“Nuestra suerte no se halla fuera de nosotros, sino en nosotros mismos y en nuestra voluntad.” (J. Robert Oppenheimer)

 

Linda (Flickr)
Linda (Flickr)

El azar es el culpable de que muchos caminos, que de otro modo no lo harían, se crucen en algún punto. Se encuentran, se separan poco después o siguen juntos hasta llegar al mismo destino. El azar mueve los hilos a su antojo, se ríe de nuestras caras de sorpresa y nos alienta en silencio cuando nos surgen dudas.

El vapor del café adoptaba una silueta infinita que se fundía con el aire. El contraste con el exterior no podía ser más fuerte: el frío era infernal a la vez que invernal. Que es lo que “toca” en esta época, pero no en esta zona. En Valencia no tenemos temporadas de frío, más bien tenemos días de frío polar. Como solemos decir, no estamos acostumbrados al frío.

La chica que nos atendía, nos trajo unas galletas, regalo de la casa según dijo, para acompañar nuestra tertulia. Laura y yo éramos amigas desde nuestros años de universidad. Mucho había llovido desde entonces, pero aún conservábamos la bonita costumbre de vernos siempre que podíamos y mantenernos al día. ¡Y que dure mucho!

Crucemos los dedos.

 

Carmen Jost (Flickr)
Carmen Jost (Flickr)

Una herradura colgaba sobre la puerta de entrada de la cafetería. Descansaba hacia arriba, de una forma protectora, según algunos. Aunque otros dirían que mejor ponerla hacia abajo, de manera que ”derrame” la buena fortuna sobre todo aquel que pase por debajo. Y no, yo no creo en supersticiones ni nada parecido, pero conocer a personas que creen “por si acaso”, te tiene que influir de alguna manera.

Recetas prescritas por la cultura popular.

Yo me inclino más por aquellos que defienden que la suerte no se tiene, ni mucho menos se nace con ella. La suerte se gestiona. Se imagina para poder crearla, se lucha por poder mantenerla y se pierde si no se cuida.

Laura y yo no fuimos al viaje de fin de carrera ni nos propusimos un plan alternativo. En uno de nuestros últimos cafés, llegamos a la conclusión de que teníamos pendiente un viaje. Ese viaje. ¿A dónde? A Nueva York. Que seremos modestas, pero de vez en cuando apuntamos alto.

Tentemos a la suerte.

Siempre asocio a Laura con momentos de buena suerte. De alegría, esperanza, ilusión, positivismo. Casualidades o no, es un imán que atrae buenas noticias. Quedar con ella suele ser sinónimo de ellas. Nuestras despedidas suelen acabar en promesas de una futura celebración.

Y no sé si hay personas con buena o mala suerte, pero no lo creo. Más que buena o mala, todo depende de cómo veamos las cosas. De nuestra experiencia pasada y nuestros prejuicios. De si tenemos una visión optimista por naturaleza o si dejamos que el negativismo tome la palabra y decida por nosotros.

Porque vemos lo que queremos ver.

O lo que nos hacen ver. Que hay mucho desalmado suelto.

Que la suerte, por si sola, no existe. Se trabaja. Se consigue. La creas y le das forma. Por ti mismo y para ti. Que nadie te regala nada, lo logras tú solo. Que nada te cae del cielo, te lo ganas. Que no hay pactos válidos, salvo contigo mismo.

Es estar en el momento oportuno y en el lugar que tocaba. Es coger el tren correcto aunque no conozcas el último destino. Es ver la luz cuando parecía que nunca iba a llegar el día. Es saborear la victoria cuando dabas por perdida la batalla.

Porque lo mereces.

Y no es cuestión de amuletos, aunque todos los tengamos. ¡Yo la primera! Por el “por si acaso”, ya sabes. Amuletos de la suerte o contra el mal de ojo. Para curar un problema de salud o aprobar un examen. En la variedad está el gusto.

Laura es uno de ellos. Es mi fuente de buenas noticias. Es saber que aunque haya un mal día, me esperan días mejores por llegar. Es tener una palabra amiga tanto si la necesitas como si no. De las sinceras, esas que a veces escasean.

 

hom26 (Flickr)
hom26 (Flickr)

Porque es necesario saber que aunque el tiempo pase y todo cambie, hay cosas que permanecen invariables. Esperándote. Porque es necesario saber que si hay que trabajar por lo que uno quiere, que sea con uñas y dientes. Sacar la artillería pesada y no esperar que llegue. Es llamarle y hacerle venir. Enseñarle el camino y hacer que se quede.

Porque es necesario no ponerse límites, si acaso nada más que los necesarios. Es aceptar que habrá dudas y altibajos, que unos días estarás arriba y otros abajo, pero siempre avanzando. Paso a paso y a buen ritmo. Nunca te pares.

La herradura fue testigo de nuestra despedida. Hasta la próxima quedada. Hasta la próxima celebración. ¿El viaje? Ojalá.

 

Que la suerte nos acompañe.

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