Entre Suspiros y un Café
Reflexión

Toda una vida

Vida.

Es el tiempo que, dicen, se necesita para aprender a vivir. Con cada uno de sus segundos, con cada uno de sus amaneceres, con todas y cada una de sus sonrisas y lágrimas. A pesar de lo “sencillo” que parece a primera vista. Con lo sencillo que algunos presumen que es.

Y dicen que es precisamente cuando se nos agota el tiempo, cuando no hay marcha atrás ni remedio posible, que aprendemos. A valorarlo. El tiempo, en toda su dimensión. A echarlo de menos. A quererlo más, y mejor. A vivir. Porque es entonces cuando nos damos cuenta de tanto. De cuánto no sabemos, de cuánto no hemos aprendido, pudiendo haberlo hecho. De cuánto hemos dejado de amar. De lo mucho que hemos perdido. De las estupideces que nos han parado los pies tantas veces. De las cosas que hemos dejado de hacer. De cuántas palabras se han quedado en el tintero. Por una más que cuestionable dejadez. Por despistes que tenían fácil arreglo. Por miedos que tenían solución. Por pensar que ya lo haríamos. Por dejarlo siempre para cualquier otro día. Para mejores momentos.

Y nunca para ahora.

Y es el tiempo el que nos cambia la perspectiva, el que nos da la experiencia o la percepción de su falta. De no estar exprimiendo los días lo suficiente, de que pueden darnos muchos más sí. De que acumulamos mucho, pero nos sobra otro tanto. Mientras se quedan huecos y vacíos, difíciles de llenar. Mientras sumamos reproches prescindibles y otros residuos que molestan. Mientras desperdiciamos minutos, horas y sonrisas. Mientras la vida sigue sumando segundos en una carrera contra reloj. En una cuenta atrás que no conoce de frenos. Un camino en el que echar la vista atrás es casi obligatorio. Y que el problema viene cuando no nos gusta lo que vemos. O más bien lo que no vemos.

Porque es algo más que habitual que echemos en falta algo, justo cuando lo hemos perdido por completo. Cuando lo acabamos de perder. Casi nunca antes. Que puede que hasta ese momento, ni lo viéramos importante, ni notáramos que estaba ahí, a nuestro lado. Que es algo común y demasiado frecuente. Que solo al perderlo es cuando nos damos cuenta de lo que teníamos, de su valor. Menuda paradoja. Porque es entonces cuando hemos de decir adiós y dejarlo ir. Por la fuerza o sin ella. Con desgana, sin quererlo. Porque cuesta, mucho. Porque duele, más aún.

Pero que de todo se sale, y de todo se aprende.

Como aprendemos a mirar con cuidado por donde pisamos. Porque somos muy capaces de tropezarnos dos veces con la misma piedra. Hasta perder la cuenta de las veces que caemos por los mismos motivos, por parecidos o por errores totalmente distintos. En ocasiones, absurdos a más no poder. En otras, menos predecibles y quizá difíciles de evitar. Pero cuyo resultado acaba siendo que perdemos aquellos que nos habíamos jurado cuidar como oro en paño. Como el mayor de nuestros tesoros. Como la mayor de nuestras bendiciones. Aquello que nos prometimos no perder, nunca, o no por segunda vez.

Pero que, de nuevo, tropezamos. Y caemos.

Pero algo que también aprendemos es a levantamos, sin contar las veces que lo hacemos ni las que llevamos. Las veces que aprendemos a hacerlo, por mucho que duela y nos haya desanimado caer. Aprendemos a contar hasta diez antes de volver a intentarlo, para coger aliento. Aparentando que no ha pasado nada. Que no ha sido para tanto. Como si fuera el primer tropezón, la primera herida. Como si fuera una de aquellas caídas de la infancia que se arreglaban con un “cura sana”. Como si no fuera importante ni digno de mención alguna. Excusándonos en que no pudimos reaccionar a tiempo. En que podía pasarle a cualquiera. En que le pasa, de hecho, a cualquiera. Asegurando haber aprendido la lección, haber aprendido a contar desde cero y hasta infinito, a no dejar de contar. Habiendo aprendido que hay piedras que es mejor saltar, y caminos que es mejor evitar.

