Entre Suspiros y un Café
Personas

Lo que te rodea

92 velas iluminadas, unos cantos desafinados y un móvil que inmortaliza el momento.

Cerrar los ojos por unos segundos, apenas lo justo, para no perderte nada, y desear en secreto tener la capacidad de parar el tiempo. De darle a ese stop imaginario que te dé una tregua, que te permita sentarte a mirar. A admirar cada detalle de ese instante. Y recrearte en él. Y tratar de hacerlo eterno. De guardarlo en algún cajón que puedas abrir al primer ataque que te invada de añoranza, de nostalgia, de morriña. Poder revivirlo las veces que quieras como si fuera ahora, sentir cada instante como si fuera nuevo.

Volver a sentirte parte de él.

Un instante de esos que se graban en tu retina, de los que empiezas a añorar antes incluso de que termine. Porque sabes que es inevitable que termine. Un domingo cualquiera, como podría haber sido cualquier otro día. Pero que tiene algo diferente. Algo que lo hace especial. Algo que no tienen otros muchos días.

En las fotos, los de siempre. En el vídeo, las mismas caras, tan familiares como queridas. Aunque ya nos las veas tan a menudo como antes. O como te gustaría. Los mismos rostros que te han visto reír, llorar, madurar. Y pegarte de leches hasta cansarte. Y hasta aprender, en algunos casos.

Los mismos que dan vida a esos recuerdos que descansan en algún lugar, dentro de ti. Y que despiertan un día entre cantos, recordándote aquella canción que creías olvidada. Aquel estribillo que tan bien te sabías. Recordándote que todavía te lo sabes, que sólo es cuestión de darle unos segundos para poder seguirle. Que es algo así como andar en bicicleta, que una vez aprendes, jamás llegar a olvidarlo por completo.

Y es entonces, entre cantos y estribillos, cuando alguno de esos recuerdos que permanecía dormido se escapa y abre una ventana. Para acercarse a tu lado, ponerse hombro con hombro, para darte la mano. E invitarte a mirar por la ventana, a revivir otros recuerdos, otras canciones, otras imágenes y algún que otro vídeo. Y te anima a mirarlo de frente, y te pregunta cómo estás. Y te hace pensar, en él, en ti, en los otros.

En aquellos momentos.

Los que también quedaron inmortalizados, aunque puede que sin cantos, velas ni móviles que se precien. Y que puede que se almacenaran como se guardan las cosas importantes, dentro de alguna caja bonita, con candado tal vez, y en algún sitio que sólo nosotros sepamos cuál es. Dejándolos ocultos de terceros. Protegiéndolos con celo.

Tanto, que terminan medio olvidados.

Mezclados con otros muchos recuerdos que intencionadamente tratamos de olvidar, de borrar, de hacer desaparecer. Momentos que preferiríamos olvidar. Momentos en que nos cansamos precisamente de eso, de “lo de siempre”. De las rutinas en las que nos vemos envueltos, de hacer siempre lo mismo, las mismas personas, los mismos días, las mismas melodías.

Y que en nuestro empeño de salir de ahí, no cesamos de buscar nuevas ventanas para abrirlas y permitir que nos llegue un poco de aire. Cambiar de paisajes, de vistas, de lo que está a nuestro alcance. Descubrir lo nuevo, lo diferente, lo que nos haga sentir de aquella manera. O de la otra. O algo que nos haga sentir, sea como sea, cuanto antes. Porque sentimos que nos ahogamos, que nos falta el aire, que nos cansan las vistas de siempre.

Y nos extraviamos a la mínima de cambio en ese anhelo de buscar. De buscar encontrarnos. De buscar ese algo. De creer haberlo encontrado. De fingir haberlo logrado.

Y nos olvidamos. De que a veces lo que falla no son las vistas en sí, sino la manera en que los ojos miran. Y admiran. O dejan de hacerlo. Que no valoramos lo que ya tenemos, que lo damos más que por sentado. Que está ahí, que permanecerá siempre ahí. En nuestras manos. Que podremos volver siempre que queramos.

Y nos olvidamos de los que sí están.

Y de que a veces es suficiente con tener a alguien que te acompañe al soplar velas, a tu lado, y que no le importe desafinar cantando. Que sonría a la cámara y fuera de ella. Que se deje de falsos postureos y de postear cualquier instante. Que se quede cuando otros abandonan el barco.

Y es que a veces estamos tan concentrados en mirar más allá, que no vemos lo más cercano. Lo que nos rodea. Lo que nos toca. Lo que sentimos de primera mano, si nos lo permitimos.

Porque a veces una mirada es suficiente para comprobar que todo está bien, para sentirte en casa.

Porque a veces lo tenemos todo, sin darnos cuenta.

Porque todo lo que nos rodea cuenta.

 

Patricia.

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