“La mejor suerte de todas es la suerte de hacer algo por ti mismo”.

(Douglas MacArthur)

Dicen que somos energía.

Expansiva o implosiva.

Átomos que se mantienen unidos.

Dicen también que recibimos energía como si de esponjas hablásemos. Que la absorbemos sin distinción de si es positiva o no. De si nos dará más fuerza de la que ya tenemos y nos hará crecer en todos los sentidos. O si, por el contrario, nos robará sin miramiento la que ya tenemos. Por algún fino agujero del que no somos conscientes de tener.

Dicen que, a su vez, generamos energía. Y que la transmitimos hacia el exterior. Incluso, la regalamos. Que podemos conectar con otras energías a través de abrazos, del contacto, de los pensamientos. Que creamos nuestro propio campo magnético y atraemos como imanes hacia él todo lo que nos propongamos o no.

Dicen también que estamos conectados.

Reconozco que nunca he sido muy de “energías”. Soy muy poco creyente para estas cosas y para muchas otras. Soy de ver para creer. Aunque siendo sincera, confesaré haber seguido algún que otro ritual de Nochevieja por si acaso. Y más de uno, también. Pero sólo por si acaso, que conste. Quizá sea por eso que no me ha funcionado ninguno.

De hecho, tampoco he creído nunca en los amuletos, talismanes, fetiches o cualquier cosa parecida. Que por haber, los hay para todos los gustos, colores, gracias y desgracias. Vale, alguno he llevado. Pero porque fue algún regalo y me gustó.

Quizá de ahí venga mi mala suerte en general.

Lo que sí confesaré sin peros que valgan, es que he empezado a creer en algo. O más bien en alguien: en las personas. En la fuerza que transmiten en los que dicen, y sobre todo, en lo que hacen. Tanto para bien como para mal. Es más, creo, sin lugar a dudas, que en eso consiste la verdadera energía.

Es la Magia que mueve el Mundo.

No en el azar, las casualidades ni en los caprichos del destino, sino en lo que vemos y sentimos. Porque a veces no es fácil ver. O no queremos. O estamos despistados mirando hacia otro lado. O nos mentimos diciéndonos a nosotros mismos que nos da igual.

Creo que las personas somos capaces de muchas más cosas de las que nos pensamos. Y que ahí radica muchas veces el problema: en lo poco que creemos, en general. Y en nosotros mismos, en particular.

Me gusta pensar que hay gente que más que un talismán, es una fuente de energía constante. Y muy potente. Que a su lado, nos contagiamos únicamente de cosas buenas. De su felicidad, su empoderamiento, sus ganas de vivir. Sus ilusiones, su pasión inagotable. De su signo positivo elevado a infinito.

Gente que habla tras escuchar de verdad, y no sólo por responder. Gente que piensa y elige la mejor manera de expresarse. O a la que le sale natural. La que dice verdades sin puñales innecesarios. La que no esconde. La que acompaña cuando es necesario y la que te deja espacio cuando es lo que necesitas. La que sabe estar y la que sabe cuándo apartarse.

Creo en las personas que aún son personas y no máquinas que actúan sin raciocinio. Personas que aunque de vez en cuando lleven el piloto automático encendido, saben cómo y cuándo apagarlo para ser ellas mismas. Y no hace falta recordárselo día a día.

Personas que saben reconocer sus máscaras, esas que utilizan para protegerse o esconderse según sea el caso. Y que las usan poco y en contextos mínimos. Porque tienen un propósito claro. Y que incluso van más allá, y se las quitan si es necesario.

Creo en la fuerza de la palabra. La que es capaz de cambiar tu día, tu semblante y hasta tu forma de andar. La que refleja valores y evita prejuicios. La que es un bálsamo para tus heridas y reconforta como ningún otro remedio. La que transmite emoción por los cuatro costados.

Emoción, energía en movimiento.

 

“La energía, ni se crea ni se destruye, se transforma”.

 

Aún creo en la energía que transforma. La que surge de dentro de cada uno y lleva su esencia.  La que nos define, nos controla en más de una ocasión y nos da lo que nos falta en otras. La que unas veces paraliza y otras acelera en cuestión de segundos. La que mueve y moviliza. La que conmueve, emociona y nos toca la fibra.

Creo en la energía. Nuestra energía. La de las personas.

La energía que mueve y conmueve el mundo.

 

Patri.

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