“Las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde”. (William George Ward)

 

Las personas perdemos cosas a diario. Todos.

Perdemos metros que llegan un minuto antes y nos pillan bajando las escaleras a toda prisa y a trompicones. Perdemos notas que nos dejamos para acordarnos de lo que queríamos comprar. Y nos olvidamos de la lista y de la compra. Y nos toca improvisar sobre la marcha.

Perdemos borradores entre las hojas de las libretas que dejamos a medias. Las abandonamos en estanterías polvorientas, entre libros, cuentos y otras historias por comenzar. Otras por continuar. Muchas, por concluir.

Perdemos la cabeza por quien la pierde por otra persona. Por quien no está a nuestro lado, y nos empeñamos en lo contrario. Por quien sabe decir lo que queremos oír para engatusarnos, salirse con la suya, sea lo que sea, y salirse de rositas.

Perdemos la vergüenza tarde, mal y a corre prisa. Cuando ya no hay nada que ganar. Perdemos palabras que queremos decir y que luego ya no importan. Perdemos abrazos que queremos dar y que la otra persona agradecerá. Perdemos por el miedo a perder.

Dicen que el respeto se gana. Pero también se pierde.

Perdemos oportunidades que no las vemos por estar mirando a otro lado. Por no querer ni verlas, por un miedo irracional que no reconocemos. Por evitar fracasos, escarmientos y sarpullidos necesariamente necesarios. Por hacer como que no va con nosotros cuando morimos de ganas de que sean nuestras.

Perdemos pistas que nos llevan hacia tesoros no tan ocultos. Por mentir asegurando que la aventura no es para nosotros, que estamos hechos de otra pasta. Y si hace falta, por el camino perdemos el mapa, la brújula y los prismáticos. Para asegurarnos una salida digna antes de tiempo. Por no creer que podamos llegar a buen puerto.

Perdemos la ocasión de abrirnos puertas por no atrevernos a llamar al timbre. No ya a gritos, pero a veces ni con los nudillos. Por no ser, no somos capaces ni de asomarnos a la ventana a mirar qué hay dentro. Por mucho que la curiosidad nos pique por todo el cuerpo. Nos rascamos disimuladamente y a seguir  con la siguiente excusa.

Perdemos batallas que estaban ganadas a un paso de la meta. Nos confiamos a última hora. Bajamos el ritmo, la guardia y las ganas. Nos creemos que ya está hecho cuando aún queda algo. Creemos en la ayuda ajena y en conformarnos con el poco esfuerzo con hagamos. Mínimos a veces.

Perdemos perdones que regalar y que recibir. Por orgullos taimados y desconfianza ante todo. Y todos. Como si fueran insuperables y no accesibles. Como si perdiéramos más dándolo que negándolo. Que hay casos, claro. Pero los filtros son necesarios.

Dicen que recibes lo que das.

Perdemos trayectos de película por películas que rodamos en nuestras cabezas. Por por si acasos sin sentido y sinsentidos continuados. Por futuros que no llegan y excusas que a ningún guionista se le ocurriría. Ni en el mejor guion que pudiera escribir.

Perdemos tiempo valiosísimo por ladrones a los que dejamos las puertas abiertas de nuestra casa. Con las llaves puestas para encerrarnos si así lo quieren. Para entrar y salir a sus anchas. Para ser como Pepe por su casa.

Perdemos personas increíbles por increíbles tonterías. Por decir que no, cuando queremos decir que sí. Por no saber decir no. Por no saber qué decir o por creer saber lo que decimos, cuando no tenemos ni idea.

Perdemos el verano, quejándonos de que septiembre se acerca. La temida vuelta. Perdemos el otoño deseando que lleguen Navidades, y la primavera la cambiaríamos por las vacaciones de verano. Y el lunes lo convertiríamos en el eterno viernes. Y el domingo por la tarde lo borraríamos del calendario. Bucles infinitos.

Perdemos el norte, el oeste y el este. El sur ni lo vemos. La orientación la dejamos a un lado cuando se trata de saber a dónde vamos. Y para qué. Mejor preguntamos. O mejor ni eso, esperamos que alguien nos indique cuál es el desvío más corto y rápido.

Perdemos imperdibles por pura cabezonería y con mucho ingenio. Por falta de tacto, de gusto y hasta de olfato. Por falta de sentido y con sentido de falta. Como si fuera un reto personal digno de mención.

Perdemos felicidad en pro de la compasión. La propia y la ajena. En pro de la queja por todo y de todo lo que sea. Por no querer lo que tenemos y querer lo que no está en nuestras manos. En pro de los demás, olvidándonos de nosotros.

Perdemos de vista la cima y los pasos que nos llevan a ella. Los amaneceres desde ella y las puestas de sol cerca de las estrellas. Las hogueras que no sólo alumbran, sino que acercan. Al contacto, al calor humano.

Perdemos la capacidad de compartir por miedo a perder. Perder perdiendo. Perder por miedo a perder. Por miedo a que nos roben, a que nos engañen. Por miedo a que nos secuestren de la forma que sea.

Perdemos bonitos finales por no atrevernos a vivirlos. Por si no son como esperamos y nos dejan mal sabor de boca. Por si hay daños colaterales o heridas que no cierran. Por si nos quedamos con la sensación de querer más.

Por si no sabemos ganar.

Por si ganamos de verdad.

Patri.

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