Nos acostumbramos 

Nos acostumbraron a escuchar que podíamos ser los mejores, si queríamos. Y que más que quererlo, debíamos serlo. Que nos esforzáramos siempre en hacerlo mejor, en lo que fuera. En todo. Que lo hiciéramos lo mejor. Mejor que nadie. Mejor que en ocasiones anteriores. Perfecto. Que pusiéramos todo de nuestra parte y que ya veríamos los resultados. Que los habría. Y que habrán valido la pena.

 

Nos acostumbraron a decirnos qué hacer y qué no hacer. A escribirnos guiones que seguir e instrucciones de vida de obligado cumplimiento. A veces muy explícitas, sin dejar margen a la imaginación. Nos aconsejaron con qué llorar y con qué no. Cuándo debíamos sentir y qué sentir en cada caso. En ocultarlo cuando pudiéramos parecer débiles, sensibles, manipulables. Nos decían que fingir no está de más en según qué situaciones.

 

Nos acostumbraron a compararnos, a competir. A que nos comparamos siempre con los que consideraban mejores. Los de abajo, les daban un poco igual. A pensar más en los demás, que en nosotros mismos. A que pensando mal, acertaríamos demasiado a menudo. Y nos animaron a ir a ganar… o a conformarnos con no hacerlo nunca. Como si no hubiera términos medios. Y a asumir las consecuencias… o echarle la culpa al otro.

Nos acostumbraron a temerle al futuro. A esperar que no sea como realmente esperábamos, a que no seamos cómo pretendíamos llegar a ser. Aprendimos a temer no estar preparados para ello. Ni para nada. A tratar de estar preparados para lo que vendrá. Mejorando. Creciendo. Aprendiendo. Viviendo a medio gas en el presente, anticipando lo que sería el futuro.

Nos acostumbraron a estar dispuestos a darlo todo, a dejarnos la piel. Nos gustara o no. Eso es algo a lo que no nos acostumbraron, a preguntarnos si queríamos. De verdad o sólo pretendíamos que nos gustara. Aprendimos a guardándonos un as bajo la manga. Aunque no supiéramos muy bien cómo jugarlo siquiera.

Nos acostumbraron a hacer por nosotros, a pensar por nosotros, a complicarnos lo menos posible la vida. O eso decían. A darnos cuantas facilidades pudiesen y dejarnos actuar sin acción. Sin riesgos de sufrir. Sin riesgos de fallar. Y de aprender. Lo que sí aprendimos fue a consultarlo todo, o casi. O más de lo necesario. A dudar mucho, y a esperar de más. A experimentar menos por más miedo. Miedo a errar, miedo al qué dirán, miedo a no saber.

Nos acostumbraron a exigir mucho, y a dar lo justo a cambio. A tirar todo lo que nos sirve, en lugar de intentar arreglarlo primero. A acumular por acumular. A descartar sin motivos. A querer abarcarlo todo y a excluir lo que no nos gusta, sin darnos la oportunidad de conocerlo. A ignorar mucho más de lo que fingimos comprender. A comprender lo que, si lo pensáramos bien, no trataríamos de comprender.

Nos acostumbraron.

Y nos dejamos acostumbrar.

 

Patricia.

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13 pensamientos en “Nos acostumbramos 

  1. Un artículo precioso Patricia, te animo a pasarte por mi blog. Seguro que podemos debatir nuestras opiniones. Nos crean un pudor que no es nuestro, unos valores que son los que socialmente están bien vistos pero no nos enseñan a en que momentos hacer un buen uso, y a veces eso nos juega malas pasadas.
    Un saludo Patricia.

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  2. Pingback: Las 7 diferencias |

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