Buscamos la perfección.

Por defecto. Por costumbre. Por necesidad.

O eso decimos.

Buscamos agradar. Sobre todo a los de fuera. Llámalo agradar, maravillar, encajar o como quieras. El resultado es el mismo. Nos autoimponemos metas muy altas, muy exigentes, poco convenientes. Nos autoconvencemos de que es exactamente lo que necesitamos, ni más ni menos. Que es la llave de nuestra felicidad. De la puerta que aún no hemos abierto. La montaña que queremos subir, no importa el esfuerzo, el camino o si tendremos oxígeno suficiente para subirla. Ni nos lo planteamos.

Y nos lanzamos.

Nos lanzamos de cabeza. Con todo el ánimo del mundo, o de ese momento. Con toda nuestra voluntad, sumando la fingida. Porque nos lo queremos creer. Aunque creamos al 50%. O menos. Porque nos decimos que es lo que debemos querer. Nos guste o no. Porque es lo que hace la mayoría. Lo que te recomienda la mayoría. Lo que está bien. O eso dicen. La moda. Lo que se debe hacer.

Lo que toca.

Y ponemos toda nuestra atención. En lo de más allá, en lo de fuera, en las apariencias y las medias verdades. Medias, sí. Porque generalizar no es siempre acertado ni lo mejor en cualquier caso. Que lo que es bueno para uno, no tiene por qué serlo para otro. Ni las razones, ni los motivos ni las intenciones. Ni siquiera los deseos.

Desear es un sentimiento.

Sentimos poco. Callamos mucho.

Callamos esas voces internas que nos piden actuar. Movernos. Avanzar, o retroceder. Hacer o deshacer. Voces que nos hablan en susurros y hasta a gritos. Pidiéndonos cambiar. Coger el timón y tomar otro rumbo. Diferente. Con sentido o sin él. Ya se lo pondremos luego. Decir que no a lo que no queremos. De verdad. Y más veces. Pensar más en nosotros. Y decirnos que sí. Una y mil y veces más. A nosotros… Priorizarnos. Reinventarnos. Reorientarnos. Reoxigernarnos.

Para volver a pisar con fuerza. Para dejar huella allá donde pisemos. O donde queramos dejarlo. Para olvidarnos de esas voces que gritan. De esos gritos. Bajarles el volumen. Hasta que desaparezcan. Hasta tener la conciencia tranquila y no callada a base de mentiras. Porque nos mentimos a nosotros mismos. Y mucho… Demasiado.

“Nuestras imperfecciones nos ayudan a tener miedo. Tratar de resolverlas nos ayuda a tener valor”. (Vittorio Gassman)

 

Valor.

Es lo que a veces nos falta. O la gran mayoría de ellas. Es el empujón necesario, en el momento adecuado. Es el aliento que pedíamos y que no sabíamos dónde encontrar. El aliciente, la motivación, el ánimo.

Y coraje. Para dejar atrás lo que creamos. Para empezar donde estamos, las veces que queramos. Para actuar, en nombre propio, en primera persona. Para superarnos a nosotros mismos. Para mejorar. Lo mejorable. Lo necesario. Que no todo. Para aceptarnos más.

Y querernos. Más y mejor.

Que eso también nos falta. Y mucho. Empezando por aceptarnos. Lo que ya somos. Lo que un día fuimos. Aceptar que ni todo es negativo ni todo es imposible. Que no estamos tan lejos de nuestros sueños, de cumplirlos. Que podemos equivocarnos. Equivocarnos y no hundirnos. Que podemos con mucho más de lo que pensamos, y si lo intentamos, aún podremos con más.

Aceptar que hay cosas que se nos escapan sin remedio, que ni culpa ni arrepentimientos que valgan. Que ni podemos ni debemos controlarlo todo. Que nos volveríamos locos. Aceptar que hay quienes están hoy, pero quizá no mañana. Que las cosas cambian. Incluidos, nosotros mismos. Y los demás. Aceptar que no somos centro, más que de nuestro propio mundo, y que ahí, tenemos poder. Mucho.

Y aprender a querernos. Aunque parezca evidente. Que todo se puede aprender. De verdad, y no de simple palabra. Sin egoísmos. A pesar de lo que puedan decir otros. A pesar de lo que podamos decirnos a nosotros mismos. Callemos voces. Dejemos de ser nuestros enemigos.

Y querámonos. Para ser nuestro propio aliento, cuando sintamos que las fuerzas nos fallan. Que nos fallarán en algún momento, es normal. Y seamos nuestro mayor admirador, reconociendo todo lo bueno, aceptando lo que no sea tanto. Siendo más justos. Siendo más realistas. Valorémonos más y mejor. Juzguémonos menos.  Aprendamos a construirnos en lugar de destruirnos. Aprendamos a querer mejorar, crecer, brillar con luz propia.

A querer ser nuestra mejor versión. A aceptar que ya lo somos. Sin querer ser perfectos.

Porque a nuestra manera, ya lo somos.

Aceptar que la vida puede ser perfectamente imperfecta.

Y nosotros con ella.

 

Patricia.

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