Una suave brisa se cuela por la ventana, balanceando rítmicamente la cortina a su paso. Invitada quizá por el tranquilo silencio reinante, tan sólo roto por el alegre piar de los pájaros y algún ladrido ocasional. A lo lejos, un ruido chirriante y oxidado sugiere que algún niño se balancea también, pero en el viejo columpio de su casa.

Paz y amor, como dicen.

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Suspiro y vuelvo la vista hacia la explanada que se extiende ante mis ojos: hermosos pinos que invitan a cobijarse bajo su apetecible sombra y un llamativo lienzo amarillo dibujado por incontables girasoles. Senderos cuyo fin no se ve y que se diluyen entre verdes paisajes, ocultando su rastro de aquellos menos aventureros.

Rastro sobre el que algunos especularán, mirarán con recelo y se autoconvencerán de que es mejor no seguir. Pobres de ellos. Los habrá, en cambio, que se adentrarán en él, dispuestos a buscar la pista e inventarla cuando no la encuentren. A andar y desandar. A correr y cansarse. A descansar y arrancar de nuevo. A dar pasos en falso y perderse.

A encontrarse y no rendirse.

Vuelvo a mirar la pantalla de mi tablet e intento pensar en lo que fuera que estuviera pensando antes de emparrarme. Sonrío ante el enorme contraste que disfruto en primera persona: tecnología versus naturaleza. Evolución frente a permanencia. Cambio contra estabilidad. Curiosa pareja.

Y es que el ritmo de cambio es vertiginoso e implacable, pese  a que no lo percibamos así. Te adaptas o te adaptan a la fuerza. Es supervivencia sin colmillos, garras y camuflaje. O sí, pero en versión humana y maquillada. Es como una montaña rusa, en la que la subida precede siempre a la bajada, en la que los cambios de sentido llegan, pero no avisan. Es el cambio, nos guste o no. Es la vida y el día a día. Es la gente y el entorno. Eres tú.

Apenas llevo unas horas de desconexión en el campo, pero es como si fuera de aquí. O casi, que a veces tiendo a exagerar. Mi madre se reiría si se lo dijera, soy muy urbanita como dice ella. O era. Porque este verano he cambiado con facilidad sandalias por escarpines, playa por piscinas naturales, tomar el sol por dormir la siesta bajo la sombra del árbol más cercano.

Verano, vacaciones y libre albedrío.

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Como reivindicaba hace poco La chica del quinto: libertad para no hacer nada. Derecho a elegir lo que queremos hacer y lo que no. Incluso hacer el perro si es lo que nos apetece. Licencia para hacer lo que nos dé la gana. Sea todo o nada. Y vaya si le hice caso, antes incluso de leerla.

Porque este verano decidí hacer nada de lo que había hecho antes, y hacer de todo lo que no había hecho hasta ahora. O casi, siempre me olvido de no exagerar. Decidí adentrarme en esos senderos que antes veía y pasaba de largo. Porque no me inspiraban solía mentirme. Pero si no los conoces ni te atreves a recorrerlos, ¿cómo sabes que no valen la pena?

Si te atreves a recorrerlos, aunque sea dar los primeros pasos y probar suerte, puedes encontrar rincones fascinantes y paisajes cautivadores. Que no hay que irse muy lejos si se sabe buscar bien, tan sólo hace falta decisión. Y saber qué se quiere. Más fácil de lo que parece, aunque nos guste complicar las cosas. Como cuando complicamos una llamada, una tarde o un abrazo.

Mareamos mucho, pensamos poco y sentimos menos.

Porque a veces decimos que todo es blanco o negro y nos olvidamos de que hay grises en cualquier escala de colores que imaginemos. Sólo que hay que aprender a diferenciar las distintas tonalidades que existen. A no quedarnos con el primer color que veamos, a arriesgar y cambiar. Que cada uno tenemos nuestro favorito, seguro, pero vestir siempre del mismo color suena aburrido… ¿No crees?

Y quien dice colores, habla también de elecciones. De decisiones. De caminos. De destinos. Porque existen multitud de posibilidades como para repetir constantemente lo mismo. Tan sólo hay que tener los ojos abiertos. Y la mente. En la variedad está el gusto.

Tanta variedad existe que es fácil que la indecisión te bloquee y te lo ponga difícil. Por eso, sé más listo y busca. Desde los lugares más recónditos y escondidos hasta incluso en los lugares más comunes y concurridos, nunca se sabe.

Busca lo que te gusta, lo de verdad, y no lo que le gusta al vecino. Prueba algo nuevo, da un paso más allá y déjate sorprender. Porque lo que es seguro es que aquel que no busca, es difícil que encuentre.

Buscar y encontrar.

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Encontrar un rincón, ese que añorabas sin saber si quiera que existía, salvo quizá en tu imaginación. Elígelo, o más bien, que el rincón te elija a ti. Que sea especial. Y único. Que sea de los que te engancha y no te suelta con facilidad. Que te retenga sin luchar contra tu voluntad. Porque quieres estar allí.

Lo encontrarás si buscas.

Si te quitas los miedos y prejuicios, si das ese primer paso.

Si te adentras en el sendero.

 

Patricia.

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