El tiempo que vuela

“Cuida los minutos y las horas se cuidarán de sí mismas.”

(Lord Chesterfield)

¿Cuál es tu mayor tesoro?

Ese “algo” al que tanta estima le tienes y que cuidas como oro en paño. Aquello que proteges y que rara vez compartes, si acaso con mucho celo y sólo con quien sabes que lo va a apreciar de verdad. Que no es cualquiera, no nos engañemos. Aquello sin lo cual nada sería lo mismo, ni siquiera tú mismo.

Lo que te podría quitar no sólo el sueño, sino el aliento. Lo que te suma jovialidad y hasta algún tono de más en tus mejillas. Aquello por lo que perdemos la cabeza, aunque tratemos de negarlo. Lo que nos alegra cualquier mañana gris y aleja hasta el último de los nubarrones más negros. Lo que pone voz a silencios rotos y anima cuando lo demás se ha perdido.

Los habrá para quienes sea una persona en concreto. Una madre que sea ejemplo de vida, puro ejemplo de superación; o un padre que ejerce las veces de héroe sin igual. Quizá se trate de un amigo especial, de esos con los que te une algo muy fuerte, incluso más que un vínculo de sangre. Por quienes lo darías todo, incluido a ti mismo. Por quienes eres, y quieres seguir siéndolo.

Los habrá para los que su mundo sea su trabajo. Su seña de identidad, su logro más logrado. Y puede que hasta no puedan ni imaginarse la vida más allá de su trabajo, cogiendo uno nuevo, empezando de cero. De cero o desde el tejado. Dejándolo todo o casi todo. Aquí o allá. Superando miedos y afrontando retos. Demostrando que pueden si quieren, que merecen.

¿Y el tiempo?

Nada como abrir un viejo álbum de fotos, de esos que cogen polvo en alguna estantería y cuyo color empieza a amarillear. Ver aquellas imágenes que parecen de una vida pasada, hasta lejana y que hoy te producen risa y hasta vergüenza. ¿Y esas pintas? Comprobar que no hace tanto tiempo que se hicieron, o quizá sí. Pero si te paras un segundo a observarlas con detenimiento, es como si volvieras a posar para aquellas instantáneas.

Nada como tener la ocasión de reencontrarte con la familia. Con todos aquellos a los que no sueles ver, a los que están más lejos, y a los que aunque estando cerca, la rutina los lleva por caminos distintos. Nada como verlos pasado mucho tiempo y observar los cambios, a veces para bien, y a veces no tanto. Reencuentros que llegan a encogerte el corazón, y dejarte en un “ay”, por sentir que el tiempo pasa.

Que el tiempo vuela.

 

Y no espera que le sigamos el ritmo. Ni se detiene por nada ni nadie. Avanza imparable, siempre al mismo paso, siempre hacia delante. Poniendo a cada uno en su lugar, regalando oportunidades a quien las quiera coger. Recordando lo efímero que puede ser a quien lo quiera escuchar.

Escapándose de entre los dedos de quienes no lo saben cuidar.

De niños soñábamos con ser mayores, con crecer y comernos el mundo. Con ir a la universidad y tener el trabajo por el que cualquiera suspiraría, nos envidiaría, lo querría para sí. Soñábamos con viajar hasta los confines de la tierra y con ser el alma de cada fiesta a la que fuéramos.

En nuestros sueños  triunfábamos siempre, éramos libres y felices y a nada temíamos. No existían los problemas, para todo teníamos solución. El tiempo se congelaba, nadie se iba de nuestro lado y a nadie echábamos de menos.

Parece que fue ayer.

Y aunque nos decían y repetían que el tiempo, conforme te haces más mayor, más rápido se te pasa, no quisimos creerlo.

Y llegamos a la universidad, o no. Tuvimos nuestro primer trabajo. Incluso dos a la vez. Y detrás vinieron muchos otros, y puede que ninguno fuera el que habíamos soñado. Y tuvimos miedos, muchos, y con ellos tantas cosas que se quedaron en el camino. Como vuelos que no cogimos, personas a las que no nos atrevimos y fiestas en las que no bailamos.

Y hubo personas que no nos envidiaron. Algunas estuvieron durante un tiempo, otras nos enseñaron que, cuanto más lejos, mejor. Y hubo otras que se fueron, para siempre. Sin nada que pudiéramos hacer para evitarlo, más allá de vivir con el recuerdo y un amargo sabor. El del tiempo corriendo descontrolado.

Que todo pasa porque tiene que pasar, nos dijeron.

Que no es posible dar marcha atrás y retroceder en el tiempo. Que lo que alguna vez dijimos, alguien lo escuchó, y lo que no, aún estamos a tiempo de decirlo. Que aunque hay cosas que es mejor guardar para uno mismo, las hay que por sí solas no tienen sentido.

Que lo que alguna vez hicimos, pudo doler, pudo causar heridas de difícil reparo. De difícil olvido e imposible perdón. Pero lo que no hagamos, eso que nos perdemos. Nosotros solitos. Personas, viajes, momentos, sueños. De difícil perdón e imperdonable olvido.

No perdamos más.

Vivamos. Al día y sin mirar la hora. Con personas que se quedarán el tiempo que quieran y el que se lo permitamos. Con personas que nos aporten, que nos creen valor. Y aprendamos de los que no. Hagamos que valga la pena.

Viajemos. Aceptando sin tanto miedo, arriesgando cuando sea el momento, que por serlo, puede ser cualquiera. No tomemos lo que no es nuestro, ni guardemos viejos rencores. No llevemos de más, sino lo esencial.

Bailemos. Con música y sin ella. Inventando acordes e improvisando los pasos sobre la marcha. Que si los finales son bonitos, los principios no lo son menos. Olvidando vergüenzas, indecisiones  y excusas que nos retengan.

Olvidemos que la vida pasa sin olvidarnos de vivirla.

Y que todo pasa.

Y que el tiempo vuela.

 

Patricia.

 

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10 pensamientos en “El tiempo que vuela

  1. Por mucho que trate de contenerme, cada día tengo más claro por qué te sigo y por qué no puedo no comentarte. Y es que perderme una entrada tuya sería perderme una parte de mí. No conozco la sensación de leerte y no sentir mías la mayoría de las reflexiones. Esa envidia sana de ver que a quien admiras se le ocurren las frases que desearías que te saliesen a ti, que encuentra las palabras exactas que llevas buscando meses y que no terminan de aparecer. O por lo menos con esa magia.
    Que pases una genial semana y gracias de nuevo por descubrime un poco más.
    Saludos 🙂
    http://viveynosobrevivas.blogspot.com.es/2016/11/esquivando-huracanes_14.html

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  2. “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mi un pajarito me contó que estamos hechos de historias”-Eduardo Galeano
    …pues eso….llenos de historias…..estamos llenos….somos lo vivido y lo aprendido….las experiencias…las emociones de nuestra piel. Besos Patri

    Le gusta a 1 persona

  3. Pingback: Gracias – Entre suspiros y un café

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