.

Recuerdos que nos roban más de un suspiro.

En blanco. Llevo un rato intentándolo y no hay manera. Decididamente hoy es uno de esos días tontos en los que nada te sale como debiera. O como te gustaría, que no siempre es lo mismo. La inspiración ha decidido esconderse y espera que la encuentre. La película me roba más tiempo del que merece, mejor apago la televisión y estiro un poco las piernas.

Le doy al play a una de las listas de reproducción que guardo por mi ordenador. Bandas Sonoras. Una etiqueta más. Y mira que nos gustan… Con la excusa de “poner las cosas en orden”, abusamos de ellas. Etiquetas para todo y para todos, aquí nadie se libra.

Nos etiquetamos en todas las redes sociales posibles, que no se nos escape ninguna. Nos etiquetamos a nosotros mismos, en plan molón, y a todo el que esté cerca, sea amigo o no, eso es secundario. Tiramos de etiquetas para clasificar a personas, cosas y situaciones, como aprendimos ya de niños, a base de prejuicios y de estereotipos, aunque pocos lo reconozcan.

Abusamos de hashtags, cuantos más mejor, que es lo que se lleva. Usamos extranjerismos y spanglish, que es muy cool, aunque tengamos palabras en nuestro idioma para ello. Como el Personal branding que tan de moda está, y que algunos lo usan sin saber realmente de lo que hablan.

Personal branding: to be or not to be

Misspixels (Flickr)
Misspixels (Flickr)

 

En nuestra propia marca o seña de identidad. Es lo que vendemos de nosotros mismos, aunque no tengamos un claro perfil comercial. Es lo que nos diferencia del resto y nos hace únicos, como dicen los manuales de autoayuda que abundan hoy en día. Manuales de salvación, los llaman.

Es esa huella, pequeña o grande según se mire, que dejamos en otros. Es el recuerdo que creamos, bueno o malo, no siempre depende de nosotros; pero que no se diga que no pusimos todo de nuestra parte. Que vale más intentar que quedarse de brazos cruzados.

Es lo que hacemos y lo que decimos, el qué, el cómo y cuándo. Aunque definitivamente, pesen más los actos que las palabras. Quizá porque es lo más visible, quizá porque es lo que nos define. Que hay palabras que se las lleva el viento, pero también las hay que se graban en la memoria. Y permanecen ahí, a pesar de creerlas olvidadas.

Construir, no destruir.

Es hacerse notar y sentir. Es destacar y sobresalir. Que no hace falta ser un sabelotodo ni estar hasta en la sopa, pero sí saber estar. Es decir “aquí estoy yo” y efectivamente estarlo. Es salir del estado de invisibilidad en que a veces nos acomodamos sin darnos cuenta y que nos hace perdernos.

Es dejarse encontrar, aunque no sepas ni que te están buscando. Es saber cuándo sí y cuándo no, cuando depende de ti o cuando es cuestión de otros. Es ser tu mejor yo, creértelo y demostrarlo, sin que te creas superior.

Rescaté el portátil de su letargo y comencé a escribir a ritmo de Elvis Costello. La inspiración vuelve cuando menos te lo esperas…

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