Dicen que la distancia es el olvido
pero yo no concibo esa razón
porque yo seguiré siendo el cautivo
de los caprichos de tu corazón

(La barca, Luis Miguel)

 

Hoy doy la bienvenida a Natalia Cecilia, nueva entrega de “Cuento tu historia”. Ella vive el presente, disfruta del momento y aprende de lo que sucede. ¿Te quedas a leer?

¡Muchas gracias por compartir tu historia!




Dicen que el amor de tu vida llega tras el error de tu vida.

Pero, ¿qué pasa si llega antes?

Porque a veces nos sorprende y llega el primero, sin avisar, sin darnos tiempo a peinarnos y coger el bolso. Llama a la puerta y te sorprende en pijama, con las greñas rebeldes cayendo por tu cara, escapando del moño malhecho que llevas para estar por casa.

Y te pilla. Y te hace salir a la calle sin pensar, sin plantearte qué pensarán ni qué ponerte. Si hace sol o llueve. Si volverás pronto o si… ¿volverás? Sales y te sientes la reina del mambo. Ya pensarás en otro momento. Y tal cual llega, tal cual se queda. De lo más natural y como si siempre hubiera estado ahí. Y pasa el tiempo sin que te enteres. Lo mismo son 4 años que te parecen 4 meses como toda una vida. Que lo mismo un día se rompe. Ya se sabe, juventud, estudios, trabajos, terceras personas, distancia,… Bendita distancia.

Y llega un día que ya no es lo mismo. Que las visitas se espacian y los besos se los lleva el aire. Que la distancia separa y el amor se resiente. Que los suspiros cambian de rumbo y hasta de dueño. Que la espera deja de tener sentido y las promesas pierden fuerza. Que lo que ayer era sí, hoy es un “me lo tengo que pensar”. O “no quiero verte”, que al caso, es más sincero. Y claro.

Y el escudo es lo de menos. Estudios, trabajo, no puedo y no quiero. Porque el resultado es el mismo. Porque el deseo desaparece, aunque el dolor ahí quede. Porque el tiempo pasa y el recuerdo se diluye dispuesto a perderse entre los recovecos de la memoria. Los días cambian, al igual que las estaciones, los meses y las compañías.P1140591

Y un día te ves en brazos de aquel que sí estuvo. Aquel que no se fue. Aquel que aguantó tus lágrimas, tu desdicha y tus neuras. Aquel que a tu lado disminuía las penas, los recuerdos y los planes del ayer. Aquel que te ayudó a resurgir, a pesar de pensar que era cosa tuya.

Mejor amigo lo llaman.

“Natalia, he vuelto, no volveré a viajar. Me gustaría verte…”

Aquel que aguantó retornos, dudas y resoluciones de seguir adelante. Casualidades y caprichos del destino, como los reencuentros. Porque suceden. Y son también gamberros. Te llaman un día cualquiera a la puerta, sin importar la hora ni si estás acompañada. Y te llevan a un bar, a cualquier bar. El bar es lo de menos. Donde surgen los nervios que te hacen… ¿pensar? ¿sentir? ¿arrepentirte?

Y como el destino es caprichoso y juguetón, las cosas ya no vuelven a ser lo que eran. No les deja, se ríe de ellas y de nosotros. Nos vuelven inseguros, indecisos y vacilantes. Nos hace ver lo que queremos ver. O lo que creemos. O nos marea a su antojo para dejarnos sin saber qué paso dar después. Grosero.

Cosas que podemos aguantar… o que poder apartar de nuestro lado.

Y si decides apartarla, la luz se vuelve clara y los bares vuelven a no importar. Los reencuentros se suceden mientras la lluvia se cuela por las ventanas. El aire revoluciona los recuerdos, animados por la música, las risas y las caricias.

Porque te puedes arrepentir de muchas  cosas, pero nunca de lo que no dejas pasar. De lo que coges con las dos manos y te lo llevas a tu terreno. De lo que le pones nombre para llamarlo cuando quieras y es transparente como el agua. De lo que decides sin ataduras y sin presiones. De lo que te hace bailar bajo la lluvia y cantar a todas horas.

Quien se deja querer y es fácil de querer.

Quien decide quedarse sin ruegos ni chantajes.

Porque hay quien te hace feliz como nadie más sabe.

Porque hay cosas que duren lo que duren, valen toda una vida.

 

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