Qué difícil es no coger cariño.

O cogerlo en su justa medida, sin pasarse de largo ni quedarse demasiado corto. O saber cogerlo cuando llega, ni antes ni después, y saber soltarlo cuando es el momento. Pero soltarlo de verdad, ni a medias ni de mentiras. Saber verlo, saber que es el momento oportuno sin que nada ni nadie te distraiga.

Ni siquiera tú mismo.

Que lo difícil, en muchos casos, es darnos cuenta de cuánto apego sentimos. Y más aún, reconocerlo sin tapujos ni rodeos. A bocajarro y sin tabús.  Aceptar que no queremos dejarlo ir, porque lo queremos nuestro. Ahora y por ahora. Sin divisar puntos finales que avecinen inevitables pérdida.

Qué  difícil es llegar al término medio.

Ese en el que dicen que radica lo bueno. Lo perfecto. El equilibrio. Emocional y racional. De vida y noche. El punto más alejado de los extremos. Los malos de cualquier ecuación. Los que pecan de defecto o de exceso. Los que ni tanto ni tan poco. Los que rompen el equilibrio de la balanza.

De niña solía jugar con un osito de peluche. Nada del otro mundo, en verdad, pero entonces eran mi juguete más especial. Venía conmigo allá a donde yo fuera. Era espectador y partícipe de mis juegos infantiles, lloraba desconsolada si lo perdía un segundo de vista. Menudos quebraderos de cabeza tenía mi madre cada vez que quería lavarlo…

Apego: Aprecio o inclinación especial por algo o alguien.

Y el osito… El pequeño peluche desapareció en algún momento de mi infancia, sin dramas dignos de mención, lágrimas desesperadas o reproches descorazonados. Sin dejar más que recuerdos entrañables. Soltando la mano de la niña que le cuidó y que soñaba con ser mayor.

Se fue en silencio, imagino que del mismo modo en que llegó. Sabiendo que hay despedidas que se llevan mejor por dentro, no por ello menos intensas. Buscando. Puede que se fuera a menos de algún otro niño al que hacer feliz. O puede que partiera en busca de su merecido descanso.

Como se va lo que agota su tiempo tras una imparable cuenta atrás. De esas en las que el tic tac del reloj lleva el ritmo cantante, a veces frenético. Esas que acaban en partida, en despedidas de estación y promesas de reencuentros futuros. En seguir caminando sin voltear la cabeza y ver qué queda atrás. Para que nada ni nadie nos detenga.

Para volver de nuevo, cuando se sienta que es el momento.

Como siempre vuelve aquello que dicen que es tuyo. Eso que aseguran que si sueltas y vuelve, te pertenece. Que nunca se fue. Eso que también dicen que llega si no lo buscas, si lo dejas tranquilo, si ni le agobias ni te agobias.

Y puede que vuelva, pero entre nosotros te diré, que no será lo mismo. Ni el mismo. Ni tú ni yo los mismos.

Volverá con otros matices por descubrir, si tienes paciencia y te dejas sorprender. Volverá con otros colores para hacer nuevas combinaciones, tradicionales, transgresoras, rompedoras. Traerá nuevas texturas que sentir y nuevas notas musicales que cantar. Nuevos afectos que regalar a quien esté dispuesto a recibirlos.

Nuevos apegos.

Esos que calan hasta lo más hondo, haciéndote sentir el miedo rondándote. Por perder algo. O a alguien. Por pensar que lo que crees que siempre estará ahí, llegue un día a esfumarse como humo. Sin etiquetas de culpables ni arrepentimientos que solucionen nada.

Porque nada ni nadie es para siempre. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Que no es más tuyo por gritarlo a todo pulmón y a los cuatro vientos. Ni dura más por meterlo en una urna de cristal o encerrarlo entre cuatro paredes.

Que en los finales de cuento, no siempre comen perdices.

Y suele pasar que sí, que coges apegos. Que de repente no quieres soltar. No quieres desanudar nudos que jamás volverán a atarse. No quieres soltar globos que desaparecerán en el horizonte tan pronto vuelen solos. No quieres bajarte de barcos que atracarán en otros puertos como destino final.

Porque sabes que duele y no quieres. Una persona, un vínculo, un recuerdo. Una flor, una mirada, un texto. Porque lo fácil es aferrarse al pasado, a lo que fue, a la memoria, a la ilusión. Aunque seguramente hoy ya no es lo mismo. Aunque a veces es difícil verlo y peor aún reconocerlo.

Te resistes. A perder, a soltar, a olvidar.

Sientes la unión como una herida que aún no se ha cerrado. Que hace que tu piel se estremezca simplemente con el soplar del aire o un roce no buscado. Sientes que algo se rompe, una etapa, un proyecto, un momento. Y sabes que recomponerlo es como una quimera.

Algo que fue importante para ti, y que aún hoy lo es. Una marca, una huella, un vestigio. Un ancla que se pierde en el fondo de tu memoria, que te retiene en tierra firme. Para que no huyas, para que no te escapes.

Para que no vueles.

Pero si eres capaz de alzar velas y soltar amarras, verás que no sólo no te hundes, sino más bien que flotas. Que puedes nadar, navegar o bailar si es lo que prefieres. Que el sol se ve distinto y alejarse de la orilla no da tanto miedo.

Sentirás ligereza y hasta libertad. La misma que hasta hace poco ni echabas en falta. La misma a la que habías renunciado y no te habías dado cuenta. La misma que llega cuando nos atrevemos a soñar, a arriesgar, a volar. Y a no soltarla.

Disfrutando lo que sí tenemos, soltando lo que ya no está.

Y soltando esos apegos que ya no nos llevan a ninguna parte.

Patri.

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