Y sí, aprendemos a base de golpes. Aunque los haya que nos dejen en estado de shock, paralizados. Sin capacidad de reacción, de anticipo, de previsión. Seguramente sea con esos golpes con los que más aprendemos. Aquellos que temporalmente nos dejan fuera de juego, preguntándonos qué demonios pasó. Por qué en ese preciso momento y por qué a nosotros. Nos quedamos repasando la jugada una y otra vez. Mientras el tiempo sigue corriendo sin esperarnos. Sin darnos tregua.

Y lo malo no es sólo el golpe ni siquiera el estado de shock. Lo peor viene cuando te recuperas y te das cuenta de lo desorientado que estás. Cuando sabes que algo no funciona. Que en el golpe algunas piezas han saltado por los aires, y el conjunto ya no encaja como lo hacía antes. O como creías que encajaba. Cuando tomas consciencia de que algo no va bien. Puede que desde hace varias lunas. Demasiado de lo que no notabas, o no te permitías notar. Hasta ahora, que sabes que algo falla. Que algo no debería ser como es. Que debería ser distinto, o incluso lo contrario. Que nada es lo que. Ni siquiera tú mismo.

Cuando reconoces que te has perdido un poco cumpliendo expectativas de terceros. Las que otros se diseñaron en su propio taller, o puede que ni eso. Las grandes ideas de las que muchos presumen y pocos se aplican. Las que otros te impusieron sin pedirte antes tu opinión. Esperando que obedezcas sin preguntar, sin rechistar. Esperando que ni pienses ni te rebeles, ni cuestiones nada. Porque ya lo hacen ellos por ti. Creando tus propias expectativas, falsas, basadas en cualquier cosa menos en ti. Generalizando. Obviando lo que hay en ti, optando por lo fácil. Por copiar. Por seguir a quienes parecen tener las cosas claras. Dejándote detrás.

Y el resto lo pones tú… Porque a veces eres tú quien se deja atrás, quien no se permite salir de donde está. Sin otros responsables a quienes culpar. En ocasiones porque cierras los ojos a propósito, con fuerza, a conciencia. Con toda la intención de no ver. Para protegerte, para ahorrarte un disgusto, dices. O para evitar lo que está justo delante de ti, para no enfrentar aquello que temes.

Mientras que en otras ocasiones, los cierras sin querer. Sin darte cuenta. Sin propósito oculto. Y te dedicas a andar a ciegas, a tientas. Hasta que te chocas de lleno con una pared con la que no contabas. Hasta que un día la realidad llama a tu puerta y no te queda más remedio que abrir y dejarle que se muestre tal cual es.

Puede que en esa realidad descubras que lo que no has cumplido son tus propias ilusiones. Aquellas que fuiste forjando y alentando por tu cuenta y riesgo. Aquellas que plantaste, regaste y mimaste para hacerlas crecer. Todo aquello que llegaste a esperar. De ti, de la vida, del mundo. De cuando soñabas con crecer, con ser mayor. O cuando ya lo eras, pero pensabas que te quedaba mucho por andar. Mucho por celebrar. Puede que muchas de tus ideas fueran simples esbozos pendientes de desarrollar. Y puede que por eso, no llegaras a cumplirlos.

Por ti, por tu indefinición e indecisión. No tanto por los demás.

