Entre Suspiros y un Café
Reflexión

Olor a chocolate

El olor a chocolate recién hecho fue lo primero que sentí al abrir la puerta.

abuelos, infancia

Giré la llave, me quité el abrigo y lo colgué junto al bolso lo más rápido que pude. Unas caras sonrientes me miraban desde unos cuadros plateados. Unas sonrisas infantiles por las que parece no pasar el tiempo. El mismo recibidor que recordaba desde que tenía uso de razón. Podría recorrerlo con los ojos cerrados y no chocarme contra nada. Como la casa entera.

Seguí aquel olor tan familiar, el mismo que me guiaba hacia la cocina. El mismo que a su vez, podía transportarme como por arte de magia a mi infancia, a aquel mismo recibidor que por aquel entonces recorría a saltos, a carreras y entre gritos de alegría. Un olor que me devolvía a esa niña que se despertaba en aquella misma casa por aquel mismo olor. Que brincaba de la cama y salía corriendo a verla. A abrazarla. A darle los buenos días.

Dicen que quien tiene un abuelo, tiene un tesoro.

De esos que proteges contra viento y marea, guardándolo con cuidado para que nada, ni nadie, pueda hacerle daño. Con mucho mimo. Hasta con cierto celo. Para que nada ni nadie te lo pueda arrebatar. Para que no se marchiten ni pierden su brillo, su calidez, su candidez. De esos que tienen un valor incalculable, tal, que ni te atreves a pensar en ello. O más bien, a pensar en lo que sería perderlo. De esos que son únicos, como pocos. Especiales como ningún otro. Irreemplazables.

Un tesoro que te encontraste nada más abrir tus ojitos. Que ya estaba allí cuando tú naciste, aguardando por ti. Siendo tú su propio tesoro. Preparando tu llegada antes de que llegaras incluso, antes de conocerte y de cogerte siquiera en brazos. Sin haber visto tu carita más allá de su imaginación, pero que en ella, sin duda, era la carita más dulce y más bonita que pudiera existir. Porque ya entonces te querían. Te quisieron antes de haberte visto, antes de haberte abrazado, antes de haberte acurrucado junto a su corazón. Lugar en el que ya entonces tenías tu propio hueco.

Eso es amor, lo demás llámalo como quieras.

Amor… El que se desarrolla en la infancia, por uno mismo y por los demás. El que crece solo, de la manera más natural, si se le deja. Y que siempre encuentra el medio para brotar. El que se nutre de todo su entorno, el que se comparte sin reservas. La base de la persona. El futuro de las personas. El que se empieza a construir desde la infancia. Desde que somos niños. Que es cuando se despiertan las emociones, cuando se forman las primeras ilusiones, las primeras fantasías que no conocen de fronteras. Las primeras esperanzas bañadas de inocencia. El deseo ilimitado por conocer mundo y salir fuera a explorar. La libertad de elegir y actuar sin miedos. Libres.

abuelos, infancia

Avanzo y me la encuentro donde mi memoria más la recuerda. Arremangada, con las mejillas sonrojadas y con la alegría de verme pintada en la cara. Removiendo el chocolate recién retirado del fuego, mientras en el horno se dora algo. Un bizcocho, adivino. Casero, eso seguro. Porque ella no entiende hacerlo de otra manera, que no sea la suya. Con sus manos. Con su cariño. Con todo su mimo. Por mí y para mí, más que para ella. Enteramente para mí. Es uno de sus principales defectos: haber pensado siempre más en nosotros que en ella.

Dicen que los abuelos están para consentir a sus nietos. Para dar todo lo que tienen, todo lo que son, todo lo que serán… Sin esperar más que un abrazo, de esos que calman cualquier mal y alejan las tormentas más negras. De esos que no puedes encontrar en ningún otro sitio, en ningunos otros abrazos. Que son incomparables. Que saben qué decir en cada momento y cuando es mejor callar. Qué saben elegir consejos, regalar silencio o dejar las cosas como están. Y dejar que seas tú quien sepa hallar respuestas. Por tu cuenta y riesgo. Y puede que se equivoquen en algún momento, con algún consejo, con algún silencio o con algún regalo. Y puede que se equivoquen por querer dar lo mejor y no ver que hay otra opción. Y puede que se equivoquen… como tú o como yo. Porque ellos también son humanos.

Ellos también se equivocan y lloran. Ellos mejor que nadie te enseñan que todo en la vida tiene solución. Que todo es susceptible de arreglo. Que aunque al principio el árbol crezca torcido, débil y lento, puede convertirse en un robusto y majestuoso roble. Con cariño y paciencia.  Con dedicación y mucha fuerza de voluntad. Que todo mejora en la medida en que crees en ello. En la medida que se lo permites. En la medida en que te lo permites. Porque algo que también enseñan los abuelos es que todo pasa cuando debe de pasar, cuando dejas que pase. Que hay que tener esperanza.

