“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”.

(Gustavo Adolfo Bécquer)

“Antes de facebook, no sabía que mis amigos eran tan felices”.

En un repaso rutinario a mi timeline del famoso caralibro, leí esta ingeniosa e increíblemente cierta reflexión. Venía de un amigo de esos que publica poco pero de calidad. De los que no le mueve el simple cotilleo sino el generar buen rollo. Y de los que carga de razón todas sus palabras.paris-901299_640

Siguiendo con el repaso, me detuve apenas unas segundos después. Esta vez, era una foto la que captaba mi atención. Una chica, muy mona ella, sonreía desde una ciudad lejana. Un paisaje casi bucólico, gracias a algún filtro Nashville o Mayfair, seguro. Lucía sonrisa y melena al viento, al más puro estilo modelo de revista. Espontaneidad en estado puro.

Mirada en conjunto, era una bonita estampa, eso sin duda. De las que te hacen pensar que hace mucho que no viajas y que te cambiarías sin pensarlo por esa chica. Recorrerías esa misma ciudad de pe a pa, conocerías esos mismos lugares e incluso posarías de la misma manera.

O a la tuya.

Dicen que la cámara no es lo más importante en cuanto a la fotografía, sino el fotógrafo en sí mismo. Su capacidad de reflejar lo que ve y de transmitir. De emocionar incluso y hasta enamorar hasta la médula. Su ojo para saber inmortalizar, el qué y el cómo. Que se puede ser aficionado, y aun así ser de los buenos.

Como él.camera-918565_640

Él. Que de un simple vistazo capta lo imprescindible y se olvida del rodeo. Que en silencio y sin hacerse notar, busca la esencia y la encuentra mejor que nadie. Que con estilo y sin arrogancia da un giro para salirse de lo habitual y saca brillo donde otros sólo ven polvo.

Él.

Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que me había parado a pensar en él. Ya ni recordaba la última vez que uno de sus mensajes había puesto mi mundo patas arriba. Siempre a la expectativa. De más y mejor. De cuando menos siempre es más.

Uno de esos capítulos cerrados forzadamente y sin final feliz made in Disney. Una de esas cancelaciones anticipadas e intempestivas. De las que no hay vuelta atrás ni puntos suspensivos. De las que se presentan sin avisar y no te dan opción a opinar. De las que hablan por ti si no te decides pronto.

En este caso, no sé muy bien quién se cansó de esperar. Si él o yo. O si fuimos los dos los que llegamos un acuerdo tácito de go on. De continuar la marcha, aunque no al mismo paso ni por el mismo camino.

Siempre fuimos la independencia personalizada.

Nunca nos gustó hacer lo que “había que hacer”, preferimos ser nosotros mismos. Ni tampoco nos gustó lo que se nos antojaba fácil y seguro. En su lugar, preferimos luchar y complicarnos inútilmente. Valía la pena. O eso pensábamos entonces.

No nos dimos cuenta de que hay heridas que se abren pero se sienten pasado un tiempo. Que no les das importancia al principio y crees que se cerrarán bien pronto. Y más bien al contrario, se hacen fuertes y grandes y no se dejan cuidar.

No nos dimos cuenta de que hay oportunidades que una vez perdidas no se recuperan ni queriendo. Ni por mucho que las busques ni por arrepentimiento que sientas. Al igual que hay llamadas que nunca vuelven por mucho que mires la pantalla del teléfono, ni por muchos mensajes que mandes.

Que el tiempo vuela y no espera a nadie. Que por mucho que corras, no siempre subirás en ese tren que te esperaba en la estación. Haber llegado antes te dirán.

Tempus fugit.

Porque no sabemos el valioso tiempo que desperdiciamos callando cuando menos deberíamos. Porque aunque hay silencios que hablan por sí solos, no siempre son interpretados como toca. O por quién debería.


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Como las miradas. Que por mucho que algunas transmitan, no todas se entienden de la manera correcta. Porque las habrá que irán cargadas de intenciones y se percibirán carentes de emociones.

Las habrá sinceras y limpias, de las que son fáciles de creer. Las habrá claras y transparentes, de las que sabes que nada ocultan. Las habrá suaves y dóciles. Las habrá salvajes y atrevidas.

Las habrá que pidan a gritos una respuesta, un gesto o una palabra.

Miradas que piden miradas.

Miradas que hablan.

 

 

Patricia.

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