La suma del todo

Un guiño cómplice, el pulso a mil revoluciones y un ligero estremecimiento.

Hay imágenes que hablan por sí solas. Pequeños gestos y diminutos detalles que pueden pasar desapercibidos si no se presta atención. Pequeñas recompensas que saben a triunfo, y que nos perdemos, si no somos lo suficientemente pacientes de esperar a que lleguen.

Paciencia. Es lo que siempre nos dijeron que debíamos tener a raudales. Y cultivar a diario. Aprender aquello de que todo tiene su turno, su billete de ida, e incluso de vuelta, y hasta su gracia. Aunque todo parezca indicar lo contrario. Que no por correr más, llegaríamos antes ni los primeros. Que quizá de tanto correr, nos desinflaríamos a mitad de sprint. Y nos perderíamos el llegar, las vistas, la sensación de victoria. Y nos perderíamos lo mejor de cada momento.

Y es que hay lugares y momentos. Únicos en todos los sentidos. Irrepetibles. Mágicos de principio a fin. Que son lo que son y que no podían ser de ninguna otra manera. Que por mucho que los intentemos controlar, personalizar y hasta hacer un lavado de cara, se rebelan, y se convierten en cualquier otra cosa. Y cobran vida propia. Y resultan ser protagonistas indiscutibles.

Y luego están las personas. También únicas, también a su manera. De las que puedes recibir mucho, si decides no esperar nada. De las que puedes disfrutar a su lado, si te olvidas de exigencias, de temores, de otros sinsabores. Si te olvidas de primeros, segundos y terceros, y hasta de ti. Si te permites ser tú, y les dejas ser ellas.

Personas de las que puedes llegar a sentirte parte, a entenderte con una simple mirada, a comunicaros sin palabras. Con las que disfrutar perdiendo el tiempo, solucionando el mundo o soñando imposibles. Con las que reír pero también llorar. Con las que nunca te falta un motivo y siempre te sobran miedos.

Personas con las que sumar es fácil y de las sabes que siempre espera algo bueno.

Porque algo que también nos aseguraron, es que lo bueno, también llega. Lo mejor, lo increíble, lo impensable. Puede que un poco más tarde, pero que conoce el camino de sobra. Que nos lo pone difícil, que nos pone a prueba y nos deja a la espera. Para que vivamos otros momentos, algunos tragos amargos, altibajos y pequeñas glorias. Para que aprendamos a separar la paja del trigo.

Para que, llegado el momento, sepamos diferenciar lo que sí, de lo que no.

Para que aprendamos de cada momento, de cada lugar, de casa persona. De lo bueno y de lo que nos hubiera gustado descartar. De las largas esperas y de las inesperadas sorpresas. De lo que hoy sí, pero ayer no. De lo que ayer sí, pero mañana quién sabe. Aprender que cada grano de arena cuenta y de que sumar es algo más que acumular por acumular.

Y que a veces, el todo supera a la suma de las partes.

Y que a veces, las personas, son mucho más que la suma de experiencias.

Por ello, suma siempre que puedas. Resta cuando así haga falta, pero no a cualquier precio. Que sepas hallar la media, el equilibrio y los redondeos. Que aprendas a crecer con todo y a pesar de todo.

Y que sumes kilómetros de felicidad. De esa que tiene que ver con el día a día, con los grandes momentos y con la vida misma. De esa que puede con todo, que da alas, motivos y viajes increíbles. De esa que brota de ti y crece cuando la compartes.

Y que sumes tinta de historias. Que rellenes cuadernos, gastes bolígrafos y agotes posibilidades. Que no te dejes nada en el tintero, por decir, por escribir o por hacer. Que tu historia se llene de prometedores principios, infinitos capítulos y bonitos finales. De anécdotas que reír y de moralejas por contar.

Y que sumes besos. Con los ojos, con los labios, en la frente. Desde los más esperados hasta los robados en un descuido. Con abrazo incluido o con la promesa de darlo en la primera ocasión que tengas. De no dejarlo para mañana, para otro momento, para otra persona. Ni el abrazo, ni el beso. No en vano dicen que, en cada beso que damos, va el alma.

Y que sumes amaneceres. Que los días no sean una mera sucesión del anterior ni una cuenta atrás permanente. Que cada día sea una oportunidad nueva, una hoja en blanco por escribir, una ilusión más por la que levantarse. Y que aunque mañana sea otro día, el hoy está para vivirlo.

Y que sumes bailes. A solas y en compañía. Bajo el brillo de la luna o a plena luz del día. Con una sonrisa, con los sentidos, con tu vida. Que te saques a bailar en cada ocasión y que no te importe si te miran o no. Tú baila. Que mientras bailas, tu mente olvida.

Y que sumes lágrimas. De esas que te arrancan a base de emoción, de abrazos y con bonitas palabras. De esas que enternecen. De esas que unen. De esas que sanan. Porque cada una de ellas cuenta una historia. Y cada lágrima que escondes es un recuerdo que se ahoga.

Y que sumes estremecimientos. De esos que no puedes controlar, ni quieres. De esos que hablan de bonitos momentos, de suspiros que se esfuman, de memorias que permanecen. De esos que te recuerdan el aquí y ahora. Que estás presente. Y que estás vivo.

Y que sumes sonrisas y carcajadas. Que no le pongas frenos. Que encuentres risas en cualquier motivo, y hasta sin ellos. Que la cultives para ti y para repartir. Que la risa espanta males y atrae alegría. Une personas y acorta distancias entre ellas. Y que si sonríes al espejo en que te miras, te devolverá más sonrisas.

Y que sumes ganas. Por ti y por lo que sea. Por aquello que mueva tu mundo. Por lo que lo pare una tarde cualquiera. Por todo aquello que te haga levantarte de nuevo, y que te haga olvidar lo demás.

Y que sumes momentos que valen y que el resultado sume más que sus partes.

Y que, al final, sumes vida a cada uno de tus días.

 

Patricia.

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