Que la esperanza es lo último que se pierde, sí, y que hay que confiar más. En uno mismo. En que se puede. En que tú puedes. Y que, al menos ellos, sí te ven capaz. De todo y de más. De todo lo que te propongas, y de que te lo mereces. Sobre todo eso, que te lo mereces.  Porque ellos no sólo lo ven así, sino que lo sienten como tal. Será por aquello de que te conocen bien y conocen tu esencia mejor que nadie. Mejor que tú mismo incluso.

abuelos, familia, amor

Como mi abuela.

Una gran mujer con un corazón aún más grande. Siempre he pensado que tu corazón no podía caber en tu pecho. Que era totalmente imposible. Era tan grande que debías tenerlo escondido en algún lado. Alimentándolo a escondidas, protegiéndolo de extraños. Cuidándolo con mimo, como nos cuidabas a todos los que estamos cerca. O incluso lejos, tenías de sobra para todos. Llevándole al final de cada día todo lo bueno que recibías, que no debía ser poco. Recargando el amor que sentías mientras la noche caía, para empezar cada día con más energía que el anterior si es que era posible. Y en silencio, para no levantar sospechas. Siempre tan discreta.

Y que todo aquello que tú recibías, lo bueno y lo mejor, lo repartías. Te quedabas con bien poco para ti. Con lo justo, que más bien era escaso. Y sin rechistar. Decías que a ti te sobraba, y le quitabas importancia. A tu bondad, a tu generosidad, a tu dedicación. No descansabas hasta dar a cada uno lo suyo, o lo que pensabas necesitaba. Lo tuyo era nuestro. No parabas hasta hacer feliz a los tuyos, que no éramos pocos. Y no hacías distinciones. ¿Y de lo malo que te llegaba…? Eso sí que te lo guardabas.

Para ti. Y rara vez lo compartías. Imagino que con tu corazón, el mismo de siempre. El que te aconseja en momentos clave, el que nunca te ha abandonado. El que ha estado contigo en cada momento, en los buenos y en los peores. Cada vez que reconstruías tu vida, que fueron varias. Como en aquella ocasión en que tuviste que improvisar sobre la marcha, partir casi de cero. Aquella que no te hubieras imaginado nunca, que te llegó sin preguntar. Pero que supiste llevar. De la mejor manera, la tuya.

Que es única.

Como tú y tu manera de hacer brillar caritas de felicidad. Las de tus nietos. Tú ponías la música y te sentabas a vernos bailar. Y nos sorprendías continuamente, aunque fuera el mismo juego, la misma historia o la misma ocurrencia. Que tú siempre hacías distinta. La hacías especial. Y disfrutabas jugando con nosotros y viéndonos jugar, bailar y soñar despiertos. Nos disfrutabas. En silencio, por supuesto. Siempre fuiste protagonista con papel secundario.

Eres la que me llevaba de la mano, donde quiera que fuéramos. Donde tú consideraras mejor. Donde yo te dijera que quería ir. Y me llevabas. Sin soltarme al principio. Dándome alas y animándome a correr, más tarde. Y no sólo eso, te quedabas allí, conmigo, a mi lado. De mi mano. Demostrando ese amor incondicional de abuela. El que ni se dice ni se pregona. El que se demuestra. El que, tristemente, no todos demuestran pero casi todos exigen. El que se siente. El que se enseña porque nace solo.

Como me enseñaste a apreciar las pequeñas cosas. Las que hacen bonito un día. A las que nadie da importancia y muchos se pierden. Sin ver que las tienen delante. Como un desayuno de domingo, un chocolate recién hecho y un rico bizcocho casero. Como una cuidada trenza adornada con un colorido broche, elegante y vistosa, de esas que roban miradas y causan halagos. Y no pocos. Benditas manos.

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Esas manos que no descansaban, que no paraban quietas. Una mujer incombustible. De las clases de manos que siempre llevan algo en danza. De esas manos que tejen jerséis para darte calor en el frío invierno o cestitas para guardar las cucharillas del café. De esas manos que te dicen adiós desde el balcón y te invitan siempre a pasar. A su casa, a su familia, a su vida. A su corazón. Que no todo eran desayunos y peinados, que también había abrazos. Y besos. De esos que aligeran la vida, y vuelven menos doloroso el llanto. De esos únicos e inimitables, que tienen denominación de origen.

Una abuela que vale por cuatro. O por 100. No me contaba cuentos para dormir, me contaba algo mejor. Me hablaba de ella. De su vida en el pueblo, de lo que la vida le cambia a una. De que “a su edad, estas cosas no pasaban”, y que siempre me hacían esconder una sonrisa cómplice. Me hablaba del abuelo al que no conocí, tanto, que es  como si lo hubiera hecho. Tanto era lo que me hablaba de él, que sentía que estaba allí, con nosotras. Observando y orgulloso. Y estoy segura de que no me equivoco.

Y sí, puede que sólo tenga una abuela, pero lo es y lo ha sido todo.

Es mi tesoro.

 

Patricia Ayuste.

Fragmento de mi libro “Lo que vale la pena”. que puedes adquirir a través del blog.

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