“Tu vida no mejorará por casualidad, lo hará por causalidad”

 

Dicen que el karma siempre vuelve.

Que es como esa pelota que lanzas contrala pared y rebota. Que la puedes lanzar con toda tu rabia, con toda tu alma o con toda tu  buena fe, pero ella siempre rebota. Y vuelve con el doble de fuerza. Para darte donde más te duele. Donde menos crees que dolerá, o donde menos defensas tienes.

Aunque a veces sorprende, y te llega directo a las manos. Como un regalo.

Ojito con él.

Se dice de las personas maniáticas que le sacan punta a la insignificancia. Que son los otros, no yo. Que hay manías graciosas, y manías sin gracia. Que las hay para todos los gustos, y que algunas son para salir corriendo sin pensárselo.

No sé si muchas o pocas, pero yo de manías entiendo un rato. Las tengo que negaré me da igual quién me las diga y las hay de las que me río hasta yo.

Reconozco, por ejemplo, que me molestan los gritos. Odio los gritos. Y la gente que habla y ríe en voz alta. Y los berridos. Y las risas molestas. Y los tonos de voz agudos que te llegan a lo más profundo del oído y se quedan ahí por mucho rato. Y los chillidos, alaridos, bramidos innecesarios.

Llamar la atención por no tener nadie mejor a quien llamar.

No por gritar se tiene más razón…

Como dos abuelitos que me encontré en el metro el otro día. Iban hablando entre ellos, más fuerte de lo que considero normal, para mi gusto. En su defensa diré que el metro iba casi vacío y quizá por eso se les oía tan fácilmente. Hablaban del Madrid, de fútbol y de sus injusticias. Criticaban con pasión y mala leche a partes iguales. Y tan apasionados como estaban, se pasaron de parada.

“¡Por culpa del Madrid!”, dijeron.

Pausa.

¿En serio?

¿Cuántas veces echamos la culpa a otros por no asumir nuestra parte? Por miedo, culpa, vergüenza, ego, orgullo o por lo que sea. Por no reconocer, por no ver, por no querer ver ni querer intentarlo. Porque somos más guays. Porque somos mejores, más listos y tenemos siempre la razón.

Porque os aseguro que los abueletes, con todo mi cariño, madridistas no eran. Pero encontraron bien pronto al culpable. No dudaron ni un momento, y lo repitieron tantas veces que hasta yo misma pensé en darles la razón.

 

Dicen que todo lo que das vuelve y que el karma da a cada uno lo que se merece.

 

 Y no seré yo quien los juzgue, o eso intento… A mí me resultaron graciosos y me hicieron pensar que a la próxima irían más pendientes de lo que estaban haciendo y no se equivocarían de parada. Que pensarían más en el presente que en lo que había pasado la noche anterior, en otro lugar y a otras personas. Que se olvidarían de algo que no iba con ellos.

O no. Quién sabe. Hay cosas que no cambian nunca.

Porque es curioso cómo nos olvidamos de nosotros y nos centramos en la vida de otros. Como si fuera más trascendente que la nuestra. Dejamos de lado lo que podemos hacer o decir nosotros mismos y miramos lo que hacen y dicen otros. Y lo criticamos, como los abuelitos. Como si a alguien le importara lo que pensamos al respecto. Como si nos hubieran pedido opinión y la fueran a escuchar.

Y hasta preferimos más hablar mal de lo que no nos gusta que hablar bien de lo que sí. De criticar sin piedad lo que no pasa nuestro filtro. De juzgar y prejuzgar como si tuviéramos el poder real de hacerlo. Como si estuviéramos por encima y con el derecho a ello.

En lugar de recrearnos en lo que nos cautiva. En lugar de alabar sin reservas y con franqueza. De fomentar lo que nos une y olvidar lo que separa. De elegir aquello que nos hace personas, que tiene algo para nosotros. En lo bueno, bonito y rico que tiene cada día.

Porque será karma, destino o como quieras llamarlo. Pero piensa que todo lo que hoy das, algún día lo recibirás. Todo lo que siembras hoy, en un futuro lo cosecharás. Que todo lo que haces a los demás, te lo estás haciendo a ti mismo. Todo, sin excepción. La elección es tuya.

Presta más atención a lo que das.

Porque será lo que te venga de vuelta.

P.

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