“Todo termina para empezar de nuevo”. (Ricardo Arjona)

Hay momentos en la vida en los que te ves obligado a frenar en seco. De golpe. Cuestión de apenas unos segundos en que temes que te vas a estampar. Literalmente. Y que no habrá recuperación posible ni tirita que ayude a curar las heridas que adivinas vendrán. Sientes la adrenalina y la presión de todo lo que llevas a cuestas abalanzarse sobre ti. Presagias que se acabó, hasta cierras los ojos para no verlo llegar, y simplemente esperas…

Y esperas…

Y es cuando el silencio todo lo invade y contra todo pronóstico no sientes el golpe, que te atreves a abrir los ojos. Despacio, primero uno, para ver qué pasa, mientras mantienes cerrado el otro. Como si quisieras engañar al peligro o no llamar su atención. Y sólo entonces te das cuenta de que encogías los hombros y cerrabas los puños en señal de tensión. De autodefensa.

Con alivio sueltas el aire que contenías, y deshechas las feas ideas que hasta hace un instante cruzaban tu mente. No se ha cumplido ninguna. O casi. Te ves de una pieza, y que la vida sigue. Que hay colores más allá del gris y negro que te empeñabas en ver a tu alrededor. Puedes ver, oír, sentir. Y es posible que de manera hasta distinta.

Más viva.

Todo un arte, el de sentirse vivo y que a más de uno se le olvida vivir. Un regalo que no sabemos apreciar en algunos momentos, como si fuera algo obvio e infinito. Y quizá precisamente por eso, es por lo que lo descuidamos con una facilidad sorprendente y pasmosa. Una habilidad que supone algo más que respirar.

Es algo más que tachar los días del calendario y soplar velas de cumpleaños. Es algo más que correr detrás de autobuses que no esperan cuando podemos ir andando. Es algo más que levantarse temprano para hacer algo que no te hace feliz y de lo que te quejas todo el día. O toda la semana si hace falta. Es algo más que dejar las cosas para mañana y pensar que mañana todo irá bien, incluso mejor.

Es algo más que esperar mientras la vida pasa.

Tu vida.

La misma que nadie salvo tú va a vivir, no te engañes. Porque aunque muchos se empeñen en aconsejarte y presuman saber más por aquello de que la experiencia es un grado, no pierdas de vista tu propio trazo. Ese que sólo tú puedes dejar, y que por ello es único. Ese que sólo tú dibujas siguiendo tus propios instintos, pero sólo si eres capaz de dejar que te guíen.

Porque si los sigues, te llevarán donde verdaderamente quieres ir. Estarás donde tu interior te dice que quiere estar. Te verás haciendo lo que en sueños quizá viviste, y nunca te atreviste a imaginar que pudieras cumplir. Los miedos son muy malos. Pero si eres capaz de ver más allá de ellos, serás lo que te propongas. Serás lo que te dicte tu corazón; pero lo has de escuchar.

Por difíciles que se pongan las cosas. Por feo y negro que veas el horizonte. Si te acercas, verás que los caminos a tomar son tantos como los que quieras ver. Que puedes andar hacia dónde creas, desandar caminos y borrar huellas. Que aunque borres y las marcas se queden ahí, serán como un recordatorio. De que puedes equivocarte y volver a empezar.

Por infinitas sean las veces que necesites resetear.

Resetear: Reiniciar.

Porque habrá momentos, muchos, en los que desearás resetear. Porque no te gusta hacia dónde vas. O el resultado que crees que te espera al final. O porque el viaje no está siendo lo que creías. O porque cambiaste de ideas y tienes otros planes. No sabemos si mejores o peores, pero sí distintos.

Y aunque ocasiones para cambiar podemos tener todas las que queramos, es cierto que no siempre las aprovechamos o las sabemos ver. Aunque las tengamos sentadas al lado y lleven nuestro nombre escrito en la frente. Muchas se quedan en el tintero, esperando a que sea otro quien le sepa dar el valor que tienen.

Y sí, no es fácil resetear así, de buenas a primeras. Da miedo. Es como pulsar un botón con la esperanza de que luego nos irá mejor, pero nadie nos lo asegura. Nos puede ir incluso peor. Existe la posibilidad de que el remedio sea peor que la enfermedad, de que nos lleguemos a arrepentir de la acción, del resultado y de no habernos quedado quietecitos en nuestra incómoda comodidad de dejar las cosas tal cual están.

Dicen que quien no arriesga no gana.

Y aún hay valientes que se lanzan a la aventura de resetear relaciones que pretenden salvar. Aunque saben que empezar de cero no es tarea fácil y puede que ni posible, según sea el caso. Se salvan terminando relaciones tóxicas que no les hacen ningún bien o recuperando aquellas que habían descuidado.

Por ver su valor a tiempo.

Hay quienes resetean trabajos, por deseo de cambio o por pensar en sí mismos. Para bien. Para poner puntos finales que les lleven en búsqueda de sus sueños, sus proyectos, sus ilusiones. Reales. Para redescubrir qué es lo que quieren, para buscar sentidos a un sinsentido. Para no sentirse atados, frustrados, perdidos.

Hay quienes resetean momentos e historias. Hacen borrón y cuenta nueva. O lo intentan. Tratan de olvidar y empezar con buen pie. Con el mejor que tienen. Borrar lo malo y diseñar un nuevo patrón, una nueva conversación, una nueva y buena primera impresión. Crear en lugar de copiar o dejarse llevar por otros.

Perder para ganar.

Porque se gana cuando se arriesga y se cambia. Porque se cambia para bien o se aprende cuando es para mal. Pero siempre se gana, si estamos dispuestos a ello. Cuestión de perspectivas. De expectativas. De autoaceptación. De no rendirse, pase lo que pase.

Cuestión de no conformarse y saber que todos son rachas. Que todo lo malo, igual que llega, se va. Que sí, lo que sube también baja, pero que cualquier paso te lleva a algún lado, por cerca o lejos que parezca. Pero has de darlo.

Y que reseteos, haz cuantos quieras.

 

Patricia.

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