A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades, a veces es ahora o nunca.

Reconozco que aborrezco dejar las cosas a medias.

En cuanto a manías se refiere, no me gusta cuando algo se queda pendiente por lo que sea. Lo odio. Ya sea una tontería como comprar el pan o bajar la basura. O cuando es algo más importante, como una llamada, por ejemplo. Algo que siempre tienes en mente pero nunca ves el momento de hacerlo. “Más tarde”, te dices. “De mañana no pasa”. Y ese momento nunca llega.

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Y lo que aún soporto menos, es cuando algo se queda “casi” terminado. Bendita excusa para algunos, que con ese “casi” se sienten realizados. Como si el “casi” les librara de las culpas de no haberlo acabado o no haberlo hecho. A mí al menos no me sirve. Si algo no está, no está.

Yo si empiezo, acabo. Lo más digna posible.

Me cueste poco o me cueste mucho. Soy de las personas que cree y defiende que si algo te importa, no va a caer del cielo. Te lo tendrás que ganar. Y cuanto más esfuerzo le dediques, mejor sabor de boca te quedará cuando lo logres, ¿o no? Sea al primer intento, al segundo o a la tercera. Que no sé yo si será la definitiva, como algunos aseguran.

Por intentarlo que no quede.

Que por mucho que digan que segundas partes nunca fueron buenas, las hay que sí lo son. Y mucho. Y no sólo las hay buenas, las hay buenísimas. Incluso algunas que se superan. Son la versión mejorada tras una mala experiencia. El acierto tras un prueba y error. La luz que empieza a aparecer cuando se distingue el final del túnel.

Que sí, que las hay malas malísimas también, de eso no hay duda. La ley de Murphy existe y se cumple más a menudo de lo que nos gustaría. Hay cosas que pudiendo ir mal, salen desastrosamente peor. O en el mejor de los casos, no salen.

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Pero hay cosas que si no empiezan, no sabes cómo terminan. Porque hay corazonadas que no siempre se cumplen. Que el “creo” e “intuyo” a veces camuflan un “yo juzgo y prejuzgo” como una catedral. Y un muy cobarde “yo no me atrevo”.

En muchos casos la indecisión puede ser tremendamente fuerte. Puede paralizarnos y no dejarnos avanzar por mucho que queramos. Aunque los habrá que preferirán quedarse en esa conocida zona en la que se sienten cómodos y seguros. No arriesgar a perder y perderse. Puede que una vez que salgan, la vuelta no sea lo mismo.

Por eso, lo que a veces necesitamos es un pequeño empujón. Como el que te da ese amigo gracioso para tirarte a la piscina, sin importar si vas completamente vestido, con el móvil y las llaves en los bolsillos. En ese preciso momento en el que aún estás decidiendo si primero metes un pie para comprobar lo fría que está el agua.

Tirarse de cabeza no es siempre la primera opción. Pero suele ser la más efectiva. Y la más rápida. Tan sencilla como coger carrerilla, cerrar los ojos y zambullirse de lleno. Nadar ya vendrá luego.

Lo que te encuentres bajo del agua… es otra historia.

Como lo es cada persona.

Hay quienes se equivocan y aprenden de sus errores. Quizá no en la primera caída. Quizá necesitan infinitos tropezones para darse cuenta de que algo falla y hay que cambiar. Aprender a desaprender. Todo es cuestión de práctica. Y de saber reconocer los fallos.

Hay quienes nunca cambian. Nunca, nunca, nunca. Bajo ningún precepto. “Siempre, siempre, siempre” tienen la razón. Y no aceptan consejo venga de quien venga. Ni tampoco cambian por sí mismos. Por ellos se dice aquello de: “los años no pasan por ti.

Por eso los hay que desaprovechan esas escasas oportunidades que se cruzan en su camino. Por orgullo, por estar mirando hacia otro lado, por no reconocerla. Por no saber ver el valor que tiene o por ser simplemente tontos.

Segundas oportunidades que rara vez se repiten.

Y lo sabemos.

Una segunda oportunidad es no esperar al lunes para ponerte manos a la obra con sea lo que sea que quieras hacer. El lunes puede estar muy lejos, ¿por qué no hoy?

Una segunda oportunidad es perdonar esos fallos que nos hacen humanos y saber valorar. A los demás y a ti mismo. Porque el primero en perdonar, es el más feliz siempre.

Una segunda oportunidad es admitir que se puede cambiar. Que se puede mejorar. Que se pueden solucionar las cosas. Que no todo es de usar y tirar, y menos las personas.

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Una segunda oportunidad es tener no sólo los ojos abiertos, sino la mente. Y más aún el corazón. Porque no daña quien quiere, sino quien puede. Pero habrá que aprender a quién dejamos y a quién no.

Cuanto antes mejor.

Piensa. Decide. Avanza.

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