“Jamás nos mentiremos… Escúchame bien, eso implica algo más que ser sincero… En este mundo mucha gente es falsa… Las mentiras te rodean… Saber que existe un archipiélago de personas que siempre te dirán la verdad vale mucho… Quiero que formes parte de mi archipiélago de sinceridad…

Saber que puedes confiar en la otra persona, que nunca te mentirá, que siempre te dirá la verdad cuando se lo pidas, no tiene precio… Te hace sentir fuerte, muy poderoso…

Y es que la verdad mueve mundos… La verdad te hace sentir feliz… La verdad creo que es lo único que importa…”

 

(“Brújulas que buscan sonrisas perdidas”, Albert Espinosa.)

 

Llamadme ilusa, si queréis, pero…

Me gustaría pensar que la gente es sincera por naturaleza. Que la verdad es ley de vida y viene de fábrica. O de nacimiento en nuestro caso. Que es lo habitual y corriente. Que las medias verdades, aunque existan, sólo pretendan defender. Proteger. Ocultar el dolor, el miedo y cualquier detalle que pueda dañarnos en cualquier sentido.

Me niego a creer que mienten las personas que te miran directamente a los ojos y sonríen. Las que sonríen no sólo con la boca, sino con la mirada. Es imposible. Debería haber un gesto delator, por pequeño que fuera. Una señal que active nuestra alarma interior y nos abra los ojos. Un grito mudo pero sonoro que nos diga en el momento oportuno: “por ahí no”.

Me gustaría pensar que el equilibrio no sólo es un óptimo o ideal, inalcanzable en muchos casos. Sino que es real y posible. Por mucho que cueste lograrlo. Que se puede caminar por ese fino hilo que es a veces la vida, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Con la tranquilidad de saber que por muchos malabares, saltos mortales o balanceos que te veas obligado a hacer, nunca llegarás a caerte del todo. Con la seguridad de que si tocas suelo, es con el pie y para impulsarte hacia arriba.

Por mucho que tenses la cuerda.

Me niego a entender que la gente cambie de opinión como de camisa. Así sin más. Sin importar las consecuencias. Con la simple justificación de “el que venga detrás, que se apañe”. Que no importe si primero dijo A, luego B y terminó haciendo C. Como si el valor de la palabra fuera nulo. Como si el egoísmo más puro y primitivo fuera justificado y hasta aplaudido.

Me gustaría suponer que la gente dice siempre lo que piensa. Y cuando digo gente, hablo por mí, por ti y por todos, sin excepción. Que decimos lo que decimos porque lo pensamos. De verdad. No por quedar bien. No porque es lo que toca. Y que lo decimos a la cara. Porque a nadie nos gusta que nos hablen a la espalda… Y que asumimos lo que decimos. Lo bueno, lo no tan bueno y lo malo malísimo.

Inventar cuentos, a quien corresponda.

Me niego a aceptar sin más la gente voluble. La que cambia según sople el viento. La que camina hacia donde gire la veleta. La suya propia. La que jura lealtad con los dedos cruzados y guiñando un ojo. La que hoy sí porque sí y mañana no porque sí también. Y no hay más que hablar.

Me gustaría que la gente aprendiera el arte de vivir de forma sencilla. Que no aburrida. Sin crear falsas esperanzas, sin complicaciones absurdas y sin ir a donde no la buscan. No ver otra cosa que el lado bueno de las cosas. Por cursi que suene. Porque si ya hay experiencias difíciles que sobrellevar, hagamos el resto tan fácil como esté en nuestras manos.

Me niego a decir que sí sin pensar y caer como una tonta. Caer en viejos cantos de sirena que te atraen sin saber cómo impedirlo. Y sin planteártelo si quiera. Caer en trampas que ni ves, ni intuyes ni esperas. En telas de araña que teje sólo aquel que sabe. El que engatusa, te canta al oído y te promete el mundo a tus pies. Quizá no tanto, pero igualmente caes. Ay, el despertar…

Me gustaría que los gestos tuvieran valor y no interés. Que el compromiso se respetara y los acuerdos se cumplieran. Que la crítica no fuera fácil ni gratuita, pero sí constructiva. Que los sueños aplaudiesen en lugar de ser pisoteados. Que la empatía no fuera un término abstracto y tan difícil de practicar para algunos.

Que los abrazos fueran cargados de cariño y los te quiero de sentimiento. Sin excepciones que valgan.

Porque aunque no todo es blanco o negro, en eso estamos de acuerdo, hay grises que no dicen nada. O grises que dicen demasiado. Despende de cada uno.

Porque aunque el entusiasmo inicial sea grande y la ilusión nos ciegue, a todo comienzo, le sigue un camino.

No olvidemos que las cosas a medias, digan lo que digan, no están completas.

Y que las medias tintas no llevan a nada.

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