“Sonríe, verás lo divertido que es desentonar con el resto de la gente”.

 

Magic Madzik (Flickr)
Magic Madzik (Flickr)

Hay días en los que despiertas y no te espera nada “especial” por delante. Amanece como de costumbre, te levantas y sigues automáticamente la misma rutina de siempre. Casi ni piensas en nada más allá de lo que tienes que hacer en ese momento. Porque no hay mucho más en lo que pensar. O eso crees.

Especial. Cómo me gusta hablar de las cosas importantes y especiales. Como a todos, supongo. De esperarlas, como agua de mayo. De soñar con ellas incluso estando despierta. De recrearme en ellas una y otra vez, dándole al play de mi imaginación y desgastando el botón de repeat de tanto usarlo.

De hacerles hueco en mi agenda, señalando el día D y la hora H aproximada, con bolis de colores, post-it y cintas de washi tape. Lo que haga falta. De planificarlas de principio a fin, para disfrutarlas desde el minuto cero, como si fuera una retransmisión de un Madrid-Barça. De pensar en mañana y en lo que vendrá, de conjugar en tiempo futuro la felicidad.

El pasado jueves era uno de esos días, gris, aburrido y sin grandes planes a la vista. De camino al trabajo, apuraba el paso para no perder el bus. Dichosos autobuses que juegan a pasar por delante de tus narices cuando estás parada en el semáforo, para verlos marchar… Parece que lo hacen a propósito. Les falta sacarte la lengua.

Paul Stevenson (Flickr)
Paul Stevenson (Flickr)

Estando allí parada esperando a que el color del semáforo cambiara a verde, de repente oí mi nombre. Se me hizo raro, son horas en las que las calles no están casi ni puestas. Tremenda alegría cuando al girarme descubrí una enorme sonrisa que hacía algún tiempo que no veía. Una antigua compañera de trabajo. Excompañera, mejor dicho, aunque suene no mal, sino fatal. Una buena amiga que aún conservo. Por suerte.

Lazos bien fuertes, que ninguna tijera puede cortar.

Y es que dicen que una sonrisa es la mejor de las medicinas que podamos tomar. Se prescribe sin receta y sin ser titulado médico. Se contagia con asombrosa y gran facilidad sin importar raza, edad o sexo. Liberan todo tipo de analgésicos naturales que no los busque en farmacias, no, porque no los encontrarás.

Una sonrisa trae felicidad, para ti y para todos aquellos que estén contigo. Genera confianza, buen rollo y positivismo. Atrae, seduce y enamora. Es el mejor vestido que puedas llevar puesto y no hay maquillaje que la iguale. ¡Y es gratis! Cosa rara en estos tiempos. 

Es llave que abre la puerta de las reconciliaciones, esas que en ocasiones parecen insalvables. Es capaz de obrar milagros, calmar tempestades y crear las mejores melodías musicales. Es capaz de aliviar nuestras penas, aunque no las solucione, eso es cosa nuestra. Nos relaja, nos da energía, nos da vida. Nos damos vida.

No la escondas y compártela, dicen que no es bueno ser egoísta.

Un gesto sencillo, pero especial. De los que nos gustan a todos. De los que debería ser un hábito diario, como lo es comer no sé cuántas piezas de fruta al día y hacer ejercicio. Derecho y deber. Sonreír sí o sí. De los que nacen solos, sin pensarlo, sin obligarnos a hacerlo. Natural y espontáneo 100%.

El tiempo vuela, pero más voló nuestra conversación. Apuramos los minutos de espera en la parada del bus para contarnos todo lo contable. Todo lo que en otra ocasión contarías junto a una taza cargada de café. Que no era poco, todo sea dicho. Y lo que no dio tiempo, lo dejamos para ese café cargado, una tarde cualquiera en una cafetería cualquiera. La excusa era vernos.

Bonita formar de empezar el día. Un día gris, aburrido y monótono en un principio. Que no prometía mucho, hasta que empezar a prometer muchísimo. Que empezaba como otro cualquiera, hasta que se convirtió en un día que valdría la pena recordar. Y no por grandes cosas, sino por un pequeño “accidente”.

Porque de un reencuentro mañanero, inesperado y casual, vendría uno mejor y más multitudinario. Con café y tarta de chocolate de acompañamiento. Rodeado de una buena compañía, de las mejores, de las que por años que pasen, siguen intactas. De las que te acaban sabiendo a poco y acaban pensando en la próxima.

Ben Smith (Flickr)
Ben Smith (Flickr)

Porque siempre hay una próxima. Una próxima llamada, inesperada pero bienvenida, cuando estás perdido en el supermercado haciendo la compra. Un próximo reencuentro casual mientras paseas al perro un día cualquiera. Un próximo mensaje de última hora que te alegra lo que queda de día. O de noche.

Porque si es bonito empezar el día con una sonrisa, mejor aún es acabarlo sonriendo.

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