La felicidad es cuestión de actitud.

O eso anuncian a bombo y platillo las miles de páginas que abundan en la red, prometiéndote la fórmula mágica para alcanzar el éxito en tu vida. Como si realmente la hubiera. Como si sumando uno más uno, elevándolo a la máxima potencia y restando los decimales y negativos saliera un grado infinito de felicidad.

O como la enorme retahíla de mensajes de buenos deseos que recibimos y enviamos en estos días. Como si se acabara el mundo mañana, como si sólo ahora nos diéramos cuenta de lo que queremos a nuestra gente. Que aquí nadie se libra. Yo la primera, que conste. Pero y lo que nos gusta, oiga.

Como también nos gusta echar la vista atrás. Hacer memoria de los últimos 365 días, con sus horas, minutos e incluso segundos que fueron cruciales. Hacer balance, con sus respectivas columnas de sus más y sus menos. Que todo suma, aunque algunos recuerdos lleven el signo negativo delante.

Tirar de memoria y sacar los recuerdos de paseo. Recorrer el largo camino con una sonrisa cómplice, mezclada con la nostalgia de saber que algo es pasado y, tal vez, morriña, por lo que fue. Porque si algo tiene el tiempo, es saber poner cada cosa en su lugar y cambiar perspectivas subjetivas.

Si el 2015 fuera una palabra, sería Felicidad.

Esa que cuando se comparte, se multiplica por mil.

Felicidad por tener una gran familia, la mejor, la que me quiere, me cuida, me mima a veces demasiado. A veces no, siempre. La que celebra mis éxitos como propios y me da esa palabra de aliento cuando nadie más sabe que la necesitas. La que me anima a crecer y creer en mí cuando flaqueo. La que está ahí, siempre. Pase lo que pase.

Felicidad por mis amigos, esa segunda familia que me arropa. La que comparte mis locuras, mis enfados sin motivo y las quejas por todo lo habido y por haber. A todos los que forman parte de este año también, y los que se han sumado a lo largo de él. Todo cuenta.

Make it count.

Felicidad por mí. Por mi gran año. El que empezó sin hacer ruido. El que acaba prometedor como pocos. Por todos los pequeños pasos que he dado, las metas conseguidas y las murallas saltadas. Por recuperar una parte de mí que creía perdida. Por creer en la magia de “quiero y puedo”. Por ser más yo que nunca.

Por los innumerables viajes, con personas maravillosas y momentos inolvidables. Las miles de fotos de este año. No exagero. Las experiencias vividas, muchas nuevas, algunas de las cuales, aún me las creo. Los bonitos recuerdos, las risas sin motivo y con él. Las horas robadas al sueño por algo… o por alguien.

Si el 2016 fuera una palabra, sería Ilusión.

Ilusión por lo que se avecina. Por esos nuevos 366 días con sus benditas oportunidades. Por inventarlos unos a uno, sin dejarme espacios, exclamaciones o puntos suspensivos. Por la impaciencia de coger papel y lápiz y comenzar a escribir un nuevo capítulo. La continuación de la historia. El to be continued a mi medida.

Ilusión por los nuevos cambios, y por lo que se mantendrá siempre igual. De todo hay. Por lo que se puede mejorar y lo que hay que renovar sí o sí. Por las nuevas listas, esas que me acompañan siempre a todas partes. Las que me facilitan la vida a veces o me la complican cuando quiero abarcar demasiado. Querer ir a más pero saber sobrevivir con menos.

Ilusión por dejarme sorprender de nuevo. Como cuando era niña. Dejarme llevar cuando corresponda, reír siempre que pueda y bailar debajo de cada tormenta. Querer sin límites y demostrarlo sin esperar respuestas. Porque sí. No mirar atrás si no es para tomar impulso. Soñar a lo grande y cruzar todas las metas que pueda.

Que 2016 ya asoma las orejas. Y dicen que tal cual terminas el año, empiezas el siguiente.

Gracias 2015.

Bienvenido 2016.

 

Patricia.

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