Dicen que lo inesperado es lo que te cambia la vida.

Como inesperada fue la lluvia de ayer. Esa que te sorprende ya entrada la noche, sin paraguas y sin prisas de volver a casa. Esa que de repente aparece como si nada y no te da tiempo a resguardarte. Cuando menos te lo esperas y quieres. Esa que te recuerda que el verano ya queda lejos y que el otoño pretende quedarse para largo.

La misma que te hace pensar si entras, sales o te quedas como estás. Que ir para nada, hay veces que es mucho más que una tontería. Es más bien impensable cuando sabes qué es lo que te espera y no es ni de lejos lo que quieres. Pero esperar que pase la tormenta… no es que sea siempre la mejor opción.

Mejor bailar bajo la lluvia.

En otoño, además de las tormentas, es temporada de rescatar antiguas asignaturas pendientes. Esas en las que nos matriculamos en algún enero y que aún arrastramos. Esas en las que nos proponemos ser aplicados, llevarlas al día y que, sin embargo, boicoteamos por todos lados sin excusas que valgan.

Las mismas ideas que aparecen periódicamente, de manera intermitente. Ideas que por momentos encandilan, apasionan y hasta enamoran, para pasar en un momento a apagarse ellas solas. Las mismas que dejamos de hacer por pereza o dejadez. Por no atrevernos, por creerlas difíciles, imposibles, inverosímiles. Por dejarlas a medias una y otra vez.

Como un disco rayado que siempre vuelve al mismo punto.

Nos marcamos metas, las mismas para las que en algún momento nos preparamos. O es lo que fingimos. Metas que nos gustaría cruzar y que no llegamos ni siquiera a vislumbrar. Porque topamos con algún desvío que nos saca del camino. O porque cambiamos de carrera a mitad de trayecto. O porque no llegamos a poner el pie más allá de la línea de salida.

Lo típico, vamos.

La siempre típica época de cambios, de los que estaban pendientes y de los que se nos ocurren de nuevo durante el verano. Tanto los recién salidos del horno como los que desde hace tiempo estaban ahí, en la despensa, esperando ese momento especial de ser rescatados del olvido.

Como en el olvido caen tantas cosas.

“Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro”.
(Albert Einstein)

Y fue allí, en medio de una hermosa tormenta, cuando el viento me heló la cara y dejó a mis pies unas hojas de árbol. Las hojas del otoño, las del cambio irremediable. El cambio que trae consigo nuevas ideas y los mejores comienzos. Los cambios que hacen caer las hojas secas para que, tras ellas, crezcan las nuevas. Más fuertes, resistentes y alegres.

Cambios llenos de vida.

Porque hay cambios que no tocan el claxon ni llaman al timbre para anunciar su llegada. Los hay que aguardan lo mínimo y arrancan sin esperar nada ni nadie. Los hay que transforman hasta el más recóndito rincón de tu vida, mientras que otros van tomando pequeños asaltos silenciosos. Y discretos.

Pero también hay momentos en que eres tú quien decide cambiar. Quizá porque la situación ya no da más de sí, te aburre o te asfixia. Quizá la situación es lo de menos. Acaso es por lo que hay dentro de ti, o lo que falta en él, más que por lo de fuera.

Sin importar de dónde viene, el impulso te anima a coger las riendas. Esas que siempre te han dado un poco de reparo tomar. O incluso miedo del real, el mismo que te paraliza hasta límites insospechados. El que te impide actuar, por mucho que intentes negarlo o tirar balones fuera.

El mismo por el cual, simplemente te dejabas llevar.

Y ahora te ves tomando el control, llevando el rumbo que desde hace mucho te hubiera gustado llevar. Buscando nuevos aires, deleitándote con nuevos horizontes. Quizá al principio un poco a la deriva, queriendo no perderte nada. Pero sabiendo que vas por buen camino.

Sabiendo que pudiste elegir, a pesar de lo malo y de tus propias resistencias. Y aunque seguro había otras salidas, fuiste tú quien eligió. Y elegiste la tuya propia. La que llevaba tu nombre. La que te hacía feliz. La que podría ser una equivocación, pero sería sólo tuya.

Sabiendo que en cada elección hay un riesgo. Más alto o más bajo, pero lo hay. Que las consecuencias a veces pueden ser enormes y sabiendo que no siempre quien arriesga gana. Lo que sí es seguro, es que no gana el que no lo hace. No gana el que no hace nada.

Gana el que vence miedos y asume riesgos, siguiendo su instinto, confiando en el destino. En trazarlo él mismo. Porque sabe que ni todo es bueno ni nada es malo, sino que opciones hay miles, y la actitud es decisiva.

Que el azar reparte cartas, pero nosotros las jugamos.

Gana quien sabe jugar con su baraja. El que se mueve, el que explora más allá de sus límites. El que no se conforma. El que atraviesa nuevas sendas, el que no se da por vencido. El que se detiene sólo para coger fuerzas, no para lamentarse.

Para seguir avanzando, para seguir ganando.

Gana el que lo da todo, el que da lo mejor de sí mismo. Gana el que aprende cuando las cosas no resultan como espera. Cuando lo inesperado no es lo que de algún modo esperaba.

Gana el que lucha por sus sueños.

Patri

Anuncios