Salir primero, dejar entrar.

Dice un conocido novelista, que si eres suficientemente valiente y te atreves a decir adiós a algo o a alguien, la vida te recompensará. Te brindará un nuevo hola, una nueva oportunidad, una nueva salida. Te repartirá nuevas cartas para seguir jugando la partida, la misma que creías que ibas a perder hace poco. Y podrás aportar fuerte, arriesgar y hasta sonarás a ganador.

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Philippa Willitts (Flickr)

Salía del trabajo, eran las cinco de la tarde y volvía andando a casa. Un pequeño lujo que me puedo permitir gracias a la cercanía de la oficina. Modo desconexión encendido, música que a través de los cascos aceleraba mi paso y un bullir de ideas por ordenar. Por mi camino me crucé con niños que salían del colegio, felices y enérgicos, como yo. Y eso que no era viernes…

Estando parada en un semáforo, un panfleto llamó mi atención. Entre pisos compartidos, clases de repaso y un curioso “Prohibido pegar carteles”, un curso de yoga permanecía medio oculto, esperando ser descubierto. En una reducida hoja de color pastel se prometía paz interior, equilibrio, aliviar la tensión y el tan odiado estrés, con una primera clase de prueba gratuita.

Dicen que hay que saber dejar ir las cosas, que sólo así comprobaremos si son verdaderamente nuestras. Si lo fueron en su día, pero no lo serán nunca más. Si se marchan ahora, pero volverán en algún momento. Si no las tuvimos nunca y vivimos durante mucho tiempo con una venda en los ojos. Creyendo con fe, esperando una repuesta que creíamos que llegaría. En vano.

Porque lo tuyo, tuyo es.

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Jevgenijs Slihto (Flickr)

Hay que saber dejar lo que no nos crea valor, lo que todo el mundo conoce como “ser un cero a la izquierda”.  Todo aquello que resta aun cuando tiene el signo de suma. Lo que frena, lo que ata, lo que entorpece el paso hasta al más ágil corredor. Que el equipaje no lastre tus alas, como dice la canción.

Hay que saber dejar todo aquello que nos asusta, lo que nos paraliza y nos crea indecisión. Tomarlo como un fuerte impulso y seguir caminando. Porque si no saltas esa valla, te perderás lo que se encuentra al otro lado. Quizá te guste ese otro lado… Así que, salta. Esa y todas las vallas que salgan a tu encuentro.

Andarse con rodeos es el camino fácil, ¿no crees?

También hay que saber dejar ir lo que ya pasó, y ya no hay vuelta atrás. Todo aquello sobre lo que nada puedes hacer, todo aquello que debes dejar en otras manos, todo aquello que ya no “toca”. Porque lo sabes bien, aunque no quieras reconocerlo. Porque la oportunidad pasó tu turno. Lo saltó con gracia y sin estilo, pértiga incluida.

Tomé nota del teléfono con la intención de llamar y con la intención de que no se quedara todo en intenciones, como tantas otras veces. Porque me di cuenta de cuánto echaba de menos mis antiguas clases de yoga. Que había llovido tanto, que apenas quedaba ya nada.

En ellas, aprendí mucho de mí misma, más que en todos los manuales de autoayuda que pueda uno encontrar. Aprendí a conocerme, a respirar y a coordinar todo mi cuerpo. Aprendí cuál era mi propio ritmo, mis chakras y mi punto de equilibrio. Ese que a veces pierdes sin darte cuenta. O un día descubres que lo has perdido.

Aprendí a liberar la tensión, esa que acumulas sin ser consciente y que agarrota cualquier músculo, sin oponer resistencia alguna. Poco a poco y por pasos, desde la cabeza hasta el último nervio de los pies. Dejando fluir esas energías negativas, malas y dañinas, que guardamos sin que nos hayamos preguntando el por qué. Sacándolas fuera.

Dando la bienvenida a las buenas.

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Lauren Tucker (Flickr)

Porque todos lo necesitamos en algún momento. Puede que no el yoga, pero sí esa salida. Como la chimenea que expulsa el humo hacia fuera, dejando el calor en el interior de la casa. Como esa válvula de alivio de presión, tan necesaria como útil, que libera tensiones y evita la catástrofe de una explosión.

Porque aunque cada uno tiene un aguante, todos sufrimos el riesgo de explotar en algún momento. Porque yo, al menos, necesito esa vía de servicio. La llamada de emergencia, el comodín del público o como quieras llamarlo. Porque no todos los días, pero sí un día en concreto, necesito esa salida.

Tan mía, como pocas cosas.

Mi válvula de escape.

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