Entre Suspiros y un Café
Reflexión

Quemar los restos

Una hoguera cuyo humo se eleva al cielo hasta perderse, un inconfundible olor a gasolina impregnando el instante y alguna lágrima rodando mejilla abajo.

Y fuego.

El que, aseguran, purifica, renueva y ayuda a destruir todo aquello que se le ponga por delante. Todo aquello que le queramos arrojar porque nos sobra, nos molesta o no tiene ya espacio en nuestra vida. Todo aquello inservible, roto de manera irreparable o que simplemente no queremos ya. Independientemente del motivo.

Como fotos que ya no nos cuentan ninguna historia y cuyos rostros nos resultan lejanos, o incluso extraños. Como recuerdos que ya no nos recuerdan nada que valga la pena recordar, nada digno de mención. Como planes rotos que decidimos por fin abandonar o que no nos llevan a ningún lado. Como aquellas listas interminables que nunca creímos ni pretendimos cumplir.

Pero que acumulamos de manera inevitable. Por lo que pueda pasar. Por lo que podamos necesitar.

Como imanes de viajes que dan color y vida a la nevera, aunque rara vez nos detengamos a mirarlos. Como sonrisas de disimulo para salir del paso. Como canciones que recuerden a grandes momentos, olores que recuerden a grandes personas, cafés que hablen de esperadas conversaciones. Aunque luego se quedan en nada.

Acumulamos por acumular.

Por el simple hecho de creer que más, siempre es más. Que cuanto más, mejor. Y de no conformarnos con menos.

Y llegamos al punto de acumular hasta perder el interés. Olvidamos tan pronto tenemos algo en nuestras manos, en cuanto nos llevamos el premio gordo, en cuanto las cosas se vuelven fáciles. Dejamos de saborear el aquí por estar pendiente del mañana. De esa llamada, de ese mensaje, de lo que sea. De dar por sentado, de no valorar bien, de pensar siempre en cualquier otra cosa, salvo en nosotros. Y en el ahora.

Hasta que algo pasa. Hasta que algo se rompe.

Hasta que no encontramos lo que buscamos, hasta que no nos encontramos entre tantas listas, entre tantos planes rotos, entre tantos desechos acumulados con el tiempo. Hasta que los recuerdos nos invaden y lo ocupan todo. Cuando nos desbordamos como un río cuyo caudal ha crecido sin control. Sin remedio. Sin sentido.

Cuando no cabe nada más.

Cuando para que entre algo nuevo, hay que liberar espacio. Y hasta tirar algo viejo. Y hasta prenderle fuego.

Y quemar aquello que ya nos ardía por dentro. Lo que estaba a punto de arder y lo que amenazaba con ser incendio.

Y quemar así lo que, ya de por sí, huele a chamuscado, a socarrado, a irrecuperable. Aquello a lo que no podemos darle vida por mucha reanimación que intentemos. Por mucho empeño, cariño o mimo que le demos. Aquello que nos consume sin remedio.

Quemar los papeles mal doblados, los pensamientos afilados y las cartas que no volveremos a leer. Las hojas llenas de tachones, de borrones, de lágrimas lloradas en soledad. Las páginas en blanco que no vamos a rellenar nunca, las hojas arrancadas, los espacios vacíos de palabras. Así como las líneas escritas que no escribimos de nuestro puño y letra.

Quemar los silencios que abren distancias. Las mentiras que se esconden bajo llave y que hacen crecer muros. Los secretos que separan, que dañan, que duelen. Los tabúes de los que nadie habla, a los que nadie enfrenta, a los que muchos temen. Las injusticias del día a día, las que fingimos no ver.

Quemar los disgustos que nos roban el aire, los sueños, las fuerzas. Los que no tenían motivos, pero le inventamos alguno. A los que les dimos más tiempo del necesario. Todo aquello a lo que le dimos importancia sin tenerla. Cualquier cosa que nos pesa, nos oprime y nos hunde hacia abajo.

Quemar las dudas y las inseguridades. Esas que nos corroen por dentro. Lo que nos ancla, lo que nos ata, lo que nos impide. Todos los límites, las barreras y los frenos que nos regalamos sin pedirlos. Los patrones que no ayudan. Los batacazos de los que no nos levantamos.

Quemar las lágrimas en balde. Las heridas que nos hicimos por no ceder, por ceder demasiado pronto, o por no poner ninguna clase de resistencia. Las palabras que lastiman y dejan sin consuelo, las dichas, las calladas, las mutiladas. Las preguntas que quedaron sin respuesta, las eternas esperas sin obtener noticias y las búsquedas que resultaron sin éxito.

Quemar las tiritas que, lejos de curar, tapan heridas y no las dejan cicatrizar. Ni sanar. Sino que terminan por enquistarse, por silenciarse y por volver a doler pasado un tiempo.

Quemar los recuerdos que no queremos guardar. Sacarlos de las cajas en las que los cuidábamos, quitarles el candado, el polvo y el brillo. Y no volver a echarlos de menos.

Quemar los cartuchos sin tinta que nos impiden plasmar palabras, sentimientos o emociones. Los billetes sin destino que nos dejan tirados en cualquier estación, en cualquier arcén, en cualquier momento. Las falsas sonrisas que nos pusimos para no mostrar, para aparentar, para evitar.

Quemar los zapatos que nos aprietan, que nos hacen cojear, que incluso nos causan heridas. Los que, por bonitos que sean, nos incomodan. Aquellos zapatos con los que no llegaremos lejos.

Quemar los restos, lo que hemos acumulado durante el último año, desde el último traslado o durante toda una vida. Todo lo que ya no más, a pesar de lo que hubiera antes. De lo que fuera. O de quiénes fuéramos con ello. Lo que nos llevó a perder de más, a abandonar pronto, a dejar demasiado a un lado.

Quemar todo lo que nos robe luz, brillo y energía. Lo que nos apague. Lo que nos haga estar a la sombra. En la oscuridad. En la cara B del disco.

Quemar para hacer espacio.

Quemar para no quemarnos con todo ello.

 

Patricia.

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