Respirar.

Llenar de aire los pulmones. Al máximo, hasta que no quepa ni una pizca más.

Dejarlo salir.

Soltarlo poco a poco. Con los ojos cerrados, aún mejor.

Y contar hasta 10. O hasta 100 si hace falta.

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Michał Koralewski (Flickr)

Mi respiro eran 48 horas. Un fin de semana de vacaciones. Una breve desconexión de la realidad y de la rutina diaria. Del trabajo, del estrés, del teléfono. De todo lo que me rodea día a día y se me hace hasta familiar. Del despertador y las prisas. Del “tengo que” y el “no me da tiempo”.

48 horas de carretera y manta. De salir de casa con una pequeña maleta en la mano. Con lo justo e imprescindible, que lo de más está de más. De música que acompaña y de emisoras de radio que se entrecortan cuando atraviesas un túnel. De amigos que tararean las canciones mientras el GPS desindica más que indica.

Dos días de sol, mucho sol, excesivo a veces. De buscar la sombra cuando el calor se hace insoportable. De vestidos ibicencos, tirantitos y shorts, que hay que empezar a coger moreno. De sombreros de paja, gafas de sol, cuñas o sandalias planas. La cuestión es presumir de look veraniego.

Un respiro que podrá parecer corto, incluso demasiado, pero intenso. De los que saben a gloria a quien lo sabe apreciar, que no todo el mundo sabe. Porque en ocasiones es más fácil decirlo que hacerlo. De esos que no quieres cerrar los ojos porque sabes que todo pasará muy rápido, y cuando los vuelvas a abrir, las cosas habrán cambiado.

El tiempo habrá volado.

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Ciera Holzenthal (Flickr)

Un fin de semana de relax y desconexión. Que hay cosas que se pueden dejar para mañana. De pausa, de stop. De kit kat. De desactivar los datos del móvil, los correos y mensajes pueden esperar. De previa a las vacaciones que ya se acercan. De calentar motores, de hacer algo que más que apetecerte, te llama a gritos.

Porque hay pausas y pausas, algunas son vitales, más que necesarias. Es como sacar la cabeza cuando llevas demasiado tiempo buceando. Coger aire, contemplar el paisaje y volver a sumergirte. Pero sólo cuando así lo quieras. Porque dicen que respirar es fundamental; y saber respirar bien aún más.

Inspira. Respira. Y repite.

Junto a mí, en el asiento trasero del coche, descansaba mi cámara de fotos. Inseparables la una de la otra. La que me ayuda a rememorar, a contar con imágenes lo que con palabras muchas veces no alcanza. La que le pone color a los recuerdos e inmortaliza mis mejores historias.

Esas mismas que dicen que dan valor a la vida. Las buenas, las no tan buenas y las mejores, que a la hora de la verdad, todas cuentan. ¿O no? Porque hay historias que no se miden por segundos, sino por suspiros robados.

Respiros a solas o acompañado.

Que no hay que decir que no a la buena compañía. A compartir el tiempo de gazpacho de verano y de mojitos, pero en terraza, que así hasta saben mejor. De compartir fotos sonrientes, selfies en grupo y posados al más puro estilo hollywoodiense. De atiborrar Instagram de postureo veraniego. De compartir o no helados, que la operación bikini hace tiempo que la dimos por perdida.

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José Manuel Ríos Valiente (Flickr)

48 horas.

De soñar despierta.

De vivir el presente.

De bailar aunque duelan los pies, y si hace falta, descalza. De andar y patear, para acabar reponiendo fuerzas en algún chiringuito que pille de paso. De chistes absurdos y brindis por ser tú, él o nosotros. De no tener prisa por acabar la noche y empezar el día cuando venga en gana.

Tiempo para sumar, ganar o perder.

Tiempo para todo o nada, lo que mejor te parezca.

48 horas mías.

 

 

Patricia.

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