“Si sientes que todo perdió su sentido, siempre habrá un ¨te quiero¨, siempre habrá un amigo”.

 

La música amenizaba de fondo, muy bajita, casi en modo ambiente. La mesa se iba llenando por momentos de las más suculentas tapas. Paté de remolacha, guacamole, hummus,… Todo casero. Y con cariño. Menos mi postre. Que lo llevaba con mucho cariño, sí, pero comprado, bajo mi vergüenza y responsabilidad. Sé que la excusa de falta de tiempo puede sonar a eso, a excusa, pero últimamente es lo que hay.

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Deepwarren (Flickr)

En torno a la mesa discurrían las más variopintas conversaciones, algunas muy clásicas entorno al trabajo, amores y desamores. Otros, sin embargo, debatían efusivamente sobre el futuro político del país. Todo un intercambio de “Yo haría”, “Lo que no puede ser” “Hay que votar siempre” que ríete tú del debate de la Sexta noche.

El grupo era de lo más heterogéneo y homogéneo que se pueda imaginar, si es que es posible. Amiga de ellas desde que me alcanza la memoria y amiga de ellos, desde que entraron a formar parte de sus vidas. Y afortunada yo, de tenerlos a todos a mi lado. Como dicen, los amigos de mis amigos, son mis amigos. Parejas incluidas.

Hay quien sugiere que los verdaderos amigos se conocen en la infancia. Aquellos que de niño te marcan de una manera especial. Aquellos con los que creas vínculos emocionales muy fuertes que, en la mayoría de casos, superan la barrera del tiempo. Aquellos que no esperaron que les contaras tu vida, sino que la vivieron contigo.

Amigos en primera persona.

Pero en esto de las amistades, como en tantas otras cosas, con el tiempo todos nos volvemos más selectivos al escoger nuevos amigos. Nos fijamos más en aspectos como la afinidad, los gustos similares y las experiencias compartidas, lejos del cariño que le guardas al amigo de la infancia. Evolución, madurez, adaptación,… Llámalo como quieras, pero es ley de vida.

O ley de Murphy, qué también.

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Bindaas Madhavi (Flickr)

Por eso, porque el tiempo cambia y se vuelve cada vez más escaso, cada vez disfruto más de estas reuniones. Cada vez más ocasionales, pero a la vez, cada vez más interesantes. Me gusta, me encanta observar a cada uno de mis amigos, reír sus gracias y discutir de lo que haga falta. Que para eso estamos.

Que es bien cierto que hoy en día, y gracias a las nuevas tecnologías, todos estamos mucho más conectados y sabemos los unos de los otros con tan solo un click. Vivimos al instante. Pero es curioso también comprobar como esa mayor conectividad genera a su vez un menor contacto físico. ¡La de cafés que estamos desperdiciando!

Y hablando de conectividad y de reuniones entre amigos… Una buena excusa para juntarse puede ser Eurovisión. No sé si será sólo cosa de los españoles, o no, pero todos negamos seguirlo, aunque a la hora de la verdad… ¡todo el mundo lo vemos! O por lo menos cambiamos el canal para ver la actuación de España. Y quien no, que reconozca que lo busca en Youtube.

Mi amiga Ali, la anfitriona de la noche, es fan reconocida. En la invitación a cenar en su casa le faltó incluir la papeleta para el voto en Eurovisión. Con motivo de enseñarnos su nueva casa, nos propuso llevar cada uno un plato distinto para cenar, reunirnos y vernos. Que faltarnos, no nos faltó de nada, ni Eurovisión.

Porque a veces, lo que nos falta, es una simple palabra amiga. Esa que te reconforta y te aporta todas las vitaminas que se encuentran en el diccionario. O ese pequeño gesto que saca la mayor de las sonrisas, y que incluso te deja con cara de tonta. Pero feliz. O ese detalle que consigue que empieces el día con el pie derecho y que todo te salga como tú quieras.

Porque a veces, lo que nos sobra, es la rutina. Esa que dicen que mata parejas sin que le pese en la consciencia. Y relaciones. Y convivencias. Esa que convierte el día a día en monótono y aburrido y que hace confundir los días. Esa que genera dejadez. Y pereza. Y “mañana lo haré”. Y “ya he hecho bastante”. Y “no puedo más”.

Mentira tras mentira.

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Dmitry Kichenko (Flickr)

Y puede que no ganáramos Eurovisión, pero lo disfrutamos como los que más. Y puede que no cenáramos en el Ritz, pero ni falta que nos hizo. Y puede que tardemos un poco (o mucho, quién sabe) en volvernos a juntar, pero será como si el tiempo no hubiese pasado. Eso seguro.

Porque será un pequeño lujo volvernos a ver.

 

Patricia.

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