Peter Pan

“—Pan, ¿quién y qué eres?— exclamó roncamente.
—Soy la juventud, soy la alegría —respondió Peter por decir algo—, soy un pajarillo recién salido del huevo”.

De niña me encantaba hacer el pino, el puente y cualquiera de sus variantes. Recuerdo coger los patines o la bicicleta y recorrer sin miedo las cuestas del pueblo. Buscar incluso las más difíciles y bajarlas a toda velocidad. Me caía veinte veces al día como mínimo, iba siempre llena de tiritas y mercromina, y aún así, no tenía miedo de volver a intentarlo.

Defendía el “por mí primero y por todos mi compañeros” sin hacer distinciones. Recibía invitaciones reales de cumpleaños y me sentía privilegiada por ir. Resolvíamos cualquier conflicto con el “piedra, papel o tijera” y repetíamos si no estábamos conformes. Acabar la colección de cromos del momento era una de nuestras mayores preocupaciones…

No recuerdo en qué momento dejé de jugar y cogí miedo a caerme. Cambié el “levantarme las veces que haga falta” por caerme lo menos posible. Y desaparecieron las tiritas y la mercromina de mis piernas, las colecciones de cromos y las bolsas de chuches como regalos. Y aparecieron los miedos y el ir con cuidado entre mis pensamientos.

Entonces creces y te das cuenta de por qué Peter Pan no quería crecer.

Dicen que todo adulto lleva un niño en su interior. Lleva a su propio niño, aquel que una vez fue y que hoy permanece escondido. Que vive a la sombra, en un mundo de adultos, contemplando sin entender y callado por no saber. Que se siente adormecido y hasta aburrido por no participar. Abandonado por no sentirse escuchado.

Dicen también que hay quienes logran sacarlo y lo escuchan siempre que pueden. Afortunados ellos. Por sacar sonrisas olvidadas y quitar hierro que pesa. Por ser ellos mismos en todas sus facetas. Por su capacidad de soñar, crear, imaginar y no temer. Igualito que los “mayores”.


Porque son pura alegría sin que haya una pena real de fondo. Son espontaneidad sin reservas y creatividad sin límites conocidos o sospechados. Son diversión contagiosa, inocencia no fingida y curiosidad sana por todo lo que le rodea. Son sensibilidad al decidir y naturalidad al actuar. Son lo que muestran ser.

Nunca digas adiós, porque decir adiós significa irse lejos, e irse lejos significa olvidar.

Mi amigo David es uno de ellos. Es como Peter Pan, el niño que se niega a crecer del modo en que lo hacen los adultos. El niño que se revela contra el aburrimiento, el conformismo ante los problemas y el miedo al fracaso. El que vuela cuando quiere coger perspectiva. El que busca la ilusión ante cada comienzo.

Es el niño que sabe jugar a todo sin que sea el que siempre gana. Sabe que lo importante es participar. Busca el equilibrio, esquiva pelotazos y devuelve jugadas. Evita hacerse daño a sí mismo y trata de no hacerlo a los demás. Y si se cansa o no le gusta el juego, lo para. Parar a veces es necesario.

El niño que no se olvida de lo que es importante para él, pero a la vez le hace muecas a la vida. El que cumple sus obligaciones y disfruta como nadie en sus ratos libres. El que no descuida su yo y sabe lo que necesita. Y lo pide.

“—Y como cada día a esta hora, lo mejor está por llegar—“. Le dijo Peter Pan a Campanilla.

“Lo mejor está por llegar”, le diría a mi niña interior.

Esa niña que sé que está ahí, esperando a que la mire a los ojos y la invite a jugar conmigo. A aconsejarme. A quererme. A cuidarme. Esa que en todos estos años en que yo me he olvidado de ella, ella no se ha olvidado de mí.


Esa niña que me ha esperado en silencio y tranquila, sabedora de cuál era su lugar y de que su momento llegaría. Esa que en todos estos años me ha acompañado sin robarme protagonismo, sin hacerse notar. Sin hacerse de rogar.

A esa niña interior le diría que me ayudara a recuperar aquella curiosidad que me hacía preguntar sin miedo a lo que otros pudieran pensar. A que dejara la lógica a un lado y escuchara más. A mí misma.

Le invitaría a quedarse, a participar, a hacerse escuchar. Le pediría que me recordara sus sueños, aquellos por los que quería crecer. Aquellos que movían su mundo. Aquellos por los que quería arriesgar. Sus sueños… los míos… ¿En qué punto están?

La escucharía al hablar y le alentaría a actuar, a ser ella misma, a hacerse notar. La abrazaría al llorar y le permitiría equivocarse y volver a empezar. Le dejaría poner la nota de color en el mundo gris de los adultos.

Le prometería no fallarle y buscaría el modo de cumplirlo. Para que se sintiera orgullosa. Para que se sintiera feliz.

Para que creciera tranquila.

Y tu niño…
¿Estaría orgulloso de quien eres hoy?

 

Patricia.

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2 pensamientos en “Peter Pan

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