Que no se te olvide

Darle al pause más a menudo. En cada bucle que entres y del que no sepas bien salir. En cada momento tonto, que sabes te podrías ahorrar. En aquellas situaciones que te hagan salirte de ti, de tus casillas y de tu tablero de juego. Y aprende mejor a salirte por tu propia cuenta, a tu sola voluntad. A dar volumen a lo que te interese o importe. Y a no escuchar más discos rayados.

Que no se te olvide bajarte de ese tren, de ese autobús, o de ese camino que coges a diario, que no te lleva a ningún lado. O a ninguno en el que, si tiras de sinceridad, te gustaría estar. Ese en el que ya no miras hacia los lados, el que no acelera tu pulso cuando ves aparecer. El que ni te sorprende ni te hace vivir contando los segundos que restan para que llegue. Bájate. Camina. Olvida.

Que no se te olvide asomarte más y esconderte menos. Mirar por la ventana, abrir los ojos, disfrutar las vistas. Ver, observar, admirar. Comerte con la mirada y con el alma cada momento que pase por delante, cada atardecer que tengas oportunidad, cada oportunidad que nazca al amanecer. O cuando sea. Benditos regalos. Que en ocasiones tan sólo es cuestión de prestar atención, soltar algunas cosas, y dejarse llevar.

Que no se olvide la magia de las primeras veces. La curiosidad desbordada, el brillo en los ojos, las sorpresas que descolocan. La magia de volver a mirar con la mayor de las ilusiones, con inocencia, con emoción mal disimulada. De sentir nudos, mariposas y cosquilleos varios. De aprender a desaprender y a ver como si fuera la primera vez. A embobarte con los fuegos artificiales. A apreciar detalles que se nos escapaban, a recrearte en las pequeñas cosas. A no dar nada por sentado. A darlo todo en cada intento.

Que no se te olvide el hoy. El ahora mismo y lo que sea que tengas en estos momentos delante. El aquí, ahora y ya. Que lo que haya de llegar, llegará. Mientras que el presente no da segundas oportunidades. O te empapas de él, o se esfuma. Aprende a estar, a empaparte, a no perderte nada.

Que no se te olvide respirar. Por la nariz, la boca y por la piel. Llenarte de energía, refrescar tu coraje, sanar tus ansias. Conscientemente, que no de forma automática, anodina y como cualquiera. Por simple costumbre o necesidad del cuerpo. Que la diferencia es abismal. Que no es tanto sobrevivir, como simplemente vivir.

Que no se te olvide amar. A los tuyos, a decirlo en voz alto y a demostrarlo en cada ocasión que tengas. Y a ti, a cada uno de tus días, aquello en lo que pones tu vida. Tu esfuerzo, tu ilusión. Pese a que se vista de gris, amenace desastre o intuyas naufragio. Recuerda aquello que dicen, que solo poseemos aquello que un naufragio no puede arrebatarnos.

Que no se te olvide confiar. Darte un margen, espacio y alas. Y creer en ti. Decírtelo a diario, delante del espejo y a pleno pulmón si hace falta. Con tal de creerlo. Ante cualquier situación, por pequeño, grande o loco que sea el reto que tengas delante. Nadie mejor que tú, no te arrepientas mañana. Conoces la teoría, aplícate en la práctica.

Que no se te olviden tus sueños. No los dejes para el final, para cuando te sientas mejor, para cuando sea. Que cualquier momento sirve para ponerte a ello. No solo en vacaciones, en momentos de inspiración o una noche entre amigos. Que de niños se nos da más que bien, pero de mayores nos cuesta en exceso. Nos olvidamos. Y lo dejamos de lado. Aprende a pasar de los sueños condicionales, a soñar, y cumplir, en presente.

Que no se te olvide ponerte de pie. Y dejar de mirar tanto el suelo, la piedra o tus pies. Deja de temer caerte y céntrate en levantarte. El cuerpo, el alma y la ilusión. A quitarte esos zapatos que te aprietan, que te rozan o que te hacen siempre daño. Consentirlo o no, está en tus manos.

Que no se te olvide tu vida. La que lleva tu nombre. El regalo que no pediste y te dieron. El mejor de todos. El que no se detiene y avanza siempre en tiempo de descuento. Esa que tanto te cuesta a veces. Esa que dices que no te da, o que se te pasa volando. Aprende a pararte, a seguirla, a girar con ella. A llevarla a tu terreno, a vivirla y a hacerla completamente tuya.

Que no se te olvide cantar, reír, bailar e improvisar. Dejarte de tantos planes perfectos, de tantos rollos, de tantos marrones. No en vano, quien busca encuentra… sea lo que sea. Escribe tu propia historia, crea tus propios viajes, invéntate tus pasos. Aprende a darlo todo y exigirte menos. Sabiendo que das lo más, y que, en ocasiones, menos muchas veces es más.

Que no se te olvide que soltar es ley de vida, que no puedes cargar con excesos ni equipaje de más, y que cuanto más ligero, más espacio, y que cuanto más espacio, nuevas cosas han de llegar.

Que no se te olvide mirar a los ojos. Los tuyos. Y a los de quien te habla, quien te escucha y quien te cuida en la mayor o menor distancia. Hay miradas que lo dicen todo.

Que no se te olvide escuchar. Tanto fuera como dentro. Aprende a interpretar silencios, a callar los restos, a disfrutar de cada melodía. A que para hablar, primero se ha de escuchar. Y que, muchas veces, lo que más importa, es precisamente lo que no se escucha.

Que no se te olvide que cada día se reinician 86400 segundos, y que cada uno cuenta.

Y que cada uno, es tuyo.

 

Patricia.

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14 pensamientos en “Que no se te olvide

  1. Me encanta todo lo que escribes! Te descubrí el año pasado y desde entonces leo las entradas una y otra vez, parece que las escribes para mi en cada momento que se publican! Que sigan brotando así de bonitas, positivas y reales!! y las sigas compartiendo con el mundo 🙂

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