“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

— Oscar Wilde

Dicen que el presente no se espera, se construye.

Que lo fácil es precisamente eso, esperar. Pensando que si no actuamos, otros lo harán por nosotros. Típico. Que otros hallarán la solución de esa ecuación que no sabemos resolver, que se nos resiste y que nos trae de cabeza. A la que incluso no dimos la importancia que merecía en un principio. O puede que le diéramos demasiada. La que pensábamos no era tan complicada, y por momentos se vuelve cada vez más. La que no parece tener solución.

O puede que simplemente no queramos buscar cuál de todas es la salida válida. Aprender a reconocer las falsas y tirarlas abajo. Aprender a base de equivocarnos, de caernos o de volver de nuevo a la casilla de salida. Puede que prefiramos desentendernos del problema, fingir que no existe o que se resuelva por sí solo. Pensar nunca fue fácil. Implica esfuerzo. Y hay que estar dispuesto.

Sucede que pueden pasar días y meses, incluso años, vacíos. Insípidos, repetidos, sin fuegos artificiales ni celebraciones dignas de mención. Días más que predecibles, monótonos y descoloridos. Como si la rutina se hubiera instalado en la habitación de al lado, como fiel compañera de piso. La que no te deja ni a sol ni a sombra.

Días de cumplir. Sin ilusión ni motivación que los haga distintos. De obedecer “lo que toca” y olvidar lo que se quiere. Qué fácil es a veces. Días en los que dejas tu creatividad y tus deseos a un lado. Aparcados en tercera fila y sin intermitentes. Como si no fueras a volver a por ellos. Como si fueran para otros. Como si no tuvieran el más mínimo valor. Incluso como si no supieras que los tienes, que son tuyos.

Sucede que no ves más allá de tus pies, de tu bonito par de zapatos y de las huellas que dejan tras de ti. Preocupándote más por esas huellas, por si alguien las seguirá o se borrarán en cuestión de días. Por si te pierdes en algún momento y no puedes seguirlas. Por si caen en el olvido. Por si la sigue quien no debe.

Como tus sueños.

Esos mismos que dicen que si no los construyes con tus propias manos, otro lo hará por ti. O acabarás construyendo los suyos.

Sucede que miras sin ver. Te pierdes una y otra vez las infinitas oportunidades que cada amanecer te trae. Infinitas, sí. Como si pensaras que mañana estarán ahí de nuevo. Las mismas. Esperando por ti y para ti. Como si otro no las fuera a aprovechar. Como si fueras el único que está ahí.

Sucede que oyes sin escuchar. Como si lo que te dijeran no fuera contigo. Como si no fuera ni importante, ni útil, ni distinto. Como si ya lo supieras todo, como si “lo tuyo” siempre fuera más y mejor. Sin pensar que te pierdes el matiz único de cada voz, la calidez de cada persona, la riqueza y el poder de la palabra. Del sentido, los sentimientos y el amor. Perdiéndote tanto, ganando tan poco. Alejando a personas, perdiéndote a ti mismo.

Sucede que hablas sin sentir. Por costumbre, una vez más. Por dar una respuesta, rápido y pronto. Tratando de darla que el otro espera recibir. Saltándote lo que en el fondo sientes, lo que realmente te gustaría decir. Saltándote lo bonito de expresar, lo bonito de la sinceridad y los vínculos que se pueden crear. Te escudas tras un caparazón. De indiferencia, de superioridad, de estar por encima. Una vez más.

Que ya lo dijo un sabio hace tiempo. Haciendo siempre lo mismo, lo que acostumbras desde hace tiempo, lo de todos los días, lo que invariablemente repites una y otra vez, y que una y otra vez no te funciona,… No algo distinto. Ni siquiera distinto. Los resultados llegan de la acción. De equivocarse. De no rendirse.

De cambiar.

De despertar de ese sueño vacío en el que nos sumergimos. A veces a conciencia, otras sin ella. De dejar de inducirlo. De tratar de salir, por mucho que nos cueste, por miedo que nos cause. De cambiar el color y el tono de las pesadillas.

De decidirse a sentir, a diario, a cada segundo. Con todos y cada uno de nuestros sentidos, aprender a utilizarlos. Y a disfrutarlos. Aprender a dejar a un lado esas barreras que nos aíslan, que nos impiden crecer y ser lo que somos. Que somos mucho más de lo que pensamos.

De decidirse a escuchar uno a uno nuestros deseos. Para atrevernos luego a cumplirlos. Seamos valientes. Atrevernos también a escucharnos a nosotros mismos, a no maquillar nuestras palabras. Para bien o para mal. Y atrevernos a no cerrarnos a los demás. De ellos también se aprende.

De decidirse a actuar. A arriesgar. Por ti en primer lugar. Y darte valor. Decidir apostar bien fuerte por lo que quieres, por esos sueños de colores, por esos deseos que nadie más puede cumplir por ti.

E ir a por todas. Aquí y ahora. No dejar nada para mañana. Mañana quién sabe.

Que la vida, dicen, es eso.

Vivir de instante en instante.

Patricia.

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