Seguir las señales

Es preciso correr riesgos, seguir ciertos caminos y abandonar otros. Ninguna persona elige sin miedo”.

(Paulo Coehlo)

Hay decisiones que son difíciles de tomar.

Decisiones a las que les damos mil y una vueltas. Sopesamos ahora sí y ahora también. Las destripamos al detalle, analizando puntos y pausas, buscando las distintas tonalidades. En el silencio de la soledad o en el alboroto de la compañía, esa con la que solucionas el mundo.

Una tarde cualquiera. En un bar cualquiera.

Decisiones que nos hacen dudar. De ella, de nosotros, de cualquiera. De si es realmente que sí o un capricho temporal. De si de hoy no pasa o mañana será otro día. De si “ahora, sí o sí” o de esperar que llegue el momento. De si lo habrá.

Decisiones que no son ni simples ni difíciles en sí, sino que somos nosotros quienes las etiquetamos. Les ponemos nombre para excusarnos detrás de él. Ya sea por aburrimiento, por desidia o porque nos imponen. Sí, algunas nos amedrentan, nos roban valor, nos hacen mirar para otro lado.

Y quizá sea por eso por lo que nos complicamos tanto, por no envalentonarnos. Por no saber cómo ni cuándo, por no decidirnos a actuar, por no atrevernos a movernos. Por no pedir bien y obrar en consecuencia. Por no aceptar a tiempo o por no decir que no desde el principio. Por no saber escuchar.

El universo nos habla.

Continuamente.

Nos manda señales para que nos demos por aludidos. Para que sigamos una serie de pasos que nos lleven a algún lado. Señales de todo tipo, ya sean visuales, en forma de canción o a través de las personas. Nos responde a su manera cuando se lo pedimos. Otra cosa es que le hagamos caso.

Que lo habitual es que andemos despistados o incluso enojados con el mundo por olvidarse de nosotros. Siguiendo el instinto de a saber quién, en lugar del propio, típico, o perdiéndonos los mensajes que se plantan en nuestras narices. O sorteando sin ver las zancadillas que nos intentan avisar.

Porque pasa.

Pasa que no lo vemos. Porque en verdad no queremos, pero queda muy bien que digamos lo contrario. O bien no estamos preparados para verlo, porque nos aterra el después, el cambio de planes, que cambien las reglas del juego. O quizá sólo queremos ver una parte del todo o un resultado concreto, y si no es el que pensamos, pasamos palabra con cualquier excusa que creamos válida.

Hace tiempo me ronda la idea de irme lejos. Lo de lejos puede ser relativo, según se mire. Pero irme. Y no es porque huya de algo o de alguien. O igual sí. Pero no por miedo. O igual sí. Pero por miedo a quedarme igual que estoy, sintiendo que algo me falta, que algo me pierdo si no me muevo.

En un punto que no sea el mío.

Siendo sincera, es una idea un poco antigua, algo así como vintage que dirían ahora. Puede que surgiera como fantasía en algún momento de mi adolescencia o incluso niñez, mezclado con aires de rebeldía y de toques de irrealidad. Por no pensar en los contras y ver únicamente pros. Curioso o no, sigue ahí.

Curioso o no, siempre he comprado billetes con fecha de vuelta. Siempre he hecho maletas pequeñas de una estación, aunque se haya colado algún “por si acaso”, muy mío. Siempre he dado abrazos de breves despedidas, de los que sabes que recibirás uno de vuelta en poco tiempo. A veces saltándome el primero y recreándome al volver.

Porque siempre he vuelto, igual que mi idea. De nuevo.

La misma que hasta hace nada negaba y aseguraba que ya no era para mí, que era un tema finiquitado. De que por fin, me sentía estar en otro punto, mejor, mucho mejor. De tener claras ciertas cosas y no andar buscando otras.

La misma que de repente ha empezado a colarse en mi vida de las formas más insospechadas, donde menos me lo espero. Como un inocente comentario, un inesperado mensaje o una pequeña imagen, la primera en llamar mi atención a primera vista. Lo que llama mi atención de todo un conjunto.

Lo que se queda ahí. Rondándome.

Causalidades de la vida.

Y no es que sea la persona más indicada para hablar de seguir instintos. Por no apostar, no apuesto ni por el mío. No apostaba, perdón. Porque desde hace algún tiempo, empiezo a confiar más en él. Llámalo corazonada, 6º sentido o una locura de remate. Llámalo como quieras llamarlo. Pero algo hay.

Es como seguir el caminito de migas de los hermanos del cuento. Aquellas pequeñas señales que dejaban a su paso para saber volver después, para poder deshacer sus pasos, para no equivocarse de dirección. Para poder regresar siempre. A lo conocido, al hogar, a uno mismo. Para no perderse.

Aunque perderse… no siempre es malo.

Porque, aunque como en aquella historia, el camino puede borrarse y dejarnos sin saber hacia qué lado mirar, también puede ser que nos lleve a un nuevo lugar. A uno al que queremos ir y no sepamos cómo. A uno al que tan pronto conocemos, no querremos abandonar. A uno en el que será como estar en casa.

Porque hay caminos marcados por otros que no hay por qué seguir. O al menos al pie de la letra. O al menos hasta el final. Que se pueden ignorar, cambiar de sentido o tratar de adaptar.

Pero también hay caminos propios que crear, decorar o colorear. Listos para que empecemos por dónde nuestro libre albedrío nos lleve. Listos para seguir unos pasos ordenados o desordenarlos según lo sintamos.

Marcas personales, que podemos dejar, regalar, celebrar.

O quedarnos con su mensaje. A pensar qué queremos. Y actuar.

Dicen que atraemos lo que somos. Y lo que pensamos.

 

Patricia.

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4 pensamientos en “Seguir las señales

  1. Muy fan de las señales y muy buena esta entrada!
    Siempre hay que seguirlas…tengamos miedo o no…porque cuando lo hacemos..oh! que bien sienta saber lo que llevaba escondido tanto tiempo, sea bueno o no tan bueno..pero las señales siempre son para bien! 🙂

    Le gusta a 1 persona

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