Pero si bien es fácil arrepentirse, también dicen que en la vida, nunca es tarde. Que más vale tarde que nunca. Que cualquier momento es bueno, que todo es ponerse. Y empezar. Que nada nos impide empezar cuando realmente queramos. O estemos preparados. Para soñar, para inventar, para crear. Para empezar a tomar decisiones, a construir puentes, a tejer historias y vidas. Con tus propias agujas, con la lana que elijas. Escuchándote más, cantando en voz alta, buscando tu tono, o dejando que surja el que surja. Tomándote tu tiempo, el que necesites. Tejiendo y deshaciendo.

Y siendo feliz.

Algo de lo que también es fácil arrepentirse con el tiempo: de no ser feliz. De no vivir tu propio guion, de quedarte en los ensayos. De no perseguir con más ahínco tus sueños, de no luchar con uñas y dientes por ellos. De haberlos acallado, de haberles bajado el volumen cada vez que alguien los cuestionaba. Cada vez que eras tú quien los cuestionaba. Por cada uno que abandonaste en la cuneta, sin intención real de volver a rescatarlo. De hacerlos revivir. De intentarlo siquiera. Por el motivo que fuera o sin motivo real para no intentarlo. Por esperar hacerlo ese día que nunca llegó. Por esperar que otros lo hicieran, por ellos o por ti. Por esperar momentos ideales. Por idealizar momentos.

Porque también es fácil arrepentirse de los sacrificios en vano, del tiempo perdido y de todo aquello que nos resta. Vida, tiempo, alegría. Por trabajar tanto y vivir tan poco. Por no trabajar más en lo que nos gusta o por no dedicarnos a lo que realmente nos haría felices. Aquello en lo que no seríamos buenos, sino que seríamos increíblemente buenos. Excepcionales. Y que ya lo somos, de alguna manera. Aquello que nos haría sentir únicos, especiales. Aquello en lo que trabajaríamos sin trabajar. Sin agobios, sin quejas.

Aquello en lo que ser feliz como modo de vida.

Como seríamos felices también de saber querer con todas las letras. A los tuyos, a ti mismo. De saber expresarlo, comunicarnos, y saber pedir. En cada situación, ante cualquier persona. Sin excepciones, sin complicaciones ni juegos de palabras. Dando sin esperar las vueltas. Regalando momentos, regalando historias. Regalando una parte nuestra. La que puede que alguien no aprecie, pero que vale su peso en oro. Y que muchos, la mayoría, sí lo hacen. Y la disfrutan. Y la corresponden.

Y es que a veces se necesita toda una vida para aprender, levantarse, ser feliz y amar.

Otras veces se necesita mucho menos tiempo y se empieza un día cualquiera.

Como hoy.

Patricia.

“Toda una vida” es un capítulo que forma parte de mi primer libro “Lo que vale la pena” que ya puedes adquirir en este enlace.

¡Gracias por leer!

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6 Comentarios

  • Responder
    Pepa
    3 mayo, 2019 a las 1:16 pm

    Lo primero, muchas felicidades porque he visto que has publicado un libro.
    Lo segundo, que razón tienes. Lo importante de vivir, cada uno de los momentos.
    Muy bonito!! Un beso!

    • Responder
      Patricia
      4 mayo, 2019 a las 12:43 am

      ¡Gracias bonita! Me alegra que te guste, y más me alegra que vaya todo bien.

      ¡Un besote enorme!

  • Responder
    Arpon Files
    4 mayo, 2019 a las 11:38 pm

    ”precisamente cuando se nos agota el tiempo, cuando no hay marcha atrás ni remedio posible, que aprendemos. A valorarlo. El tiempo, en toda su dimensión. A echarlo de menos. A quererlo más, y mejor. A vivir”

    Una gran verdad

  • Responder
    Arpon Files
    4 mayo, 2019 a las 11:40 pm

    Mil Felicidades por la publicación de tu libro. Leerlo es mi tarea inmediata. Un abrazo

    • Responder
      Patricia
      5 mayo, 2019 a las 9:50 pm

      ¡Gracias! Espero que te guste, ya me dirás 🙂

      Un abrazo,
      Patricia.

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