60 minutos

Qué feliz me hace compartir con vosotros una segunda entrega de la sección “Cuento tu historia”.
 
Gracias Jessi, por formar parte de este espacio y de haber puesto en mis manos tu historia. Feliz medio añito, guapa. Y a ser feliz 😉
 

….


Curioso como al tiempo le gusta jugar con nosotros.

 
A veces consigue que vivamos pendientes del reloj y de su lento pasar. Revisamos la hora para comprobar que tan sólo hace cinco minutos desde la última vez que la miramos. En la gran mayoría de las veces. Por no decir casi todas.
 
Otras, en cambio, pisa a fondo el acelerador para dejarnos atrás y hacernos pensar que ha pasado demasiado rápido ante nosotros. Sin darnos tiempo a reaccionar y a asumir de golpe que ya pasó.
 
60 minutos, con sus respectivos 60 segundos. Para llegar. Para verte.
 
Porque ahora no pierdo de vista la hora, mientras por la ventanilla asoma un bonito paisaje al que ignoro por completo. La miro ahora, porque sé que cuando te vea, dejaré de hacerle caso y volará a nuestro lado. Haciéndonos olvidarnos de todo y del mundo. Llevándonos al nuestro propio.
 

 

Ese que empezamos a construir hace ya algún tiempo, mano a mano, y casi por casualidad. Esa que dicen que nunca llega porque sí, sino cargada de intención. Esa que pone nombre a las situaciones que no sabemos cómo llamar. Esa que nos reunió bajo un cielo estrellado, en un parque cualquiera para cualquiera, menos para nosotros.
 
Casualidad que no fue fácil ni estuvo clara en un principio. Nos lo puso difícil de entrada. Porque las dudas rondaron a nuestro alrededor, haciéndose presentes y dejándose sentir. Amenazaron lo que estaba por venir, lo que yo creía aunque tú no. Llegaron incluso a parar el tiempo y a pintar unos no deseados puntos suspensivos en aquel parque cualquiera.
 
Y como si las dudas no fuesen ya bastante, la distancia también se hizo notar. Sembró su pequeño grano de incertidumbre y trató de separar lo que aún no había ni empezado. O igual sí. Pero por mucho que lo intentó, no pudo. Porque a día de hoy, nos acompaña y sigue a nuestro lado. En silencio pero siempre presente. La tercera sin discordia.
 
Porque a veces hay que echar en falta a alguien, para saber cuánto se quiere. Por contradictorio que resulte. Y tonto, porque lo es, y con todas las letras. Porque a veces sólo lo vemos cuando perdemos y no hay vuelta atrás. O sí. Pero sigue siendo muy tonto.
 
Porque aun con kilómetros por medio, el sentimiento no cambia. O no debería. Si lo hace no es auténtico. Que no te engañen, ni te engañes a ti misma. Porque espera quien quiere, no quien puede. Ni a quien se lo pides. Ni a quien lo aparenta pero no lo hace.
 
Porque echar de menos puede ser hasta bonito.
 
Porque hay reencuentros que siempre prometen.
 
 
 
Y mientras bajo del autobús, me olvidó del caprichoso tiempo y de los kilómetros. De la vuelta, el autobús y el autobusero. Guardo el MP3 en el bolso y me quedo con las últimas letras de la canción que sonaba. Algo de nubes, sol y el brillo de la luna. 
 
 
Y algo sobre lo que no estoy de acuerdo con el cantante. Algo sobre quedarse en casa. Porque yo sí salgo, fuera hay algo que me interesa, y mucho. Me enloquece.
 
 
Tú.

 

 Patricia.
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