Y de repente sientes que todo es igual.

Pero que algo ha cambiado.

La imagen se había congelado y el silencio reinaba hasta el último rincón. Donde antes había demasiada intriga, expectación y hasta emoción contenida, ahora quedaba un reposo inquieto. Un viejo reencuentro y diálogos infinitos. Sin mediar aviso, el reloj parecía haber dejado de anunciar los cuartos y los mensajes de whatsapp permanecían a la espera de ser leídos.

En donde se adivinaba un cierre, un punto final, un final de partido, se había abierto una puerta. Una puerta tras la cual se escondían dudas. Muchas. Algunas inesperadas. Incógnitas que quedaban por resolver y una continuación que quería imaginar. Soñadora quizá. Necesidad de respuestas, de tiempo, de asimilar.

Necesidad de sentir.

Parecía un viaje al pasado, al abrigo del acogedor traqueteo del Orient Express. Con unas vistas de película y una taza humeante de café en la mesita. La misma que sujetas con las dos manos y la miras con cariño, teniendo cuidado de que no se te caiga y se haga añicos. La misma que te acompaña durante todo el trayecto y te hace más fácil llegar al final del viaje. Donde la pregunta inevitable te espera: “¿ha valido la pena?”

Una respuesta que no siempre es fácil. Cambiante a menudo de forma, amoldable según la persona. En muchas ocasiones, distinta de la que tenías en mente en un principio. Antes de todo. Distinta de aquella que te ilusionaba como a un niño pequeño el día de su cumpleaños. Distinta de aquella que te aceleraba el corazón con sólo oír una voz haciéndola plausible, real, viva, animándote a conseguirlo. Distinta de aquella que aguardaba la salida de su tren junto a una maleta cuidadosamente ordenada y con una lista intacta llena de sueños por cumplir.

No hay trenes por casualidad.

Y es que cada tren que escogemos, aboca irremediablemente a un destino distinto. Un final soñado, o no. Un colofón buscado, ansiado, deseado, o no. Un para qué muy personal. Un gran sinsentido para unos que para otros es la cúspide de la montaña. Su montaña. Y cada cual, que decida hacer con ello lo que quiera.

Los habrá cuya motivación incluya únicamente diversión como fin último de su propósito. Los habrá que busquen el confort de la buena compañía, elegida con cuidado o no, la que de sentido a todo, y sin la cual nada tenga sentido. Los habrá que anden perdidos, con rumbo errante y sin destino claro, en búsqueda de un no-sé-qué sin saber muy bien dónde hallarlo.

Los habrá que viajen sin ni siquiera maleta o lleven lo estrictamente necesario. Los habrá cuyo equipaje responda a mil y un “por si acaso”. Los habrá que planeen cada etapa, cada salida, cada segundo, mientras que habrá quienes se dejen llevar por el impulso de cada momento. Los habrá que viajen para no volver, para no olvidar, para repetir o por no cambiar.

También sucede que, a veces, nada resulta como esperabas.

 

Nada de lo que llevabas tiempo planeando al dedillo y con tanto anhelo. Pretendiendo no dejar ningún cabo suelto que lo hiciera saltar por los aires. Maquinando, en soledad o con comitiva, aprovechando el primer rayo de luz del día y hasta el último reflejo de luna. Tejiendo los hilos uno a uno para mover cada detalle. Sobrehilando la historia para que todo encaje y resulte sencillo. Natural. Real.

Anticipando hasta el más mínimo pormenor que se te pueda escapar y ensayando cualquier movimiento, por si tuvieras que improvisar. Previendo imprevistos  que te puedan asaltar a mitad y preparando planes alternativos para poder continuar, para no parar. Por mucho desvío que salga a tu encuentro. Por muchos titubeos que surjan o contratiempos que animen a renunciar.

Porque hay cuentas atrás que no se detienen.

Que por mucho que quieras parar el mundo, bajarte y no mirar, no siempre será posible. Más bien, será difícil que alguna vez lo sea. Que escapar puede no ser la mejor idea, y que esconderse no solucionada nada. Puede que las opciones que barajes no siempre sean ni las mejores ni las que hubieras deseado, pero siempre podrás jugar con ellas.

Que por mucha añoranza que sientas, volver hacia atrás no es nunca probable, ni casi probable. Más bien, imposible. Por mucho que extrañes esa comodidad que te da lo conocido, esa seguridad que te promete lo que te resulta familiar, esa dicha que te provoca un final esperado, hay cosas que nunca vuelven.

Esencias, afectos, lances.

Por mucho que pretendas conservar intactos algunos momentos, algunas personas, o incluso ciertos lugares, no siempre está en tu mano. Porque habrá aspectos que sí, que seguirán ahí. Pero habrá muchos otros que tendrán otro matiz. Otro tono. Otra energía. Otro trasfondo tras el cual serán distintos, siendo en apariencia iguales.

Porque a veces todo es lo mismo.

Sin ser igual.

Porque a veces, el cambio está en ti.

 

Patricia.

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