Hoy me siento feliz de publicar la primera entrada que inaugura la sección “Cuento tu historia”.

Gracias a Amanda. La persona que confió en mí para que contara su historia. La persona que me inspiró y que me dio la idea de crear esta sección.

Una chica alegre, luchadora y valiente, que ha sabe defender lo que le importa y no rendirse cuando todo se ponía en su contra.

Espero que os guste, tanto o más que a mí.

¡Gracias Amanda!

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Miré nerviosa el reloj.

Era nuestro primer cine. Juntos.

Llevábamos a la espalda horas y horas de conversaciones telefónicas. De risas tontas y frases sin intenciones. De diálogos sinceros y casuales. Dos amigos que empezaron como quien no quiere la cosa, conociéndose poco a poco. Sin grandes planes. Sin mayores expectativas.  Que dieron un paso sin ser conscientes de ello.

Un primer gran paso. Pero sencillo.

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Pequeñas mariposas fueron tomando sitio en mi estómago desde el momento en que lo vi aparecer, dispuestas a mantenerme a la expectativa. Una mirada, la suya, me confirmó que ahí había “algo”. A mí, en cambio, me delató la risa nerviosa que se me escapaba sola.

Aparcó en la puerta. Otra vez una mirada. Y mi risa tonta. Un primer beso, que me llevó al cielo. Inesperado. Esos que te encuentras cuando arriesgas. Como cuando avecina tormenta y sales a la calle, esperando sentir las primeras gotas en tu piel y el aire despeinándote a su antojo. Un beso que no sólo me gustó, me enganchó. De pies y manos. Me enganchó a él.

Entramos cogidos de la mano. Salimos abrazados. Para no soltarnos.

Él asumió el papel del “poco a poco”, mejor ir despacio. Del “ya veremos”, el tiempo dirá. Del no corras que no hay prisa por llegar. Del “quiero estar seguro” y no me quiero agobiar. De ver señales de alerta donde sólo había baches. De ver peligros dónde sólo había caminos a tomar.

Yo me aferré al papel de conductora. La que acelera cuando quiere llegar más o menos pronto. La que marca el ritmo esperando que la sigan. La que dirige cuando nadie sabe hacia dónde ir. La que sufre cuando se gira y se ve sola. La que se entrega cuando lo ve claro. La que se sale de lo normal, pero no por ello se siente distinta. Aunque sí, especial.

Tu ranita, como te gusta llamarme.

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Y como sabes que me encanta. Con todas las letras.

Es curioso cómo los momentos importantes llegan a tu vida sin comerlo ni beberlo. Te encuentran ellos a ti, de sopetón y sin avisar. Cuándo y cómo quieren. Da igual lo mucho que tú los busques y los persigas. Da igual lo mucho o poco que los desees. Son ellos los que se dejan atrapar. Así. Sin más.

Como compartir mi rincón de relax. Mi rincón zen, que digo yo. Ese al que me retiro cuando no quiero ver a nadie. Ese lugar desde el que veo la ciudad en su máxima plenitud, haciéndome sentir pequeña, y conmigo, mis problemas. Ese donde me renuevo en cuestión de minutos y del que hablo a poca gente. Es muy mío.

Como compartir días al sol y noches de caricias, el sitio es lo de menos. Besos en la nariz, esos que me pierden y que tú bien sabes. Palabras en el silencio de la noche, esas que espantan cualquier desasosiego que me ronde. Promesas, esas que siempre me reconfortan, porque vienen de ti.

Porque eres tú. Único entre millones.

El diamante de infinito brillo e incalculable valor.

Compartir siempre que estemos juntos. Porque juntos nada es igual, todo es distinto. Es mejor. Porque juntos, pierdo la noción del tiempo y vuelo alto, lo más alto que puedo. Porque uno más uno nunca suman dos. Ni siete como canta la canción. Porque juntos, tú y yo, sumamos infinito.

Y en este viaje que seguimos, yo conduzco y tú guías. Si yo acelero, tú me recuerdas que no por correr más, se llega antes. Si tú te mareas, yo te bajo la ventanilla para que te airees. Y si hace falta, paramos. Que por muchas curvas y baches que encontremos, el viaje es seguro, mientras en ello creamos.

Porque si un día dejas de creer, detendré el coche para que puedas bajarte. Para que puedas echar a andar hacia el lado que quieras. Izquierda o derecha, donde prefieras. O hacia detrás, si es lo que necesitas. Para que cambies de perspectiva y admires el paisaje. Para que divises el horizonte y decidas si quieres adentrarte en él.

Porque si caminos hay muchos, más son las formas que existen de recorrerlo. Porque si te decantas por seguir andando, apagaré el motor y saldré a pasear. A tu lado. Pero si prefieres ir solo, me apartaré a un lado. Para dejarte espacio y libertad para elegir dónde ir.

En esos consisten los viajes, ¿no es cierto?

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En saber dónde quieres ir y con quién. Cuándo empezar y cuándo acabar. Cómo ir y cómo volver. El equipaje, es sólo un complemento.

Porque si te vas pero decides volver, te estaré esperando, no lo dudes. Porque cada historia es única, como lo somos tú y yo. Porque por vueltas que de el mundo y por mucho que no deje de girar, nosotros giramos en nuestra propia dirección.

Porque siempre sabrás dónde buscar y dónde no. Sabrás dónde encontrarme. Igual que me encontraste aquella primera tarde en el cine. Aquella tranquila tarde de octubre en la que este viaje comenzó.

Donde aquel octubre dulce nos unió.

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