Orgullo. Sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio.

 

Dicen que un vaso puede verse medio lleno o medio vacío según el estado de ánimo, la actitud o la predisposición que tenga la persona que lo mira. Según sea más optimista o menos ante la vida, según su experiencia, su pasado y sus expectativas de futuro. Y lo que más me gusta, es que aseguran que es un hábito que puede cambiarse.

Tomemos nota.

También dicen que el valor de los sentimientos no depende tanto del tiempo que duran, como de la intensidad con que ocurren. De cómo nos hacen sentir o actuar, de cómo nos influyen y nos afectan. De cómo cambian nuestro comportamiento, nuestras palabras y nuestros pasos. De cómo nos transforman.

Sentimientos que son respuesta.

Respuesta a una emoción incontrolable, inconsciente y motora, y a un pensamiento manejable, etiquetable y subjetivo. Pensamiento  que determina el signo del sentimiento y el resultado de la ecuación. El que nos hará sentir A o B. Sobre el que tenemos más poder del que creemos.

Sentimientos asaltadores.

Como el orgullo. Que no soberbia. Esa sensación que emerge como de la nada en determinadas ocasiones. Sea a solas o en compañía. Un sentimiento de doble signo, con dos caras. La buena y la mala. La positiva y la negativa. La blanca y la negra. La más visible y la más oculta.

Puestos a elegir, yo me quedo con la mejor de ellas.

Cuando el orgullo es que se te llene de felicidad el corazón, y él mismo la bombee hacia todas y cada una de las direcciones de tu cuerpo. Indiscriminadamente y sin pensárselo. Sin hacer elecciones ni priorizar a dónde irá primero. Para que la sientas en todos los poros de tu piel. Para que te estremezcas, te emociones y vibres.

Cuando el orgullo es que no puedas dejar de sonreír, de expresar, de abrazar, de aplaudir. Aunque tengas las manos rojas e hinchadas, y hasta te duelan. Aunque se te salten las lágrimas y rueden sin control por tus mejillas. Cuando no tratas ni de esconderlas ni de secarlas. Aunque sientas que todos te miran y hasta se preguntan qué te pasa. O aunque lo sepan.

Cuando el orgullo es compartir lo que tienes, sea poco, mucho o nada. Es cuando no hay peros que valgan ni “es que” que te arruinen el momento. Ese que sabes que es único. Ese que sabes que lo recordarás durante mucho tiempo. Para siempre y hasta con nostalgia. Como suele pasar con algunas cosas. Y lo recordarás con celo por querer protegerlo, con ilusión por haber formado parte de él y alimentarás tu ego por sentirte único tú y único el momento.

Y lo empezarás a echar de menos conforme empiece. Lo bueno siempre sabe a poco. Tratarás de memorizar cada sensación, cada detalle y cada pensamiento. En tu memoria. En tu caja fuerte y bajo llave. En un rincón al que volverás cada vez que lo necesites. Cada vez que algo te vaya mal. Cada vez que necesites un empujón, una palabra de aliento o un simple motivo para continuar.

Cuando el orgullo es saber que pusiste lo mejor, diste lo mejor, hiciste lo mejor.  Sin buscar recompensas, premios ni propinas. Pusiste lo mejor de ti. Te pusiste tú en cada uno de tus actos. Con el corazón, con tu esfuerzo y con tu sentimiento. A pesar del agotamiento, las horas robadas al sueño o todo aquello a lo que renunciaste. A pesar de las dudas, del miedo y del coste.

Todo tiene un precio.

Porque maneras habrá miles, como también excusas. Ni mejores ni peores, pero serán de otros. Vendrán de fuera. Y cada resultado tendrá infinitas opiniones que lo juzgarán. Lo alabarán, lo menospreciarán, lo cuestionarán y hasta se lo autoadjudicarán.

Pero lo importante es lo que queda. Lo que se ve, pero también lo que hay detrás. Lo que sólo tú conoces. Lo que significa para ti. Lo que te aporta. Lo que te suma. Lo que te hace crecer. Lo que nadie más sabe valorar.

Lo que será tu orgullo.

Orgullo por tu felicidad. La que es tuya, y nadie te la puede quitar.

Orgullo por ti y por lo(s) tuyo(s).

Patri.

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