Me quedé pensando que hay días que se empeñan en no ser como esperabas. Que te rompen todos y cada uno de tus esquemas y planes. Que se te escapan de las manos. Que te hacen saltarte tu guion e improvisar sobre la marcha. Que te convierten en protagonista principal de una historia que igual preferirías no haber vivido. Pero la vives. No te dan otra opción.

Me quedé pensando que hay agujeros que surgen de la nada, en el momento y el lugar más inoportuno. Agujeros que no ves hasta que has metido el pie bien dentro, hasta el fondo. Hasta que es demasiado tarde para reaccionar y te has quedado atrapado. Hundido. Atascado. Hasta que te has visto caer, como en una película, a cámara lenta, y sin subtítulos para entenderla. Y que acabas entendiendo, aunque sea a medias.

Me quedé pensando que hay golpes inesperados. Que te alcanzan donde más te puede doler. O donde seguro duele. Golpes certeros. Dolorosos. Directos. Golpes que te llegan sin haberlos buscado, sin haberlos provocado, sin haberlos querido en ningún momento. Llegan porque sí. Y punto. Y los recibes. Y los intentas esquivar en vano. Los sufres. Y sólo queda reponerte.

Y seguir adelante.

Y da igual que pienses que podrías haberlo hecho distinto. Que lo podrías haber evitado si hubieras hecho otra cosa. Si lo hubieras visto venir. Que no hubiera pasado si esto, aquello, lo otro. Que no debía. Que no debías. Que por qué lo hiciste. O por qué dejaste de hacerlo. Que si hubieras hecho caso… De tu instinto, de lo que te decían, de cualquier otra cosa. Que si no lo hubieras hecho. Que si sí. Que si no.

Pero nada de eso lo cambia.

Me quedé pensando que lo que ha de pasar, pasa. Por algo. Para algo. Para que aprendas. Para que espabiles. Para que no te duermas en los laureles ni te quedes donde no quieres estar. Para que te muevas. Para que busques tu sitio, tu lugar, tu propósito. Para que actúes de una vez y te dejes de ensayos. Para que te demuestres a ti mismo algo. Lo que puedes. Lo que vales. Lo que eres.

Porque eres más que un simple error. Mucho más. Da igual la magnificencia que le des o lo insignificante que realmente sea. Eres más que un tobillo torcido en una mala carrera. De esos que te hacen dudar en la próxima. De esos que te hacen temer. De esos que te hacen replantearte si vale la pena, si vale el esfuerzo, si mejor dejarlo estar.

Porque eres más que un mal día. Un día de esos en que todo te sale del revés. De esos en que no estás para nadie, ni siquiera para ti mismo. Más que una racha de malos días. Que cualquiera lo tiene, del que cualquiera se queja, del que pocos buscan el lado bueno. El lado del que aprender. El lado que superar. El modo de darle un giro y ponerlo a tu favor. Y ponerlo.

Eres más que todo eso.

Aunque no lo veas. Aunque no lo creas. Aunque no te atrevas a decirlo. O a reconocerlo. Aunque otros traten de decirte lo contrario. O te lo digan abiertamente. Que el problema no es tuyo, salvo si les crees. Cada uno se refleja en lo que dice. En cómo lo dice. En cómo habla de los demás. Y en cómo actúa. Si hace lo que dice.

Que las acciones dicen mucho más que las palabras.

Me quedé pensando que hay golpes, batacazos y tropiezos que dan miedo. Mucho. Que hacen dudar, que hacen recular, que “animan” a abandonar. Que son injustos. Que duelen. Que ahogan. Que agotan. Y hasta te cambian la vida. De la noche a la mañana o a una hora cualquiera de la tarde. Pero que igual que todo llega, también todo pasa.

Me quedé pensando que cada cual tiene sus días, sus momentos y sus rachas. Que ninguno es más ni ninguno es poca cosa. Que para cada cual, su vida es su propio mundo. Con sus más y sus menos, con sus idas y vueltas, con sus buenos y malos días. Y que a veces, pensamos mucho en lo nuestro, y poco en lo del resto.

Pero me quedé pensando también que eso es la vida: caer y levantarse. Las veces que haga falta, tomándonos el tiempo que necesitemos. Sin contar si es la quinta, la décima o si hemos perdido la cuenta. Que la perdamos. Siempre. Y que nos levantemos en cada una de ellas.

Porque eso es lo que vale. Levantarse.

Y que levantarse siempre es más fácil, si tenemos una palabra de apoyo.

Y una mano amiga que nos ayude.

 

Patricia.

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