“Imagine there’s no countries

it isn’t hard to do.

Nothing to kill or die for

and no religion too.

Imagine all the people

Living life in peace…

You may say I’m a dreamer

but I’m not the only one.

I hope someday you’ll join us

and the world will be as one. “

(Imagine, John Lennon)

Amor. Odio. Miedo.

Son sentimientos que aprendemos y desarrollamos de niños en nuestros primeros años de vida. Al nacer, somos como una hoja en blanco, preparada para absorber todo aquello que nos rodea.

Un niño no entiende de religión, de dioses ni de plegarias. No entiende de odios injustificados que terminan en venganza. No entiende que el color de la piel, la diferencia de pensamientos o creencias ocasione rechazo y hasta represalias. No entiende que haya personas de primera, segunda y hasta tercera categoría.

Un niño comparte sin hacer preguntas. Ríe con inocencia ante las sonrisas, carantoñas y hasta burlas que los demás le regalan. Abre los brazos con ilusión y alegría para abarcar con ellos a cualquiera que está dispuesto a recibir un abrazo. Se enfada y llora por comer, dormir o por jugar, aunque se le pase en cuestión de minutos.

Lo demás se aprende.

Se aprende a creer en esto, aquello y lo otro, muchas veces sin cuestionarnos si de verdad lo creemos, o nos dejamos influir por lo que creen los demás. Otras veces aprendemos a cuestionar lo que otros dicen, pero nos cargamos de razón en todo lo que nosotros decimos y pensamos. Aprendemos a no dar nuestro brazo a torcer niaceptar que haya otras maneras de pensar.

Se aprende a señalar al que es distinto, a ignorar e incluso a agredir. A querer lo que el otro tiene, sin cuestionarnos qué podemos hacer para lograrlo por nosotros mismos, ni si lo necesitamos realmente. A envidiar, pisotear y poner la zancadilla, para estar siempre por encima. Pese a que se trate de personas.

Personas, como nosotros.

Por eso, y pese a poder ponerme a mucha gente en contra, me declaro no creyente.

No creo que se permitan las barbaries que se comenten día a día. Ni cuando se trata del vecino del quinto ni cuando ocurre en la otra parte del mundo. Llámese terrorismo, violencia machista o abuso infantil.

No creo que se permitan que haya pueblos masacrados, bombardeados y condenados a morir en vida. Pueblos, familias, personas que abandonan sus casas y sus vidas por miedo. Yéndose sin nada, dejando todo atrás. Sin más culpa que haber nacido en determinado lugar, profesar determinada religión o por expresar en libertad lo quepiensa. O cualquier otra absurdidad.

No creo que se permita matar en nombre de quién sea, ni por el motivo que sea. Porque la vida está por encima de todo. Es un derecho personal e incuestionable. Es el bien más preciado que tenemos y que nadie nos debería arrebatar a la fuerza.

No creo, pero quiero creer.

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E imaginar, que en el mundo hay cabida para todos, sin distinción. Que aún somos capaces de respetar al prójimo, de reconciliarnos con el pasado para construir un futuro mejor. Unidos.

Imaginar que el odio se puede cambiar por amor, que es más fácil dar ese paso que los separa de lo que dicen. De no buscar la diferencia, sino lo que nos asemeja. De no mirar sólo lo negativo, sino saber apreciar lo bueno.

Imaginar que las malas noticias abandonan la prensa. Guerras, asesinatos, tragedias. Que la tristeza ajena no se contagia, y que cuando se trate de consuelo, llegue al que lo necesite.

Imaginar que aprendemos de nuestros errores para no volverlos a cometer. Que aprendemos a darnos la mano, un abrazo y comprensión. Que aprendemos que vida no hay más que una, que el odio y el rencor no llevan a nada.

En pleno siglo XXI, ¿no hemos aprendido nada de la historia?

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