-Abuelo.

-Dime.

-¿Me das un abrazo? Pero rápido.

-Claro, pero, ¿por qué rápido?

– Porque mi mamá ya me va a despertar.

 

Hacer fuerza con los ojos, tratar de dormir.

De nuevo.

Tratar de no despertar, de hacer como que aún duermes. Cerrar los ojos y sentir que te tiemblan los párpados del esfuerzo. Fingir que no es hora de abrirlos, que no hay por qué levantarse, que no hay nada mejor que hacer. Pretender que la luz no molesta, que no es ni siquiera de día.

Volverte a dormir de hecho, y sumergirte en el reino de tus sueños. Aquel en el que campas a tus anchas, aquel en el que no hay monstruos que te perturben ni batallas que acaben mal. Aquel en el que los castillos rebosan ilusiones, deseos, personas.

Amor.

El mismo en el que el reloj se congeló y nadie parece haberlo percibido. Un reino en el que las sonrisas no se esconden, al contrario se regalan a desconocidos. Donde no hay abrazos olvidados que echar de menos. Donde no hay prisas por llegar a ningún lugar, ni ausencias que requieran excusas que perdonar.

Tratar de dar marcha atrás en el tiempo y poner en hora el reloj. Volver a un instante concreto o no. En el que eras feliz, aunque no reparases jamás en ello. O casi nunca. O no lo suficiente. En el que nada te faltaba y a nadie echabas en falta.

Volver a un lugar, a un beso, a un suspiro.

A una persona.

A una fecha.

Y es que hay fechas señaladas que nos asaltan la memoria sin necesidad de calendario, alarma o recordatorio alguno. Sin que le preceda ningún tipo de advertencia, de vítores o de banderitas para agitar al viento.

No hay mensajes grandilocuentes que lo ensalcen ni interminables discursos de agradecimiento cuando acaban. No hay grandes celebraciones acompañadas del ritmo de la música y de bailarines expertos. Ni desfiles que terminen en un colorido castillos de fuegos artificiales.

Fechas que no se olvidan.

Datas tras las cuales se esconde un sentimiento adormecido, que no caducado. Silencioso por momentos, feroz en circunstancias sensibles, delicadas, insospechadas. Sensaciones de un dolor agudo y conocido, por desgracia. De abandono  irremediable, de pérdida largamente sentida, llorada, desgarradora.

Una herida aún no cerrada, y que por momentos se abre un poquito, quizá sólo lo necesario para recordarnos que sigue ahí. Que por mucho desinfectante que empleemos, que por muchas vendas que gastemos, ahí está. Un eterno recuerdo.

Como quienes dejaron tras de sí, una huella imborrable.

Yéndose puede que de la manera más silenciosa e inesperada posible. De golpe, en soledad, sin pretender hacerse notar. Sin darnos tiempo para prepararnos, para decir todo lo que queríamos decir, para sentir de verdad todo lo que queríamos, para compartir todo lo que podíamos.

O puede que llevaran tiempo diciéndonos adiós. Con claridad o a su modo. Sin ser nosotros conscientes de ello. Sin querer verlo o queriendo no hacernos a la idea. Negándolo para tratar de protegernos, para evitar huir, para fingir normalidad.

Hasta que fingir deja de tener sentido.

Hasta que llega el punto de asumir. De aceptar que no queda otra, que no hay marcha atrás. Que todo lo que podemos hacer es continuar caminando, pese a las heridas, los deberes sin hacer y las palabras no dichas. Pese a rompernos, a perder el aire, a querer parar. Pese a querer irnos.

Porque en algún momento, los recuerdos ya no pesan, sino que acompañan. El dolor se atenúa y crece el agradecimiento. Por lo que fue, y por lo que será, aunque de otra manera. Por los que se fueron, por los que quedaron atrás. Porque aunque el vacío sigue estando, su presencia no se pierde.

Porque irse… no se van del todo.

Están en el aire que sopla alegremente, libre, sin ataduras ni frenos. El mismo que te agita el cabello y dibuja bonitas formas sobre el agua. El mismo que te acaricia la piel con suavidad y trae el olor del mar. El mismo que te hace experimentar ligereza, frescura, aires nuevos.

Están en cada gota de lluvia que cae. La que limpia la calle, la que colorea el paisaje, la que refresca cuando el calor es sofocante. La misma que da vida a los bosques, a los ríos, al planeta. Da vida a la vida.

Están en el susurro de la noche, aquel que se deja escuchar cuando la ciudad desacelera, baja el ritmo y la soledad se hace más patente. Cuando se agradece la mejor de las compañías. Cuando buscamos lo imprescindible, lo cercano, lo humano.

Están en cada estrella que brilla con fuerza al caer el sol. Noche tras noche. En cada deseo que pedimos, en los que ya hemos conseguido y en los que no tardarán. En cada estrella que cruza el firmamento y en los astros que están ahí, observándonos. Día tras día.

Están en la compañía, en la gente, en las risas. En los paseos al atardecer y en la belleza de cada amanecer. De cada nuevo día. De cada nueva oportunidad. De cada prometedor comienzo, dure lo que dure, termine como termine.

Están en los recuerdos, en el corazón. Están en el cofre del tesoro que guardamos con celo. El mismo que escondemos para protegerlo.

Están donde menos te lo esperas y donde quieras que estén.

Estar, están.

 

Patri.

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