Viernes tarde de una calurosa tarde de verano.
 
Salir escopeteada de la oficina, no sé muy bien si movida por un resorte interno o llevada por el mismísimo diablo. Quién sabe, pero a todo leche. Viento en popa a toda vela. Que un único pensamiento me invade en esos momentos: desaparecer en cero coma. Ni que estuviera picando piedra…

Toca hacer un change a lo grande. Cambiar el aburrido asfalto de la ciudad por la fina arena de la playa. El desagradable ruido del tráfico por el relajante sonido del mar. Poner el despertador para ver amanecer en lugar de madrugar para ir corriendo al trabajo. Nadie dijo que hubiera que salir perdiendo con todos los cambios.

Kilómetro cero.
 
Punto de partida. Aunque no siempre de retorno. Porque hay quien se va para no volver nunca. O para ausentarse sin saber bien hasta cuándo. O para simular que se va y así ser echado en falta. O para volver cuando sea, pero distinto, y en versión mejorada. O, al menos, esa es la idea.
 

Porque cada uno es responsable de ubicar su casilla de salida allá donde lo crea oportuno o necesario. De poner el pie en ella, prepararse y esperar el pistoletazo de salida. O no, también puedes darlo tú.

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Se dan ocasiones en las que no se parte desde cero, sino desde 0.2 o incluso -3. Que hay cosas que no son exactas, por mucha matemática que sepamos. Aunque poco importa. La cuestión es partir. Desde donde quieras y a tu ritmo, no te fijes en el de los demás. Hay cosas en las que se puede pecar de egoísta.

Como decidir si quieres ir hacia adelante, mirando o no atrás y a ambos lados. Que es lo más común, cierto, pero no por ello es siempre fácil. O bien optar por caminar hacia atrás como el cangrejo. Llevarle la contraria al mundo, vamos. O explorar nuevas perspectivas. A mí siempre me gustó nadar de espaldas y mirar hacia el cielo. Es cuestión de gustos.

Desembraga, acelera y frena. A gusto del conductor.

Como decidir un “cómo” y poner fecha a un “cuándo”. Que cada uno tiene su momento, no hay por qué tratar de copiar a otros. Y si no, que se lo digan a Septiembre. El segundo punto de partida del año. Una segunda oportunidad a esos propósitos de Año Nuevo que no hemos cumplido pero que ahora, sí o sí, lo haremos. Sin nada que envidiar a Enero, oiga.

Como decidir si quieres partir solo para llegar hasta donde tus pasos te lleven. O puedes partir en compañía y acompañado, que por mucho que parezca, no siempre es lo mismo. Partir y llegar. Que si bien el destino no es lo prioritario, siempre se llega a algún sitio, aunque quizá no sea el esperado.

Antes o después.

Porque antes o después, sabrás dónde quieres ir, en serio. Seguramente antes de eso, te habrás perdido un millón de veces. Habrás llegado a sitios donde no querías ir ni en el peor de tus sueños. Pero seguro que también encuentras caminos inesperados que acabarán siendo de tus favoritos. Imprescindibles. Únicos.

Tuyos.

Y sabrás por qué sí y hasta por qué no. Puede que al principio cueste, pero todo es cuestión de práctica. Y de porrazos. Porque es cierto que de todo se aprende, tanto queriendo, como a la fuerza. Tanto de lo bueno y más aún de lo malo. Algunos a la primera, otros a la décima. Que puede que no haya prisa, pero hay cosas que cuanto antes, mejor que mejor.

Y es que comienzos, al igual que salidas, hay todos lo que quieras y más. Porque los hay todos los días y a cualquier hora. Y si no, prueba y verás.

Algunos están hechos y no los tienes ni que pensar. Tan sólo seguir.

Otros, la mayoría, los puedes inventar de principio a fin. Personalizar a tu libre albedrío. Y a quien no le guste que no mire. Que es tan fácil como empezar a escribirlo. Palabra por palabra, sabiendo poner los puntos y las pausas. Sabiendo que una cosa llevará a la otra.
 
Que muchos lo piensan, pocos empiezan y los menos terminan.
 
Comenzar desde el punto cero.

 

 
Tu punto cero.
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