Entre Suspiros y un Café
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Las vueltas

Un hombre que se cruza de frente con un autobús en marcha, un frenazo en seco de los que te empujan con fuerza hacia delante y un irremediable silencio cargado de dudas.

Dicen que, para poder ver con claridad, a veces hay que cerrar los ojos.

Dejar de ver por un momento todo lo que tienes delante, a tu alcance. Lo que puedes sentir si alargas un poco los brazos hasta tocarlo, lo que puedes describir incluso de memoria, lo que te has acostumbrado a ver a diario.

Cerrar los ojos tanto a lo que te alegra ver, como aquello que te hace mirar hacia otro lado. A muchas de esas cosas que ya no te dicen nada, pero por alguna razón siguen ahí. Abstraerte de todo ese ruido que te distrae, que te lleva de cabeza o que no te deja ver más allá de él. O de ti.

Cerrar los ojos, y en su lugar, abrir los sentidos.

Para sentir lo que es importante, lo que estás pasando por alto, lo que de otra manera se te escapa. Lo que en ocasiones necesitas de un susto que te lo recuerde, de un salto que te haga ver el vacío a tus pies, de una despedida que no llega a tiempo.

De una vuelta de 90 grados como poco.

Porque en ocasiones, una vuelta es todo lo que necesitas para salir de dudas. Un pequeño giro con el que puedas ver lo que hasta hace poco quedaba a tu espalda y no veías. Lo que estaba a ese lado hacia el que nunca ibas. Lo que, estando ahí, hasta ahora no te habías cuenta.

Una vuelta quizá de unos pocos pasos, lo justo para moverte, pero sin suponer un gran esfuerzo. Ni un gran riesgo. Lo necesario para apartarte, sin llegar a perderte. Lo mínimo para poner distancia, sin llegar a alejarte demasiado.

Aunque demasiado a menudo, una vuelta se quede corta, y lo que necesites sea un gran giro.

Uno de 360º, como poco. De los que pone patas arriba muchas cosas, hace saltar otras y deja tus sentidos al descubierto.

Una vuelta completa. De las que te cambian el paisaje, el suelo que pisas y las preguntas que te hacías. Y, por supuesto, las respuestas. De las que te hacen olvidarte de lo que antes no conseguías quitarte de tu cabeza. Una de esas vueltas que te hacen cerrar los ojos y sentir que, después, cualquier cosa es posible.

Porque hay vueltas, tras las cuales, nada vuelve a ser como era.

Vueltas que te agitan por completo. Tu respiración, tus recuerdos, tu postura. Las que condicionan tus decisiones. Desde las más absurdas hasta las más difíciles. Desde las que tomas más a la ligera y las que te cuestan café, silencios y desvelos de tomar.

Desde las decisiones que tenías más claras hasta las que te llegan a acorralar.

Como también hay vueltas que te rodean y te hacen perder de vista cualquier salida posible. Vueltas que te ahogan, que te encierran y que te confunden. De las que surgen tras un terremoto que no supiste predecir. Tras un frenazo que te aceleró el pulso. Tras un simple paseo que acabó en el mayor de los mareos. Y en desorientación. Y en frustración.

Una vuelta que te hace abrir primero los ojos, para después llorar.

Porque hay vueltas que se lamentan. Que te dan donde más duele. Que se llevan lo que no supiste valorar. Lo que no supiste coger a tiempo. Lo que diste demasiado por sentado. Que se llevan de más y te dejan con los restos. Con las dudas. Con el vacío. Y con la sensación de abandono.

Y de pérdida.

Aunque también dicen que hay pérdidas que acaban siendo ganancias.

Que hay cosas que es mejor perder para que otras puedan llegar. Antes o después, pero en algún momento. Saber renunciar a tiempo antes de perder de más.

Que hay personas que es mejor olvidar para que vengan otras que nos hagan vivir. De verdad y no a medias. Por completo y no a ratos.

Y que hay momentos que quizá no toca vivir ahora y nunca, porque algo bueno viene detrás. Aunque primero vengan curvas, vueltas y mareos. Pero que cuando llegue, la espera tenga todo el sentido.

Y que la vida, a pesar de las vueltas, siempre te trae respuestas, personas y nuevos momentos.

Ya que, algunas de esas vueltas, son las que te dan más vida.

 

Patricia.

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